Reflexiones sobre el “Positivismo” de Stuart Mill, las “Ciencias del Espíritu” de Wilhelm Dilthey y las “Ciencias Naturales y Culturales” de Heinrich Rickert.

Introducción:

A continuación en el presente trabajo se reflexiona de manera breve sobre las diferentes disertaciones, debates y confrontaciones en torno al positivismo científico que propone John Stuart Mill, frente a los diferentes postulados que proponen Heinrich Rickert y Wilhelm Dilthey, con el propósito de ubicar, a grandes rasgos, cuáles son los puntos clave que nuestros autores proponen para la obtención del conocimiento científico en el ámbito de las ciencias sociales. Para terminar con una pequeña conclusión sobre las dificultades que el científico social se enfrenta al momento de analizar o estudiar, a partir de supuestos metodológicos, alguna problemática, hecho o fenómeno que le resulte de interés y pertinencia para el mundo del saber social.

El Positivismo de Stuart Mill, las Ciencias del Espíritu de Wilhelm Dilthey y las Ciencias Naturales y Culturales de Heinrich Rickert

Desde el nacimiento de las ciencias modernas, se han realizado una serie de estudios y debates en torno a la metodología, paradigmas y formas de esquematización de saber científico natural y social.

Diferentes formas de pensamiento en torno al deber ser de las ciencias han tomado un papel fundamental en la manera de organizar, observar, reflexionar e interpretar diferentes fenómenos que se desprenden al interior de la naturaleza y de los propios individuos.

El conocimiento que se ha producido en occidente, desde la época antigua, ha estado asociado bajo el esquema de la observación de las ciencias naturales: La biología, la física, la astronomía y las matemáticas han jugado un papel fundamental en la forma en cómo se debe obtener el conocimiento.

En donde la probable exactitud, la objetividad y el perfeccionamiento de sus mecanismos han generado en ellas, una especie de legitimación, de credibilidad y prestigio en los resultados obtenidos por estas disciplinas de lo natural. Para explicarse los diferentes fenómenos que se desprenden en el interior de la naturaleza.

Bajo este esquema, a partir del siglo XVIII, el carácter cientificista de las disciplinas de la naturaleza se consolida por los grandes aportes que se están originando al mundo de la ciencia y del saber.

No obstante, de manera casi análoga, diferentes pensadores se están dando cuenta que los fenómenos que acontecen en la naturaleza también afectan la actividad social. En otras palabras, el accionar de los individuos también está generando diversas problemáticas y fenómenos sociales que deben ser explicados, ya que estos acontecimientos devienen de la actividad natural de los individuos.

En este sentido, podemos ubicar a varios pensadores, que influidos por el paradigma de las ciencias naturales, empezaran a fundamentar el deber ser de las ciencias que se encargaran de analizar, interpretar, observar y explicar la actividad de los individuos desde una perspectiva que pretenda ser científica, pero que sobre todo, que ayude a entender los diferentes propósitos de la conducta humana.

John Stuart Mill en el “Resumen de Lógica”, en el capítulo sobre la libertad y la necesidad, se plantea una pregunta fundamental: ¿Hay o puede haber una ciencia de la naturaleza humana?

Mill abogará que la naturaleza humana depende de acciones que desprenden diversos fenómenos, pero que, en contra parte de los fenómenos naturales, estos no pueden ser predichos con exactitud, ya que la actividad humana se encuentra modificada por diferentes factores, ya sea por el conflicto que produce la actividad política o de la diligencia de la economía.

Por lo tanto, las nacientes disciplinas científicas que estudiaran la actividad humana, no pueden ser llamadas ciencias exactas, por lo que Mill las llamará ciencias morales, “cuyos efectos referentes estarán determinados por causas generales” (Mill: 1897: 269), supeditados a partir de la condición lógica.

Para poder explicar la actividad humana, Mill concebirá a la lógica productora de las ciencias morales y psicológicas. Por lo que los fenómenos que se desprenden de la actividad de los individuos deben ser analizados y entendidos desde este carácter lógico.

Es a partir de la lógica, lo que Mill otorgará el sentido de la cientificidad de las ciencias morales, y por ende de las ciencias sociales.

Por otro lado, Mill describirá a las ciencias geométricas y físicas y expondrá la fundamentación metodológica de estas disciplinas para la obtención del conocimiento natural-abstracto. No obstante, criticará de manera detallada la implementación de la metodología de las disciplinas naturales en el uso de las ciencias sociales.

Mill argumentará que el método erróneo, seguido por los hombres bastante ilustrados, es el método geométrico deductivo. Menciona que “asimilar el método de las ciencias sociales al geométrico (deductivo), supone que las ciencias sociales sólo interviene por cada fenómeno de factor, y tal suposición es inexacta” (Mill: 1897: 283).

En este sentido, Mill se definirá y tendrá mayor aceptación por el método físico o deductivo concreto, ya que según nuestro autor, este método permite a la ciencia social generar y verificar premisas después de deducir, a partir de la observación objetiva del fenómeno desprendido de la conducta humana.

Sin embargo, el conocimiento que se desprende de la actividad humana no sólo es resultados de fenómenos, sino también de acontecimientos, hechos que generan diferentes formas de conocimientos que pueden ser analizados y explicados de forma útil y objetiva.

A partir de esta acepción, empieza a surgir un nuevo concepto de ciencia, es decir, empieza a surgir un nuevo modo de conocimiento que no sólo dé cuenta de los fenómenos propios tanto de la naturaleza como de los individuos, caracterizado por una cierta regularidad de fenómenos que permite predecir diferentes acontecimientos, sino que permita comprender el sentido de la conducta humana y mundo natural.

Justo como señala Dilthey: “La ciencia es el descubrimiento de conexiones entre hechos, en la conexión el hecho desaparece como puro hecho y se transforma en miembro de un sentido. Entonces se le comprende. El sentido es la materia inteligible”. (Dilthey, 1986: 72).

Es aquí cuando la experiencia, no sólo se convierte en punto de partida para obtener el conocimiento de la conducta humana, sino que también se convierte en el ámbito en donde efectivamente se muestra la verdadera esencia de devenir y acontecer humano. Por consiguiente, Dilthey separará a la ciencia en dos supuestos: Las ciencias del espíritu y las ciencias de la naturaleza. Ambos elementos compuestos por estructuras y paradigmas opuestos, pero con un solo objetivo, el de conocer el saber del mundo natural en relación con el individuo.

A este respecto afirma Dilthey:

El motivo del que arranca el hábito a separar estas ciencias como una unidad de las de la naturaleza radica en la hondura y en la totalidad de la autoconciencia humana, intactas aun por las investigaciones sobre el origen de lo espiritual, encuentra el hombre en esa autoconciencia una soberanía de la voluntad, una responsabilidad de los actos, una facultad de someterlo todo al pensamiento y resistir a todo encastillado en la libertad de su persona, por las cuales se distingue de la naturaleza entera. (Dilthey, 1986: 119).

Bajo este argumento, se puede criticar la propuesta Milltiana, ya que siguiendo a Dilthey, los actos humanos no responde a la lógica de sus acciones y de sus pensamientos, por lo tanto no puede ser entendido desde la lógica, sino debe ser comprendido desde la autoconciencia en la que se gesta su propia libertad, y la historia es muestra de ese acontecer en sus acciones.

Dilthey dejará y depositará el rasgo lógico a las ciencias de la naturaleza, y las ciencias del espíritu las depositará en la limitante con el mundo natural, en donde la experiencia será el principal rasgo característico de estas ciencias.

Así concluye Dilthey:

Solo cuando las relaciones entre los hechos del mundo espiritual se muestran incomparables con las regularidades del curso de la naturaleza, en la forma de que se excluye una subordinación de los  hechos espirituales a los que ha establecido el conocimiento mecánico de la naturaleza, sólo entonces aparecen no los limites inmanentes del conocimiento de la experiencia, sino fronteras en que termina el conocimiento natural y comienza una ciencia del espíritu independiente, que se forma desde su propio centro. (Dilthey, 1986: 135).

Por lo tanto, el fin último de saber científico tiene su raíz fundamental en la vida, pero la vida no puede ser entendida a través de métodos cuantificables que solo demuestran incapacidad para la explicación y la comprensión autentica de cualquier fenómeno, hecho o suceso. De modo que para poder acceder al conocimiento auténtico de la vida es necesario ubicar las diferentes manifestaciones de la problemática y ubicar su consistencia que permitan una determinación duradera del fenómeno y de la experiencia.

Este tipo de dinamismo de la vida y de la conducta humana es lo que permitirá que la interpretación, por parte de las ciencias del espíritu, reactualiza el movimiento y el saber espiritual recogida y explicada a partir del uso del lenguaje, ya que: “Sólo el lenguaje encuentra lo interior humano una expresión que sea completa, exhaustiva y objetivamente comprensible” (Dilthey, 2000: 34). De ahí que: “el arte de comprender tenga su fundamento en la exégesis, o mejor dicho, en la interpretación de los vestigios de existencia humana contendidos en la escritura”. (Dilthey, 2000: 34). Es en el lenguaje en donde Dilthey encuentra el carácter objetivo y la universal de las ciencias del espíritu.

Sin embargo, el individuo esta inmiscuido dentro de la naturaleza, y su accionar genera un tipo de cultura que le otorga al individuo su identidad, su modo de socializar y la forma de concebir su entorno.

En este sentido, el accionar del hombre además de desprender, hechos y fenómenos, también actúa conforme a fines valorados por su propio interés y por su propia subjetividad de placer y deseo. De manera que la conducta humana siempre tendrá fines e intenciones valoradas.

Es entonces, en los objetos culturales donde residen los valores, y estos, bajo la percepción del individuo, se transforman en bienes comunes o individuales. De este modo podemos distinguirlos de los objetos naturales, que en cambio a los objetos culturales, estos no son pensados como bienes, ni muchos menos tienen un valor en sí mismo, pues están en la naturaleza de manera abstracta sin ningún valor. Ya que quien le otorga un cierto valor a los objetos es el hombre mismo.

Tal y como lo afirma H. Rickert: Los procesos naturales están libres de toda relación con los valores. Por lo tanto, si de un objeto cultural se retira el valor, queda reducido a mera naturaleza”. (Rickert, 1943: 33).

Por lo tanto, la ciencia de la conducta humana, no sólo describe y analiza fenómenos, hechos o sucesos que se desprenden de la actividad humana, sino que también analiza objetos valorados que complejizan y dificultad su estadio de análisis y comprensión. Aquí radica el gran conflicto entre el erklären (explicar) en las ciencias naturales y el verstehen (comprender) en las ciencias sociales. Dicotomía compleja que no reflexionaremos en este pequeño trabajo.

Reflexiones finales:

El dualismo metodológico que existe entre las ciencias naturales y las ciencias sociales es un problema que ha generado diversas aportaciones al campo del conocimiento. Cuya postura ideológica establecen cómo se debe fundamentar el deber ser de la ciencia, pero sobre todo como debe ser legitimado el saber que se desprenden tanto de la naturaleza como del accionar del individuo.

Lo que respecta a las ciencias sociales, no existe un punto convergente y único como generador de conocimiento. No existe una base única y segura en la cual, los estudiosos de la conducta humana pueden comprender diferentes fenómenos. El científico social identifica sólo parcelas de una pequeña parte de la realidad cultural, económica, política y geográfica del individuo.

Por lo que presuponer una sola unidad monolítica para capturar el conocimiento y explicar de manera científica un fenómeno, puede parecer un prejuicio racionalista. Aunque no debemos de dejar de lado las diferentes aportaciones que han generado diversas posturas en torno al conocimiento natural y social. Justo como sucede entre los degustadores del paradigma positivista frente a los hemeutas y lingüistas.

La llamada explicación científica en las ciencias sociales es una mezcla indisoluble del hecho y del valor que se desprende de las acciones humanas, así como también de una situación yuxtapuesta entre conocimiento y creencia.

Por lo tanto el científico social, no sólo tendrá que adoptar varias posturas metodológicas, sino que también deberá enfrentarse a diversos desafíos que la realidad le impone para analizar e interpretar la realidad social, pero que sin duda deberá ubicar y reconocer los diferentes debates entre diversas posturas epistemológicas para lograr definición y estudio de su objeto, fenómeno y/o hecho que le resulte importante y relevante para el mundo de la ciencia y del saber.

Bibliografía:

JOHN STUART MILL. Resumen Sintético del Sistema de Lógica, “Libro VI La lógica de las ciencias morales”, Librería de la viuda de Chet Bouret, México 1897, pp. 267-303.

WILHELM DILTHEY, Introducción a las ciencias del espíritu Volumen 271 de Alianza Universidad, 1986.

RICKERT. Ciencia cultural y ciencia natural, Buenos Aires: Espasa-Calpe Argentina, 1943.

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Sobre la política en el mundo del fútbol

Hoy más que nunca el fútbol representa una de las actividades más lúdicas y recreativas a nivel mundial. Este deporte más allá del gusto y las pasiones que despiertan entre sus seguidores, representa a las élites políticas y económicas para producir y reproducir diversos espacios afines a interés de una clase hegemónica.

El fútbol si bien nació como un actividad que representa ideales como los de la competencia, la solidaridad en la cancha y el fervor e identidad por una camiseta y a  una comunidad; con el desarrollo del capitalismo moderno, comenzó a significar para la élite económica un elemento que puede dejar múltiples beneficios, como por ejemplo: difundir sus ideales, valores y por supuesto obtener mayores ganancias para aumentar la acumulación de capital.

Este generó que el fútbol fuese utilizado para generar redes de poder que se expresan fundamentalmente en inmensos consorcios, cuyo objetivo es monopolizar el fútbol y convertirlo en una industria. Por lo que el balompié, al menos en lo que respecta a México, se convirtió en un engranaje de diversas empresas que permite tener mayor relevancia e influencia en materia económica y política. Empresas cerveceras, de telecomunicaciones, cementeras y de servicios evidencia su poder que ejercen en la vida cotidiana.

El fútbol mexicano es el fiel reflejo del auge económico que mantiene un grupo selecto de empresarios, así como la capacidad de influencia que tienen estos en relación con el poder político. De ahí que no sea raro que a menudo escuchemos por los noticiarios deportivos o redes sociales que los estadios de fútbol son espacios que pertenecen al gobierno de algún estado y son rentados o patrocinados por algún equipo de fútbol, provocando que las fuerzas políticas locales brinden facilidades para contratos, licitaciones o permisos accesibles para dichas empresas. Lo que genera evidentemente procesos de identidad efímeros por parte de los amantes del fútbol con el equipo, pero también, en su forma radical y deshonesta contratos turbios, lejos de la legalidad.

En la era de la globalización, los deportes representan una opción viable para establecer organizaciones en diversos niveles. Esto ha conducido que esta actividad conserve su esencia de juego pero que transformen sus técnicas, las tácticas, las dietas de los jugadores y se modifiquen algunas de sus reglas con el propósito de hacer del fútbol una actividad más dinámica, más espectacular y entretenida, pero que, a su vez, estos cambios se hicieron con el objetivo de obtener mayores ganancias económicas.

En este sentido, las clases hegemónicas tienen la capacidad de transformarse, adaptarse rápidamente a los cambios y por consiguiente, tienen la capacidad de hacer que los otros hagan las cosas que ellos desean para su supervivencia, intereses y desarrollo. Aquí se centra la fundamentación del poder y la dominación convirtiendo al  fútbol no sólo en un mecanismo de poder, sino también, para decirlo en palabras de Althusser en un aparato ideológico del Estado.

“En México se instauró el fútbol como deporte hegemónico, los programas televisivos de corte deportivo comenzaron a centrar la mayoría de los temas de análisis hacia este deporte, y si bien, las transmisiones de fútbol americano, box o lucha libre están en televisión abierta, las horas de transmisión de estas disciplinas no se comparan al tiempo otorgado al balompié” (Montero, 2014: 6).

En este sentido, me atrevo a establecer un decálogo sobre los mexicanos al grito de gol en los tiempos actuales en su relación con el ámbito político y social:

1.- Facebook, twitter y todas las redes sociales han demostrado tres virtudes intrínsecas en el ciudadano: comentar, exponer y convertir las cosas privadas como algo público. El gusto por el fútbol por ejemplo.

2.- Sabes que un mexicano grita al ritmo de gol cuando paraliza la ciudad y un país entero, cuando festeja con entusiasmo, se pinta la cara y grita ¡viva México cabrones!

3.- Sabes cuándo un mexicano grita a ritmo de gol cuando cree que el futbol y la política son la misma cosa: Pan y circo.

4.-Sabes cuándo un mexicano grita al ritmo de gol cuando la selección o su equipo favorito sale campeón, y bloquea las avenidas principales para festejar, pero crítica y se enfurece cuando un conglomerado de maestros o grupo activista cierra las calles con lemas y pancartas de No a la privatización de la educación pública, etc.

5.- Sabes cuándo un mexicano grita al ritmo de gol cuando confunde al “Peje” con Cuauhtémoc Blanco, bajo el mismo argumento que estos dos personajes son iconos de pueblo pobre y obrero.

6.- Sabes cuándo un mexicano grita al ritmo de gol cuando reproduce, opina y habla igual que un narrador deportivo. Mucha palabrería, nada de fondo en su argumento.

7.- Sabes cuándo un mexicano grita al ritmo de gol cuando asemeja al árbitro con un político: ambos son autoridad delegada, los hay autoritarios, algunos corruptos, y poco eficientes.

8.-Los jugadores como los políticos son marionetas de una misma clase.

9.- La política como el fútbol nacen bajo la concepción de un barbarismo necesario. La política necesita fundamentar su barbarismo en el Estado y el fútbol necesita cimentar su barbarismo en los estadios.

10.- El fútbol como la política en sí mismos no son malos. Ambos recrean el conflicto, de la supervivencia, de la competición, de la diversión, de la euforia, del bien y la armonía colectiva. Sin embargo, ambos han caído por la misma senda que los hace ser, hasta el día de hoy, casi semejantes por quienes lo practican: Ambos carecen de credibilidad.

En suma, el fútbol desgraciadamente igual que el poder político se deslegitima profundamente. Ya que el fútbol al ser moldeado por las élites, lo utiliza como instrumento de enajenación para lograr adeptos que atentan contra el bienestar de toda la sociedad en su conjunto. Es por ello que a menudo después de un partidazo de la selección mexicana o de algún duelo de algún equipo popular como Cruz Azul, América, Chivas o Pumas, al terminar la pasión nos enteremos de noticias como la privatización de algún recurso natural, las muertes de mujeres o alguna nota de tragedia nacional.

Sin embargo, el fútbol como la vida de nuestros tiempos es la fiel expresión de nuestro existir, formamos parte de este capitalismo globalizado, y por ende, de esta modernidad que Zygmunt Bauman llama líquida. El balompié muestra esa susceptibilidad de cambios continuos, modificando realidades y generando pánicos y miedos. También nos muestra esa precariedad de los vínculos humanos en una sociedad ajena, individualista, narcisa y privatizada por los gustos y placeres que produce el consumo, el entretenimiento y la vida ligera. El fútbol forma parte de una sociedad de pocas certezas y violada por la manipulación constante de quienes tienen los hilos de la economía y la política. No obstante y a pesar de ello, el fútbol nunca dejará de ser lo que siempre ha sido, un momento de libertad y diversión.

 

Para mis colegas estudiantes muertos de la UACM, mujeres y millones de desaparecidos

Fue Isaac Luna, Carlos Esquivel, Jorge Martínez, Héctor Sarmiento y Miguel Arteaga. Pero así como han sido ellos, también han sido miles de mujeres, niños y millones de muertos en todo México. La muerte cuando es impuesta, además de desconsuelo, tristeza y depresión. También causa indignación, rabia, enojo, sed de justicia.

Vivimos tiempos más que violentos, son las épocas de la aniquilación y el exterminio constante. Nosotros los jóvenes hoy más que nunca tenemos que lidiar con la esperanza entre los dientes como bien intituló aquella obra John Berger. Estamos rodeados de fantasmas, de peligros latentes, enfermedades psicológicas, vivimos consternados envueltos en ilusiones de encontrar una vida llena de bonanza, paz, equitativa y libre.

Desde hace muchos años padecemos una guerra con la muerte, contra la destrucción; el despojo, el miedo y la humillación. Somos víctimas de la explotación, de la mentira política y el silencio impuesto por autoridades y élites económicas que repudian la conciencia, la crítica y las otras formas posibles de concebir diversos derroteros.

El viejo discurso de hipocresía “La juventud es el futuro del mañana”, es, en mi país, más allá de ser una realidad tangible, es un discurso trillado, populista, utópico, cruel e insensato.

La juventud vive una guerra contra la resistencia que día a día lidia en la calle, en la escuela, en el hogar, en cada rincón de nuestra existencia.

La juventud más allá de estatus social, cultural y político contra la defunción demanda vida. Contra la desaparición demanda respeto y letra, contra el crimen demanda justicia, contra la opresión, demanda libertad y democracia, contra el olvido, demanda conciencia y memoria, contra la ignorancia, demanda conocimiento y autocrítica, contra la pobreza, demanda trabajo y pasión, contra la humillación demanda dignidad.

Las muertes de mis colegas estudiantes de la UACM y de las de millones de mujeres, producen ruidos  que incitan a levantar la mirada con el otro, pero en un mundo tan globalizado e individualizado como el que habitamos en nuestros tiempos: ¿qué hacer? Si nos aniquilan a sangre fría, nos desaparecen sin que nos podamos defender, nos estigmatizan -diciéndonos- apáticos, millennials, ninis y un sinfín de adjetivos peyorativos que descalifican nuestra actitud frente a la vida en sociedad.

Ellos no comprenden que somos hijos de la libertad; que no existe una crisis de valores, sino que simplemente hay una transformación de esos valores que en el pasado conformaban una forma de cohesión social, ahora en los tiempos violentos, esos valores se redefinen en el tiempo, sencillamente porque ahora los jóvenes tienen otras formas de concebirse, de pensarse, de relacionarse con sus similares, tan diversos y plurales.

Ante la juventud hay una respuesta por parte de este sistema encabezado por élites políticas. Un centenar de jóvenes son reclutados cada año para forma parte de la policía federal, de las fuerzas armadas y peor aún, de grupos delincuenciales, narcotráfico y bandas del crimen organizado. Tal parece que el único proyecto viable que nos espera es ganarnos la vida a través del uso de las armas, de la venta de drogas o  ser parte de un sistema judicial corrupto.

Sin embargo, a pesar de nuestros  pesimismos, en lugar de ganarnos la vida con violencia y armas, seguimos construyendo puentes  y caminos llenos de arte, de emprendimiento laboral, lazos de solidaridad en una sociedad individualista. Seguimos soñando, seguimos estudiando, seguimos trabajando, nos seguimos equivocando, nos seguimos cuidando y también nos seguimos rifando el sudor, los puños y la sangre por habitar un mundo en donde la vida sea menos dolorosa,  increpada e incomprensible.

No es propósito de este  escrito victimizar a la juventud, ni mucho menos subestimarnos frente a las altas esferas de la política y la economía. Pero si es establecer lo que muchos de nosotros seguimos pensando y viviendo. Muchos de nosotros, mis amigos, conocidos y tantos más tenemos la convicción que nuestra práctica es luchar sin armas y rebelarnos con crítica, es una forma de expresar nuestro inconformismo. Que las muertes no son medallas ni el proselitismo barato que utilizan los candidatos presidenciales a la hora de la elección, sino más bien, es una indignación y un motivo para actuar. Muchos de nosotros los jóvenes pensamos que no necesitamos de caudillos, ni líderes políticos, ni mesías, ni salvadores  para que nos protejan de los embrollos de nuestras existencias perdidas. Los jóvenes sabemos la clave sólo basta con un poco de vergüenza, pasión, sueño, disciplina, respeto, trabajo, dignidad y mucha organización para poder hacerlo. Y así lo hacemos desde siempre. Cada uno desde nuestra trinchera.

Por eso nos matan, nos desaparecen y tratan de aniquilarnos vendiéndonos discursos falsos de libertad, de autoexploración, de autoconocimiento pero en realidad no son más que migajas para poder subsistir.

Ahora mismo en este instante, allá afuera en la calle, en la plaza pública, en la esquina de mi casa. Un hombre, una mujer, un niño, una niña, un homosexual, una anciana, un colectivo, un novio, un servidor público, un obrero, un estudiante, un campesino, un adicto, un soñador, un escritor, un intelectual, un académico, una persona  es golpeada, muerta, torturada, macheteada, baleada, rematada, aventada a un basurero y abandonada para después ser  recogida y velada, muertos enterrados pero nunca olvidados.

Estas palabras más allá de ser leídas, a título personal, es expresar a memoria de todos ellos: ¡ya basta!

Para:

Isaac Luna, Carlos Esquivel, Jorge Martínez, Héctor Sarmiento y Miguel Arteaga estudiantes de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Alexis Benhumea, asesinado en el Estado de México.

Graciela Cifuentes asesinada profesora de la UNAM

Sol estudiante asesinada de la UNAM

Francisco Javier Cortés, asesinado en el Estado de México.

Juan Vázquez Guzmán, asesinado en Chiapas.

Juan Carlos Gómez Silvano, asesinado en Chiapas.

Sandra Luz Hernández, asesinada en Sinaloa.

Marisela Escobedo Ortiz, asesinada en Chihuahua.

Celedonio Monroy Prudencio, desaparecido en Jalisco.

Nepomuceno Moreno Núñez, asesinado en Sonora.

Y para todos los millones de muertos y desaparecidos en México.

 

Sociedad individualizada y el desencanto de la política

Resumen: El presente artículo tiene como propósito reflexionar sobre el proceso de individualización como forma de organización social y sus repercusiones en la esfera política. Se describe el fenómeno de la individualización en la actualidad a través de sus características y prácticas con el propósito de reflexionar los aspectos fundamentales que inciden en la configuración del individualismo moderno en la sociedad actual y sus repercusiones en la actividad política. Para guiar nuestra reflexión se utilizan las aportaciones teóricas de Zygmunt Bauman, Gilles Lipovetsky y Byung-Chul Han.

Abstract: This article aims to reflect on the process of individualization as a form of social organization and its repercussions in the political sphere. The phenomenon of individualization is described today through its characteristics and practices in order to reflect the fundamental aspects that affect the configuration of modern individualism in today’s society and its repercussions on political activity. To guide our reflection we use the theoretical contributions of Zygmunt Bauman, Gilles Lipovetsky and Byung-Chul Han.

Palabras Clave: Bauman, Lipovetsky, Beck, individualización, política

Keyword: Bauman, Lipovetsky, Beck, individualization, politics

*Introducción

La individualización toma nuevas significaciones manifestándose de forma radical en las estructuras sociales, culturales y políticas, donde la división social del trabajo, la solidaridad productiva y la especialización dan un giro fundamental trasladando sus principios hacia  todos los espacios de la vida social.

Estas prácticas alcanzarán nuevas expresiones que el individuo adopta en términos de una forma moderna de relación expresada, tanto en su vida privada como en la pública. De este modo en el proceso de individualización de la sociedad, las estructuras que posibilitan su dinámica (solidaridad productiva, la división social del trabajo y la especialización), adquieren una nueva forma de organización en la esfera social y política.

La  solidaridad productiva da paso a otra forma de subjetividad del individuo ahora entendida como “las formas de relación que establece un sujeto que es a la vez un yo cognosciente [pensante], un yo sintiente [experiencia] y un yo padeciente” [carente] (Bürger, 1987). Esta transformación de la subjetividad fragua una solidaridad dirigida a la búsqueda de la satisfacción y reproducción de individuos indiferentes y egoístas. Por su parte, la  especialización deviene en la base para la conformación de un individuo plural y diverso, atravesado por la facultad de involucrarse en los ámbitos productivos y, simultáneamente, con una voz singular sobre las cuestiones públicas y privadas. Y, por último, la división social del trabajo va a constituir el fundamento de la indiferencia política. Estos nuevos valores darán razón de ser a la individualización de las sociedades contemporáneas.

El presente artículo tiene como propósito reflexionar sobre el proceso de individualización como forma de organización social contemporánea y sus repercusiones en la política. Para ello, describiré cómo se manifiesta la individualización en la actualidad describiendo sus características, roles, así como algunas prácticas  que expresan  los individuos bajo este fenómeno así como los valores que articulan los mismos a través de la división social del trabajo, solidaridad productiva, especialización. Que dan brecha a la construcción de un individuo hedonista y narcisista. Con el propósito de entender y mostrar los aspectos fundamentales que inciden en la configuración del individualismo moderno en la sociedad actual. Para ello se utiliza las aportaciones teóricas de Zygmunt Bauman, Byung-Chul Han y  Gilles Lipovetsky. Por último se reflexiona sobre las repercusiones del proceso de individualización en los ámbitos de la actividad política.

*Consideraciones sobre el proceso de individualización en la sociedad actual

El actual proceso de individualización tiene sus bases en la división social del trabajo, la solidaridad productiva y la especialización del individuo. Elementos que desde su origen se convirtieron en los mecanismos fundamentales para organizar la lógica productiva del capitalismo moderno.

Estas categorías se transformaron en la base de  las estructuras económicas y sociales que fundamentaron un tipo de pensamiento y una forma de organización moderna. Expresadas a partir de instituciones, conductas y valores morales que hicieron del individuo un perseguidor  de su propia libertad fundada en los valores del mercado.

La libertad que establece el proceso de individualización primordialmente se cosifica en los valores del mercado que promueven las élites económicas que se enuncian en diversas conductas del individuo en la vida ordinaria a través por ejemplo: del acceso al consumo, la competencia; la libre asociación de sus amistades y relaciones amorosas; la libre expresión, el libre acceso de entretenimiento y conductas que lo lleven a una existencia ligera y confortable; a la independencia laboral y a la autonomía de pensamiento.

Estas expresiones son algunos de los diversos tipos de libertad que engendra el individualismo actual. El individuo no sufre de crisis sufre de libertad, y en consecuencia, esa es la peor amenaza que hoy enfrenta: “El elogio verbal de la libertad se convierte en hechos y en vida cotidiana, y con ello ponen en duda los fundamentos de la convivencia existentes hasta ahora” (Beck, 1999: 9). Según Ulrich Beck, la catástrofe consiste, en que tenemos que reconocer, entender y consolidar más y distintos tipos de libertades que los que no habían sido previstos en la famosa y prometida democracia.

La libertad del mercado produce miedo a no poder hacer algo que cambie la situación del individuo sobre seguridad y protección social, cultural, política y civilizatoriamente, viéndose en la necesidad de envolverse en una caótica existencia que confunde e inhibe su dignidad.

Con el nacimiento de la globalización tecnológica, científica y cultural que se originó a partir de la caída del muro de Berlín (Lipovetsky, 2003). La división social del trabajo; la solidaridad productiva; y, la especialización del trabajo abandonaron sus espacios tradicionales de convivencia que se encontraban en las sendas productivas y mercantiles para trasladarse y radicalizarse en los espacios sociales, políticos y privados de los individuos.

La creciente democratización de las sociedades modernas que impulsó el nacimiento de la globalización,  jugó un papel importante en la construcción de un nuevo individuo renovado, modernizado y liberalizado.

La globalización celebró la capacidad de reestructurar  las viejas instituciones derivadas del Estado. Dando paso a nuevas formas de convivencia y de relación entre los individuos. En ese sentido, los procesos globalizadores rompieron con las barreras de la costumbre, de la tradición y de los valores morales que hasta a finales del siglo XX configuraban el arquetipo social.

El compromiso, la responsabilidad social, la ayuda por el prójimo y, la búsqueda del bien común, fueron desplazados paulatinamente por nuevas creencias y actitudes como: la ausencia de compromiso, la responsabilidad unipersonal, el placer propio, la libertad limitada a los valores del mercado, la autonomía y el  bienestar individual se convirtieron en los estandartes honoríficos de la sociedad moderna.

Bajo esta metamorfosis, el ámbito de las relaciones sociales ha sido el elemento que ha experimentado los grandes cambios que ha producido la globalización. A diferencia de lo que acontecía en el pasado, las diversas instituciones sociales fueron radicalmente modificadas. El matrimonio y  la familia son dos claros ejemplos de esta mutación. Pues a diferencia de lo que ocurría años atrás como una relación “para siempre”, se convirtió en una cuestión que es para “un momento”.

La capacidad del individuo actual para asumir compromisos de larga duración se ha visto mermada; ahora se ve con recelo la posibilidad de entregarse a una relación social que demande ataduras y tiempo. El miedo a atarse y perder la supuesta autonomía (condición que ha sido conquistada y valorada en la modernidad líquida como bien lo considera Zygmunt Bauman), ha dado brecha a una acentuada fragilidad de los vínculos humanos.

Si bien en el pasado, la individualización tenía que ver con lógicas que devenían de las esferas industriales que se fundamentaban en la especialización; la división social del trabajo; y, la solidaridad productiva, estos derroteros, junto con el sentido de la libertad limitada trajo consigo la democratización de las sociedades. El individuo trasladó estos rasgos hacia al espacio privado y redujo su libertad al ejercicio de valores mercantiles como la competencia, la indiferencia política, el hedonismo, la irresponsabilidad social, el narcisismo, el egoísmo, la innovación, el pensamiento técnico, la especialización, el esfuerzo y la disciplina se han  convertido en los estandartes del individualismo actual.

Tal como lo hace el mercado, los individuos de nuestros días poco están dispuestos a comprometerse debido al latente riesgo de ser victimarios al daño de la desagracia, de la frustración y el desencanto.

El vacío que genera esta forma de sentimentalismo y actitud viene a llenarse con rasgos que promueve el consumismo. Las relaciones humanas son mercantilizadas y se mantienen con la intención de conseguir beneficios que se expresen en placeres, entretenimiento y deseo individual.  Por lo que la “vida líquida es una sucesión de nuevos comienzos con breves e indoloros finales” (Bauman, 2000).

Este tipo de organización no se limita a los vínculos privados de los individuos, sino que también regresa hacia las sendas laborales. Por lo que la especialización, la división social del trabajo y la solidaridad productiva adquieren una nueva simbiosis. El trabajador actual, además de poseer estos elementos, ahora se moderniza y se exige cada vez más por poseer la capacidad para imponerse nuevos retos profesionales.

Lo anterior significa que el trabajador individualizado no debe saber manejar las herramientas productivas, sino que también debe mantenerse en constante especialización para ser considerado como un agente eficaz en la demanda que genera el mercado. Impulsando al individuo a acceder a programas de capacitación que se imparten en diversas instituciones y universidades de carácter privado. Dando como resultado que el empleo deje de concebirse como una actividad que se llevará a cabo para siempre. Ya que las trabajos que se oferten serán determinados bajo fechas establecidas a partir de contratos flexibles. Por lo tanto, el individuo se verá en la necesidad de generar su propia fuente de empleo. En consecuencia, la especialización del individuo dará brecha a la cultura del emprendimiento y la innovación. Y junto con ello; la división social del trabajo aparecerá ahora bajo la bandera del progreso, como ánimo de sobresalir de la precariedad laboral, así mismo, la solidaridad productiva seguirá siendo concebida como aquella actividad que es necesaria para mejorar las condiciones materiales del individuo. Dejando de lado su valor ético.

La individualización de la sociedad se recrea en el tiempo libre y el entretenimiento, pero a la par, la velocidad para adaptarse a los tiempos que corren toma mayor relevancia. Es por ello que la especialización se convierte uno de los pilares fundamentales para sobrevivir en este mundo líquido. De ahí que no sea casualidad que hoy más que nunca aparezcan diversas formas de enseñanza e instituciones que educan y preparan al individuo para los retos que establece el nuevo mundo.

Educar hoy en día al individuo, supone desestimular un esfuerzo para aprender a pensar sobre los aconteceres políticos, sociales, culturales, éticos y económicos. Educar en nuestros tiempos significa recibir métodos y herramientas que habiliten al individuo como un empresario de su vida, innovador, calculador de sus bienes y de sus relaciones. Esto hace suponer al individuo en términos de un ser superior, avanzado, civilizado, tecnificado, educado y libre. Aunque paradójicamente, estas peculiaridades hacen del individuo un ser más obsoleto y dependiente. Lo rezaga en lugar de impulsarlo, lo aísla y lo atomiza.

“La sociedad de yoicos”, como las denomina Ulrich Beck (1999) en la introducción de la obra Hijos de la Libertad, la positividad es un elemento característico de este tipo de sociedad, cuyo principal objetivo es que la persona trabaje, rinda, desquite el tiempo en alguna labor que beneficie su productividad y que permita de manera eficiente su sociabilidad. Esto da lugar a que el individuo se sienta libre solamente en el terreno de la competencia de mercado pero que no perciba el sentido de sometimiento y opresión.

En los trabajos que ofertan las empresas en la actualidad, cada vez más hay menos sometimiento de tipo amo-esclavo, “en el que la lucha por el reconocimiento implicaba que el esclavo deseaba ser visto por el amo, y por eso se esforzaba buscándose en el otro-amo” (Orozco, 2015: 171). Hoy el individuo es amo y esclavo de sí mismo; se impone las tareas, las demandas excesivas, las metas inalcanzables: “La esperanza de ser reconocido se desvanece y en ocasiones ya no importa. Es como si hubiésemos introyectado al amo en cada uno de nosotros” (Orozco, 2015: 171). La vida del individuo se mecaniza a tiempos veloces: corre para ir al gimnasio, come deprisa, vuelve a su trabajo y durante años hace el mismo ritual. Mientras que por mucho tiempo no entabla charlas con nadie y su sentimiento y ánimo de soledad aumenta. Emergiendo diversos trastornos depresivos, ansiedad, angustia y desolación, “el sujeto ya no sabe ya qué quiere, para qué quiere algo, tiene problemas de identidad de todo tipo” (Orozco, 2015: 172).

El vertiginoso desenvolvimiento del mundo profesional atemoriza a los incautos y a los lentos que no pueden seguir su ritmo, pues de no cumplir con las expectativas que establezca el mercado (Bauman, 2000), significa formar parte del desecho humano, negado, marginado e invisible, ya que el individuo es incapaz de avanzar con la corriente.

La individualización que trajo consigo los procesos globalizadores generó un parteaguas en la estructura social, política y cultural de los individuos. Sin embargo, este fenómeno además  de ser una manifestación particular del individuo, también se expresa en otros derroteros como en la política, la ética y, por ende, en la misma economía. Generando un mundo de carácter empresarial y pragmático, ya que todo aquello que pueda demostrar su valor es digno de confianza y de estadía. Por lo que el individuo deja de tener un valor humano para considerarse un simple objeto de producción y consumo.

En consecuencia, y siguiendo a Lipovetsky, la individualización que se manifiesta en nuestra época, puede ser diagnosticada a partir de cinco acepciones : a) individualización cultural fundamentada en acciones que promueven el culto al hedonismo; b) individualización que provoca el culto al cuerpo a través de la cultura narcisista; c) individualización psicologista que se instituye en la estabilidad emocional de los individuos; d) individualización que se simboliza en el culto hacía el mercado; e, e) individualización que trasgrede las instituciones e ideologías políticas[1].

Según Gilles Lipovetsky, la individualización que aparece con la globalización y que generó esta forma de organización social es producto de una serie de revoluciones culturales que se desprendieron a partir de la caída del muro de Berlín (Lipovetsky, 2003).

La individualización cultural tiene como característica principal el culto al placer, a la posesión y al consumo de bienes que fomenten la satisfacción personal del propio individuo. Las personas que habitan las sociedades modernas se caracterizan fundamentalmente por la falta de responsabilidad y compromiso con el otro. Estas actitudes, tienen como propósito maximizar la búsqueda de una vida placentera, inmediata y sin el más mínimo esfuerzo.

Tener tiempo para el disfrute, la recreación y el descanso son inversiones para mantener una salud mental y una actitud positiva ante los quehaceres que mantienen condenado al individuo a su vida ordinaria. “El narciso cool” (Lipovetsky, 2009), es un ser optimista en su gozo y disfrute, un individuo que pretende vivir el presente, olvidándose de su pasado inmediato y sin preocupación por el futuro próximo.

Bajo este ambiente, reina la indiferencia de masa y, la cual se promueve a partir del discurso de la libertad –limitada a los valores del mercado– y la autonomía privada. En consecuencia, nace una cultura hedonista que amplía el individualismo y lo diversifica a partir de las posibilidades de elección que promueve el mismo mercado a partir de la propaganda y el marketing.

En ese sentido, el valor narcisista es producto de un proceso de personalización (Lipovetsky, 2003) que mantiene al individuo en la vulnerabilidad emocional. En consecuencia, el individualismo cultural se traslada hacia la esfera privada del individuo a través del culto a la salud y la preservación de la situación material, evitando a toda costa los complejos que sustraigan las relaciones sociales. En otras palabras, el individuo se preocupa por acechar su ser y buscar desesperadamente su bienestar. Por lo tanto, se trata de vivir en el presente  perdiendo el sentido de comunidad histórica (Lipovetsky, 2003). El individuo vive para sí, pretendiendo olvidar los valores e instituciones sociales. De esa manera, según Lipovetsky, la estrategia narcisista se resume a la supervivencia del individuo tratando de preservar su salud física y psicológica. Bajo esta lógica, nace el síntoma social del narcicismo colectivo cuya fiel expresión es el nivel masivo de la apatía frívola (Lipovetsky, 2003).

El narcisismo surge de la huida generalizada de los valores y finalidades sociales, provocada por el proceso de personalización. Se concentra entonces la atención en el yo funcionando por el placer, el bienestar, desestandarización, promoción del individualismo puro liberado totalmente de los encuadres de masa y enfocado en la valoración generalizada del sujeto (Lipovetsky, 2003: 42-45).

La individualización da forma a una nueva conducta psicologista del individuo que se caracteriza fundamentalmente por las técnicas de expresión, de comunicación y sensibilidad terapéutica. “La terapia psi genera una figura de narcisismo identificado como el homo psicológicus que trabaja duramente para la liberación del yo” (Lipovetsky: 2003:53). Esta liberación personal produce que el individuo genere su autoconciencia y perciba el desarrollo de ésta como mecanismos que tienen que ver con la satisfacción de sus deseos y placeres. El individuo se convierte en una especie de narciso que permite abandonar por completo la esfera pública y, con ello, una adaptación al aislamiento social. El yo se convierte en la preocupación central de la sociedad moderna.

Como resultado, el espacio público se vacía emocionalmente de reclamos y consignas, que si bien es cierto, siguen existiendo diversas manifestaciones, contienen fecha de caducidad y por lo regular, el sentimentalismo de la lucha queda sustituida por la ocupación individual. De este modo, la autoconciencia sustituye a la conciencia de clase.

Esta reafirmación del yo produce una nueva ética hedonista y permisiva. En el cual, la asociación libre, la creatividad espontánea, la libre expresión y la ideología del bienestar individual contribuyen a un desmesuramiento de la esfera de relaciones.

Las sociedades occidentales están pasando de un tipo de sociedad más o menos dirigida por otros a una sociedad dirigida desde el interior. La personalidad debe profundizar su diferencia, su singularidad: el narcisismo representa esa liberación de la influencia del otro y funciona fundamentalmente como agente de proceso de personalización (Lipovetsky, 2003: 55).

El narcisismo se convierte en una de las características principales de este proceso de individualización, ya que hace posible la asimilación de modelos de comportamientos que buscan la satisfacción de placeres y deseos que contribuyan a la vida digna.

Un ejemplo de este paradigma de comportamiento es el culto hacia el cuerpo saludable. Esta actividad se ha convertido en el  nuevo imaginario social y ha modificado gran parte de los espacios en donde el individuo se relaciona; así como también, se ha transformado en el lugar en donde se alcanzan los éxitos y se consigue la voluntad de vivir planamente.

El miedo que produce el hedonismo en nuestra sociedad es envejecer rápidamente, de la misma forma, el individuo se ve agobiado por la línea de la higiene, por la obesidad que genera la mala alimentación y por su deterioro físico. De ahí que el individuo viva rodeado de plazas comerciales en donde se pueda tener acceso a los masajes recreativos, saunas, gimnasios y tiendas de productos naturistas. “La representación social del cuerpo ha sufrido una mutación cuya profundidad puede compararse con el desmoronamiento democrático de la representación del prójimo; el advenimiento de ese imaginario social del cuerpo produce el narcisismo” (Lipovetsky: 2003: 61).

El cuerpo del individuo se convierte en su estatus, forja su identidad y se convierte en su carta de presentación ante la sociedad. En ese sentido, se humaniza el cuerpo. Richard Sennett tiene razón cuando afirma “estamos inmersos en una cultura de la personalidad a condición de precisar que el propio cuerpo se convierte en sujeto y, como tal, debe situarse en la órbita de la liberación, incluso de la revolución, sexual por supuesto pero también estética, dietética, sanitaria, etc., bajo la égida de modelos directivos” (Sennett, 2006: 42). Estas actitudes conducen a que el individuo disuelva sus roles públicos, y se envuelva en el discurso aspiracional de la autenticidad y de la autonomía en sus relaciones.

Los individuos crean rituales de relajamiento corporal y mental con el propósito de conservar una vida sana y mantener lazos comunes de felicidad. Por eso el individuo va al gimnasio, hace pesas, trota, asiste a clases de yoga, camina, escala, va al sauna a sudar, comen dietas apropiadas, se engalanan y de ahí vuelven al trabajo, a la escuela o a cualquier lugar donde ocupe su tiempo. El individuo moderno se exige a sí mismo para lograr todo lo posible hasta llegar a aquello que le es imposible. Al respecto, Chul Han menciona: “El hombre del rendimiento se encuentra en guerra consigo mismo y en medio de todos los que no logran sus propósitos (…) campea su depresión. Es la enfermedad de una sociedad positiva sumamente productiva” (Chul-Han, 2015: 85). De manera que tenemos a un Sujeto libre que se obliga a sí mismo a rendir, pero que en su trama de libertad lo lleva al extremo cansancio y eso lo conduce al aburrimiento.

Por lo tanto, el proceso de individualización de la sociedad exige un exceso, una seducción  y diversos placeres. La cantidad de estímulos que afectan la vida de los individuos es impresionante. Hoy más que nunca se produce una cantidad sorprendente de música que es accesible a todo aquel que tenga las condiciones para acceder a ella a través del internet,  páginas que brindan servicios de series televisión y catálogos de películas a la carta, videojuegos, entretenimiento en tercera dimensión, impresiones de miles de libros en forma de best seller, se ofertan grandes cantidades de viajes guiados por el mundo en meses sin intereses, las empresas de la televisión de paga tienen mayor cobertura a un costo cada vez menor en donde el espectador puede tener a disposición 800 canales donde, por lo regular la programación siempre se repite, planes de celular para mantenerse siempre conectado; existen una gran cantidad de redes sociales en donde se suben fotos, se cuentan historias, se expone el currículo para buscar un empleo, se comentan experiencias, se hacen comentarios sobre algún tema en común, se seduce y pretenden congeniar relaciones de amor o de amistad, se emplean conversaciones para que todo el mundo sepa públicamente todo y todos a la vez nada de nadie.

La autenticidad del individuo se convierte en un valor social, “con signos como manifestaciones demasiado exuberantes, discursos demasiado teatrales que no producen el efecto de sinceridad” (Lipovetsky: 2003:64). En el cual, el narcisismo del individuo se arropa en la discreción y en una libertad de expresión limitada por un marco preestablecido.

Por lo tanto, el individualismo lejos de exacerbar las exclusiones y fomentar el sectarismo, tiene efectos inversos, ya que la búsqueda del placer impulsa al individuo a desmantelar los antagonismos rígidos.

De manera que las personas sustituyen el moralismo por el laxismo, renuncia a la militancia religiosa y/o partidista. Evitando a toda costa el trance y el compromiso a la creencia. Por lo que el individualismo conduce al aniquilamiento del conflicto. Al neutralizar los conflictos en beneficio de la seducción y el placer se generaliza la indiferencia por el otro.

Sin embargo, este ambiente social que produce el individualismo de nuestra época, produce diversos desórdenes que constituyen la mayor parte de los trastornos psíquicos del individuo. El sentimiento de vacío se llena de enfermedad y de incomprensión; además se incrementa la orientación hacia la depresión, la violencia, el consumo de narcóticos, alcoholismo y suicidios latentes. El individualismo se germina bajo el desapego emocional.

El sentimentalismo ha sufrido el mismo destino que la muerte, resulta incómodo exhibir las pasiones, declarar ardientemente el amor, llorar, manifestar con demasiado énfasis los impulsos emocionales. Como en el caso de la muerte, el sentimentalismo resulta incómodo, se trata de permanecer digno o discreto.  Nuestra época queda caracterizada entonces por la huida ante los signos de sentimentalidad (Lipovetsky: 2003: 77).

Por otra parte, en la actualidad no hay enemigos comunes, hay desconocidos y extraños. La otredad significa enemistad. “En el siglo XXI todos superan la idea del otro como agente patógeno” (Orozco, 2015: 174), pues la globalización, el triunfo liberal y los sistemas de interconexión matan las indiferencias, hoy ya no se tolera, se ignora.

Chul Han argumenta al respecto:

La sociedad  (…) se caracteriza por la desesperación de la otredad y la extrañeza. La otredad es la categoría fundamental de la inmunología. Cada reacción inmunológica es una reacción frente a la otredad. Pero en la actualidad, en lugar de ésta, comparece la diferencia, que no produce ninguna reacción inmunitaria (Chul-Han, 2012: 45).

La muerte del otro, por llamarlo de alguna manera se convierte en un ser meramente diferente que no representa ninguna amenaza para las élites y para aquellos que mueven los hilos del mundo. El individuo para que no represente ningún peligro se neutraliza sin necesidad de aniquilarlo. Basta con disciplinarlo y especializarlo de forma radical, ubicarlo en procesos de asimilación e identificación. Así el indiferente querrá su celular, su coche, su pantalla de televisión. Se volverá parte de lo que Chul-Han llama sistema de rendimiento.

En consecuencia, existe un exceso de positividad, el otro ya no me niega. Niego su negación asimilando parte de lo suyo y eliminando el resto. Por lo que el individuo se vuelve egoísta, solitario, mudo, sin nada que decir, pero se convierte en un agente público de sus causas privadas.

Todos repelemos a todos. Y hacemos lo que hacen todos. Por lo que todos vivimos indiferentes. Es el fin de la empresa en la que uno es importante. El fin de la verdadera comunicación. El fin del diálogo largo e interesado. El fin del compromiso erótico. El fin de la amistad. Es el fin de las relaciones estables. Y es el fin de conflictos internacionales que nos quiten el sueño  (Orozco, 2015: 178).

Y así estamos organizados. Dice Chul Han  a través de una cita de Baudrillard:

Según la genealogía baudrillardesca de la enemistad, el enemigo aparece en la primera fase como un lobo. […] En la siguiente fase, el enemigo que opera en la clandestinidad y se combate por medios higiénicos. Después de una fase ulterior, la del escarabajo, el enemigo adopta por último una forma viral. […] La violencia viral parte de aquellas singularidades que se establecen en el sistema a modo de durmientes células terroristas y tratan de destruirlo. El terrorismo como figura principal de la violencia viral consiste, según Baudrillard, en una sublevación de lo singular frente a lo global. La enemistad, incluso de forma viral, sigue el esquema inmunológico. El virus enemigo que penetra en el sistema, que funciona como un sistema inmunitario y repele al intruso viral. La genealogía de la enemistad no coincide, sin embargo, con la genealogía de la violencia. La violencia de la positividad no presupone ninguna enemistad. Se despliega precisamente en una sociedad permisiva y pacífica. Debido a ello, es menos visible que la violencia viral. Habita el espacio libre de negatividad de lo idéntico, ahí no existe ninguna polarización entre amigo enemigo, entre el adentro y el afuera, o entre lo propio y lo extraño. (Chul-Han, 2015: 21-23).

La violencia de la positividad que manifiesta nuestra sociedad actual, niega  y desaparece cualquier forma de otredad. La vieja dicotomía de Carl Schmitt del amigo-enemigo queda arrebatada. No hay enemigo ni adentro, ni afuera de las fronteras imaginarias. La muerte de la otredad, significa que en la sociedad de lo idéntico el enemigo se invisibiliza y lo hace igual; convierte al extraño y al desconocido en similar; y aquel que queda afuera, que por lo regular son los grupos de inmigrantes, pobres, enfermos o subordinados son ignorados, o en su caso, admitidos a medias, aceptándolos como una especie de carga a la que también se puede neutralizar sin problemas  porque, o  bien se asimila, o en su defecto se excluye.

Por lo que la individualización psicológica afecta inevitablemente la senda  política. Los individuos viven al borde del cansancio y todas las expresiones de lucha deprimen, estresan o en el peor de los casos, se deja de creer en ellas. La lucha por prevalecer culmina con el agotamiento. La gente a menudo dice: “ya se privatizó el petróleo, qué más da. Ya nada se puede hacer”. Y si se intenta algo será inútil. Los muertos y las desapariciones ya no toman importancia, y dejan de tener grandes impresiones e indignaciones en la sociedad. Las desapariciones y las muertes se concilian como una parte naturalizada de convivencia. Por lo que la maquinaria de la indiferencia, del cansancio y del egoísmo nos empareja a la funcionalidad.

Podemos dar muchos ejemplos, como el caso de quien se dice marxista pero trabaja como todos, inmanente al sistema de las ganancias, compra, vive de todo lujo, consume, presume, se queja de todo pero no ve a los otros, y termina siendo un grano más del conjunto, un sistema de trastorno de la personalidad como yo escindido que dice una cosa pero hace otra (y de ese tipo de positividad violenta estamos saturados: demagogos de la democracia que trabajan para minoristas; “comunicadores” que hablan pero no analizan nada o hablan de todo porque “saben todo” y nada dicen); millonarios que dicen ayudar a la sociedad pero pagan salarios de hambre; jefes que hablan de justicia y buen trato pero hacen lo que hacen todos los jefes cuando distribuyen cargas y prefieren a unos sobre otros repartiendo esas cargas de capricho (siendo ellos los jefes mismos- subordinados de ese trato respecto de sus jefes) (Orozco, 2015: 180).

A la par, el individuo se convierte en un ser multifacético, hacedor de diversas actividades que lo mantienen en rendimiento y movimiento constante, pues la velocidad con la que se vive su experiencia, exigen, que el individuo de hoy se convierta en un humano versátil. Mientras el individuo escribe a la par puede escuchar su música favorita, está pendiente de los correos electrónicos; piensa millones de cosas  o actividades por hacer en diversas horas del día, puede atender una llamada telefónica y a la vez chatear con un amigo que se encuentra en algún lugar del mundo. Puede estar en una conferencia y enviar mensajes al mismo tiempo, al final del día volver al gimnasio para relajarse y volver a recuperar las energías para comenzar un nuevo mañana. A esto se reduce la libertad basada en los valores del mercado.

Se ha pasado de la preocupación por la buena vida a la ocupación por la sobrevivencia. “Somos apenas sobrevivientes de un mundo hostil y veloz. Cuando nos alcanza el tiempo esquivamos las relaciones” (Orozco, 2015: 181). Se diluye la existencia del otro.

Los individuos no reflexionan en lo que miran. No dejan que las cosas hablen. Deben llegar a las siete, ir a junta, ir a dar clase, atender a los alumnos, volver a prisa a otra clase, ver otros alumnos, ir a clase una vez más. Luego, a casa. ¿A qué hora se puede contemplar algo? Los hombres tardemodernos han perdido la capacidad de contemplar. Ya no saben aburrirse correctamente. El aburrimiento no es negativo cuando se liga a la actitud contemplativa (Orozco, 2015: 193).

Esto es lo que caracteriza al individuo de nuestros tiempos. El individualismo podría definirse como aquella ideología que valora al individuo e ignora y subordina la totalidad social (Dumont, 1987). Contraponiéndose a la sociedad, generando una gran paradoja que caracteriza a la individualización, ya que “socializa a la individuos desocializándolos” (Lipovetsky, 2003). Por lo que los individuos de nuestra época son mucho y a la vez casi nada; son ante todo, el producto (Baudrillard, 2009), sin determinación personal y sin vocación (Mounier, 2002).

Nuestra civilización sería entonces, psicológicamente asocial y, a la vez, estructuralmente hipersocial. ¿Qué le incumbe al individuo en todo ello? ¿Dónde radica hoy su dignidad? ¿Cuál es el lugar que le pertenece? ¿En qué espacio puede desenvolverse? ¿Es ese espacio el que le asignaba la democracia, esto es, el espacio de la civilidad, el de la res publica? O bien, ¿el espacio idóneo para el individuo es solo el de la vida privada? Si es así, ¿no habría abandonado el individuo un espacio esencial de posibilidades y desenvolvimiento? (Moreno, 1991: 45).

En la sociedad de individuos somos socialmente nada, a fin de evitar compromisos sociales fuertes y responsables. Maffesoli menciona al respecto: “Al no ser nada estamos más allá de donde se nos espera, somos algo distinto de lo que se cree que somos” (Maffesoli, 2009: 55). He aquí la fuerza y la esencia de la individualización. Así, pues, “ser esta o aquella persona, con nombre propio, identificable y por ello responsable ante los otros, el poder o la sociedad, en vez de ser esta o aquella persona, parece preferible a ser la persona” (Moreno, 1991: 46). Dice Maffesoli “lo que nos permitirá hacernos partícipes de una energía vital primordial ajena a las determinaciones de la singularidad (…) gracias a un saber incorporado” (Maffesoli, 2009).

El valor de la indiferencia por el otro es la piedra de toque de la individualización, y por consecuencia, este existir individual repercute fundamentalmente en la civilidad y en la actividad política. Sin embargo, esta indiferencia se ve empoderada mediante el mecanismo de la subjetividad. Lipovetsky argumenta al respecto: “Hoy cuanto más solícita la subjetividad, más anónimo y vacío es el efecto” (Lipovetsky, 2003). De manera que algo aconteció con la subjetividad “de tal modo que su poder relacional y de apertura ya no se traduce fácilmente en responsabilidad moral, ni generosidad o espíritu solidario” (Moreno, 1991: 50).

El individualismo en la sociedad de nuestra época se manifiesta y se traduce como una especie de ideología que tiene su base en la subjetividad y se expresa comúnmente en la intimidad y en el goce que produce los valores mercantiles. En este sentido, lo que define al individualismo es el ansia de lo que ha llamado Philipp Hersch “quest for fulfillment” (citado por Lipovetsky, 2003: 85) que puede ser traducido bajo la idea de la búsqueda de placer, goce y bienestar. El individuo se convierte en un buscador de ambientes confortables. “El ideal moderno de subordinación de lo individual a las reglas racionales colectivas ha sido pulverizado, el proceso de personalización ha promovido y encarnado masivamente un valor fundamental, el de la realización personal” ((Lipovetsky, 2003)).

Esta forma de organización tiene grandes repercusiones en el ámbito de la política, en particular con la forma de hacer y organizarse. Esta incapacidad para pensar, escuchar, meditar y reflexionar sobre sus aconteceres que se desprenden de la actividad política tiene grandes efectos y se manifiestan constantemente en un desencanto paulatino por la  misma. Sin embargo, a pesar  de la libertad limitada del individuo que le otorgan sus condiciones económicas a través del acceso al consumo, a la información y las diversas formas de seducción que genera el consumismo y el entretenimiento, se apertura otras formas de asociación. En lo que respecta a la política, hoy más que nunca vive sumergida en un desencanto constante y permanece bajo el yugo de la agonía. La política ha dejado de ser concebida como el espacio de posibilidad para convertirse en el lugar de lo imposible y consideraba a menudo entre los individuos como el lugar de la hipocresía, de la riqueza ilícita, del desgaste, del terror y de la mentira.

Esta situación tiene que ver, en parte, con el triunfo de las democracias liberales, ya que estas formas de gobierno crean sistemas sociales complejos que tientan a los individuos como el espacio de posibles promociones de cualquier tipo y lo orillan a huir de los gravosos compromisos.

En el sistema político de carácter democrático, el individuo es apenas alguien que solo se visualiza en la participación política cuando vota en un lapso de tiempo determinado y después vuelve a su estado  natural de rol social. Por lo que el individuo se ve arropado bajo el discurso de mayor libertad limitada y menos política. Pues, al no encontrar otros mecanismos políticos y otras formas de acción política que no devengan de las instituciones del Estado, del sistema electoral, encuentra dificultades para actuar en el ejercicio político. Este augurio crea un ambiente en el que surge un terrible sentimiento paralizante de impotencia, desgane e indiferencia. Las repercusiones son fuertes, ya que este proceso pretende imponer la preferencia por abandonar el sistema social y político, antes que transformarlo.

En suma, podríamos señalar que  el proceso de individualización en las sociedades actuales impacta a la esfera política de la siguiente manera: a) convierte al individuo en una especie de narciso que abandona por completo la esfera pública; b) neutraliza los conflictos en beneficio de su seducción y el placer generaliza la indiferencia por el otro; c) niega y desaparece cualquier forma de otredad; y, d) genera individuos que viven al borde del cansancio, de modo que las expresiones de lucha, los estresan, desaniman y, en el peor de los casos, los lleva a dejar de creer en ella.

Hoy más que nunca es preciso replantearse sobre la necesidad de desentrañar la relación entre individuo y política. Pero sobre todo, identificar de qué manera los valores del mercado, que a través de la solidaridad productiva, la especialización y la división del trabajo generaron una relación sin relación, dieron lugar a una exacerbada indiferencia por la política.

*El discreto desencanto de la política

La actividad política atraviesa una severa crisis de credibilidad generando un divorcio constante entre quienes representan al poder político (la capacidad de hacer las cosas), la política (la capacidad de decidir lo que hay que hacer)  y la sociedad en general (como el elemento gestionador, mediador, demandante y articulador entre la política y el poder político). Pocas personas esperan la salvación desde las altas esferas; las promesas de los ministros y de diversos personajes políticos se reciben con incredulidad salpicada de ironía.

El individuo se convierte en su único salvador, promotor y perseguidor de su propio bienestar. Por lo que la actividad política se convierte en un montón  de esperanzas frustradas. En consecuencia, el individuo prefiere emplear y hacer cosas que faciliten su bienestar individual que cambiar su realidad a través de  acciones colectivas.

En cualquier caso, no sentimos la necesidad (una vez más, salvo algunas irritantes ocasiones) de lanzarnos a la calle para reclamar y exigir más libertad o una libertad mejor de la que ya tenemos. Pero, por otra parte, tendemos a creer con igual firmeza que es poco lo que podemos cambiar –individualmente, en grupos o todos juntos- del decurso de los asuntos del mundo, o de la manera que son manejados; y también creemos que, si fuéramos capacidad de producir un cambio, sería fútil, e incluso poco razonable, reunirnos a pensar un mundo diferente y esforzarnos para hacerlo existir si creemos que podría ser mejor que el que ya existe.  (Bauman, 1999: 9).

La vieja política que se ejerció después de la segunda guerra mundial y que se fue banalizando en los años posteriores fue perdiendo sustancia y rigidez, debido a la pérdida de poder frente a grupos de presión que pertenecen al grupo económico. La política de nuestra época destaca por la pérdida de substancia de los viejos medios institucionales de seguridad y protección social; dejando de existir, o en su defecto, ya no se encuentran en los lugares que hasta hace poco estaban destinados. El poder y la política local caminan por separado y su divorcio afecta considerablemente a la sociedad.

Los individuos parecen estar abandonados y expuestos a la inseguridad y a la poca protección. Están condenados a perseguir sus propios recursos. Y eso genera, que los propios individuos al verse orillados a subsistir no tengan ninguna consideración por el otro. En ese sentido, el individuo se ve en la necesidad de competir, de transformarse eficazmente a través de una educación que no demerite tanto tiempo ni que establezca el mínimo esfuerzo de pensamiento y sensibilidad. Lo que importa es especializarse para adoptar nuevas herramientas para ser considerado por la oferta del trabajo, además debe ser solidario pero con la finalidad de crear nuevos espacios de superación expresados en la materialidad y consumo de productos, así como también debe tener la capacidad de auto dirigirse y mantener las expectativas de progreso y desarrollo.

La política que prolifera en nuestros tiempos yace de la crisis de los medios y de los instrumentos de acción afectiva. “Y su derivada: la enojosa, exasperante y degradante sensación de haber sido condenados a la soledad frente a los peligros compartidos” (Bauman, 2015: 81).

De ahí que ahora más que nunca el individuo viva sumergido en una “sociedad de riesgo” (Beck, 2006). Pues por una parte, si bien observamos el desarrollo de sociedades multireligiosas, multiculturales, multiétnicas y la multiplicación de soberanías, también se puede observar la extensión progresiva del sector informal de la economía, la flexibilización del trabajo, la desregulación legal de grandes sectores de la economía, de los grupos de seguridad laboral como los sindicatos y la pérdida de legitimidad del Estado.

Estos impactos generan la implicación de que el individuo viva en una red de instituciones desactivadas por el Estado-nación, por lo que las repercusiones en el ámbito social toman mayor complejidad, y junto con ello, los problemas que aquejan a la sociedad crezca exponencialmente.

En la sociedad del riesgo, la política se hace extremadamente importante, pero que contradictoriamente se deja al unísono y en la esquina del olvido. Pues los riesgos con los que se encuentra constantemente el individuo cada vez toman mayor importancia, y de esa forma, la necesidad de crear nuevos espacios de convivencia para pensar y luego accionar nuevos mecanismos que compensen no solamente al individuo, sino a toda la sociedad en general.

Justo como argumenta Zygmunt Bauman en su más reciente obra en colaboración con el filósofo y dramaturgo lituano Leonidas Donskis, Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida:

No hay escasez de salidas exploradoras, ni de intentos desesperados de encontrar nuevos instrumentos  para la acción colectiva que en un escenario progresivamente globalizado resulten más eficientes que las herramientas políticas inventadas y puestas a punto en la era postwesfaliana de la creación de naciones, y que tendrán más posibilidades de llevar la voluntad popular a su cumplimiento de las que puede soñarse para los órganos ostensivamente soberanos del Estado, atrapados en su doble vínculo (Bauman, 2015: 81).

La idea de que el individuo por primera vez en su historia es un sujeto realmente libre, es debido a su creciente independencia y autonomía para dirigirse y para tomar diferentes decisiones que le parezcan más adecuadas para manejar y conducir  su vida, y por ello, su existencia en sociedad. En ese sentido, si la libertad ya ha sido conquistada, ¿cómo es posible que la capacidad humana de imaginar un mundo mejor y hacer algo para mejorarlo no haya formado parte de esa elocuente victoria que tanto presumen los ideólogos y simpatizantes  de la democracia liberal?, ¿qué clase de libertad han conquistado los individuos sin tan solo sirve para desalentar la imaginación y para tolerar la impotencia de las personas libres en cuanto a temas que atañen a todas ellas?

La libertad individual coincide  con el incremento de la impotencia colectiva que se expresa fundamentalmente en la actividad política. Los puentes de la vida pública y privada del individuo nunca fueron construidos de forma homogénea y armoniosa, es decir, no existe una forma fácil u obvia para traducir las preocupaciones privadas en temas públicos e, inversamente de discernir en las preocupaciones privadas en temas de preocupación pública. Ya que en nuestra sociedad actual, los puentes brillan por su ausencia y el arte de la política rara vez se practica en público, pero, paradójicamente, siempre se hace de forma cotidiana en el espacio público, pero no se lleva hacía sendas que tengan mayor impacto y relevancia (Bauman, 1999).

La ausencia de mecanismos fuertes, transgresivos y permanentes, los agravios privados y las demandas públicas no llegan a constituirse de forma contundente, debido a la falta de condensación por parte de la colectividad. Además de que el individuo se ocupa más por las cuestiones de interés privado que por las causas de interés social.

Bajo estas circunstancias, la sociabilidad de los individuos flotan como esferas en un terreno líquido que lo mantiene a la deriva, buscando en vano un terreno sólido dónde anclar un objetivo visible y viable para todos.

Al carecer de vías de canalización estables, nuestro deseo de asociación tiende a liberarse en explosiones aisladas… y de corta vida, como todas las explosiones. Suele ofrecérsele salida por medio de carnavales de compasión y caridad; a veces, a través de estallidos de hostilidad y agresión contra algún recién descubierto enemigo público (es decir, contra alguien a quien la mayoría del público puede reconocer como enemigo privado); en otras oportunidades, por medio de un acontecimiento que provoca en la mayoría el mismo sentimiento intenso que le permite sincronizar su júbilo, como cuando la selección nacional gana la Copa del Mundo, o como ocurrió en el caso de la trágica muerte de la princesa Diana. El problema de todas estas ocasiones es que se agotan rápidamente: una vez que retornamos a nuestras ocupaciones cotidianas, las cosas vuelven inalteradas, al mismo sitio donde estaban. Y cuando la deslumbrante llamarada de solidaridad se extingue, los solitarios se despiertan tanto solo como antes, en tanto mundo compartido, tan brillantemente iluminado por un momento atrás, parece aún más oscuro que antes. Y después de la descarga explosiva, queda poca energía para volver a encender las candilejas (Bauman, 1999: 11).

Según Bauman la posibilidad de cambiar el estado de las cosas reside principalmente en el ágora en que “los problemas privados se reúnen de manera significativa, es decir, no solo para provocar placeres narcisistas […] sino para buscar palancas que, colectivamente aplicadas resulten suficientemente poderosas…” (Bauman, 1999: 11). Con el propósito de elevar  a los individuos  de sus desdichas individuales a través de espacios donde pueda nacer la idea como el bien público o la sociedad justa.

En ese sentido, las élites políticas, al convertirse en un elemento inmaculado e omnipotente, dejan de lado su compromiso de salvaguardar los bienestares y seguridades sociales. Preocupándose sólo por mantenerse en el poder el mayor tiempo posible. Corneluis Castoriadis en El Avance de la Insignificancia que corresponde al cuarto título de la serie Les carrefours du labyrinthe le dice a Daniel Mermet “Los políticos son impotentes. […] Ya no tienen un programa. Su único objetivo es seguir en el poder”. (Castoriadis, 2005: 52).

No hay una expresión clara de una doctrina e ideología política que tenga como proyecto una idea de funcionamiento social, político, ético y cultural. Ahora la política se reduce a una expresión individualizada del egoísmo, del narcisismo, del cinismo y del desarrollo de bienes que compensan a las élites.

Además se propaga de forma masiva a través de diversos mensajes que se pueden apreciar claramente en los discursos políticos, notas periodísticas, comerciales en la televisión y en otros medios de comunicación la parafernalia de que no hay una forma de construir otro mundo posible, pues el que habitamos es el único que existe. Y para ello debemos estar bien “preparados” para afrontar los tiempos difíciles que nos arropan.

En consecuencia, el liberalismo ontológico actual se reduce al simple credo de que no hay alternativa. Si se desea descubrir el origen de la creciente apatía política, no es necesario buscar más allá o hacer un recorrido hacia el pasado. Ya que la política actual promueve y premia el conformismo y propaga el discurso de conformarse con el estado actual de las cosas. Entonces, ¿para qué molestarnos si los políticos, de cualquier tendencia, no pueden prometernos nada, salvo más de lo mismo?

En consecuencia, “la aversión de la autolimitación, el  conformismo  generalizado y la consecuente insignificancia de la política tiene un precio. Un precio muy alto, en realidad. El precio se paga con la moneda de cambio en que suele pagarse el precio de la mala política: el sufrimiento humano” (Bauman: 1999:11). Por lo que estos sufrimientos se perpetúan de diferentes formas y pueden rastrearse en el mismo origen. Desde nuestra propia perspectiva nace a partir de una lógica productiva que inventa el capitalismo industrial y que a través de la especialización, la división del trabajo y la solidaridad productiva como una forma de relación, darán como resultado una serie de valores como la apatía política, la indiferencia por lo social y el perseguimiento de su bienestar privado, que posteriormente se expresaran de forma contundente en el ejercicio de una mala práctica política. Y que  en nuestros días se expresan de forma radical en un ambiente de incertidumbre, desprotección e inseguridad.

El problema contemporáneo más siniestro y penoso puede expresarse más precisamente por medio del término “Unsicherheit”, la palabra alemana que fusiona otras tres del español: “incertidumbre”, “inseguridad” y “desprotección”. Lo curioso es que la naturaleza de este problema es también un poderosísimo impedimento para instrumentar remedios colectivos: las personas que se sienten inseguras, las personas preocupadas por lo que puede deparar el futuro y que temen por su seguridad, no son verdaderamente libres para enfrentar los riesgos que exige una acción colectiva. Carecen del valor necesario para intentarlo y del tiempo necesario para imaginar alternativas de convivencia; y están demasiado preocupadas con tareas que no pueden pensar en conjunto, a las que no pueden dedicar su energía y que solo pueden emprenderse colectivamente (Bauman, 1999: 12).

De manera que las instituciones políticas que proliferan y se crean en la actualidad para ayudar a las personas en su lucha contra la inseguridad y la desprotección les ofrecen poco auxilio. El individuo se ve forzado a crear sus propios mecanismos de seguridad y protección encontrándolas precisamente en el mercado mismo. Es por ello que el individuo prefiere gastar sus energías y cumplir con una jornada fulminante de trabajo o en actividades que se vean reflejadas en el bolsillo de las personas y que le permitan  mantenerse estables con una cierta certidumbre individual que dedicarse a realizar actividades de beneficencia social por el simple gusto de hacerlo sin verse reflejado con algún salario o ayuda económica. Aquí se encuentra el núcleo fundamental de producción y reproducción del proceso de individualización de la esfera política.

De acuerdo con Ulrich Beck, quien ha sido uno de los pensadores más presurosos en el análisis de la globalización y sus repercusiones en la vida pública. Menciona que precisamente la individualización es un proceso que transforma institucionalmente las actitudes políticas de la sociedad. Ya que las instituciones encargadas de mantener una cierta cohesión y regulación de lo social, al verse limitadas y desgastadas por la pérdida creciente de poder político, debido a los fuertes y rápidos cambios que se originan con el proceso de globalización impulsadas por las élites económicas transnacionales, estas instituciones que se encuentran en el terreno de lo local no pueden hacer gran cosa para brindar certezas y seguridades al individuo (Beck, 2001).

Sin embargo, cuando en el escenario social emerge una cierta organización conjunta de actores y sujetos políticos para mitigar esas inseguridades y comenzar a conquistar derechos que dignifican la vida de los individuos, casi todas estas acciones y medidas adoptadas por los involucrados tienden a dividirse; siembran suspicacia y terminan por separarse acabando por volverse más solitarios, frustrados e aislados.

Esta es una de las razones que explica la escasez de demanda de espacios privados-públicos, y el hecho de que los pocos que existen estén vacíos casi todo el tiempo condiciona su reducción e incluso su desaparición. Otra razón para que los espacios públicos tiendan a desaparecer es la flagrante carencia de importancia de todo lo que ocurre con ellos (Bauman, 1999: 13).

Si bien estos nuevos espacios son criticados y algunas veces hasta banalizados por la elocuencia en sus formas de comunicación y sus propósitos de entretenimiento, muchos de los individuos de nuestra época consideran que es una buena herramienta para organizar alguna movilización, exponer sus críticas y juicios sobre la actividad política o para expresar diversos disgustos sobre la partidocracia, personajes políticos o coyunturas políticas. En ese sentido, vivimos habidos y con sed de poder que se manifiesta y se encuentra en una fuerza económica y no en las viejas estructuras políticas.

Los individuos se ven limitados a alcanzar y tener de nuevo en sus manos las direcciones de su vida social. El poder de la compra, se deposita en la mente de los individuos y se convierte en una espumosa ideología que imposibilita a los personas a pensar y proyectar escenarios posibles de convivencia. Como lo expresa Cornelius Castoriadis, “el problema de nuestra civilización es que dejó de interrogarse” (Castoriadis. 2000) y agregaría, dejó de aprender a pensar, y en consecuencia, dejó de crear escenarios posibles de relación y cambio.

La política no se mantiene apartada de la seducción. Quienes se encargan de hacer política hoy en día tienen muy en consideración la importancia de su imagen, la cual sirve para enviar un mensaje humanizado a la sociedad a quien gobierna, a menudo se presenta ante el pueblo con una simplicidad ostentosa, se presenta con guayaberas, jeans o chamarras tipo cazadora, reconoce humildemente sus límites, sus debilidades y mantiene un discurso solidario para sacudir los males que aquejan a una nación.

La política ha entrado en la era de lo espectacular, liquidando la conciencia rigorista e ideológica en aras de una curiosidad dispersada, captada por todo y nada. De ahí la importancia capital que revisten los mass media a los ojos de los políticos; o teniendo otro impacto que el vehiculizado por la información, la política se ve obligada a adoptar el estilo de la animación, debates personalizados, preguntas y respuestas, etc., lo único capaz de movilizar puntualmente la atención del electorado (Lipovetsky, 2003: 39).

Según Lipovetsky, la apatía de la política que se refleja en nuestros tiempos responde a la plétora de informaciones ya que tan pronto se registra un acontecimiento político, éste se olvida casi inmediatamente y es sustituido por otros espectáculos políticos de mayor envergadura (Lipovetsky. 2003). En ese sentido, se manifiesta una realidad paradójica, ya que el exceso de información genera que los mismos individuos no tengan capacidad de reacción expresándose en actitudes como por ejemplo, en la indiferencia política.

La indiferencia pura designa la apoteosis de lo temporal y del sincretismo individualista (…) En estas condiciones está claro que la indiferencia actual no recubre más que muy parcialmente lo que los marxistas llaman alienación, aunque se trate de una alienación ampliada. Esta, lo sabemos, es inseparable de las categorías de objeto, de mercancía, de alteridad, y en consecuencia del proceso de reificación, mientras que la apatía se extiende tanto más por cuanto concierne a sujetos informados y educados. La deserción, no la reificación: cuanto más es el sistema crea responsabilidades e informa, más abandono hay, es esa paradoja lo que impide asimilar alienación e indiferencia aunque ésta se manifieste por el  aburrimiento y la monotonía (Lipovetsky, 2003: 41).

Este proceso detona que la actividad política se individualice a la par de la sociedad. Creándose un sistema de organización legitimado bajo un principio de aislamiento considerable, pues los ideales y valores de la sociedad son compartidos sólo si el otro lo considera como respetable. De no ser el caso, el individuo genera todo tipo de estigmas, estereotipos y descalificaciones que denigran al ser humano. De ahí que no sea raro leer mensajes, tweets o estados de facebook descalificando una movilización política, una corriente de pensamiento o un grupo activista. La intolerancia de nuestra época se expresa en un maquillaje democrático bajo el estándar de lo que el individuo considera la libertad de expresión. Por lo tanto, cuando lo social y lo político está abandonado el deseo, el placer y la comunicación se convierten en los únicos valores que hay que conservar.

Aquí no hay fracaso o resistencia al sistema, la apatía no es un defecto de socialización sino una nueva socialización flexible y <<económica>>, una descrispación necesaria para el funcionamiento del capitalismo moderno en tanto que sistema experimental acelerado y sistemático. Fundado en la combinación incesante de posibilidades inéditas, el capitalismo encuentra en la indiferencia una condición ideal para su experimentación, que puede cumplirse así como un mínimo de resistencia (Lipovetsky, 2003: 43).

¿Por qué un sistema cuyo funcionamiento exige la indiferencia se esfuerza continuamente en hacer participar, en educar, en interesar? El sistema en el que vivimos reproduce de forma extendida los aparatos de sentido y de responsabilidad que logran producir un compromiso que es carente de compromiso. A menudo las élites quienes sujetan los hilos de la economía y de la política, a través de los diferentes medios de comunicación emiten mensajes que aparentan ser positivos para la nación y en particular para el individuo mismo: “pensad lo que queráis de la tele pero enchufadla, votad por nosotros, pagad vuestras cotizaciones, obedeced la consigna de huelga, partidos y sindicatos no tienen más exigencia que esa <<responsabilidad>> indiferente (Lipovetsky, 2003: 44).

El sentido de la política debe tomar una nueva consideración; su comprensión, explicación y entendimiento en la sociedad actual demanda la necesidad de buscar una nueva definición de la misma. La política al encontrarse individualizada, deja de definir los destinos de los individuos. Hoy en día su poder se ve cada vez más limitado en la instauración de las instituciones deseable.

Para tratar de redimensionar la política hacia el ámbito social, considero que debemos adoptar una postura clínica y retomar diversas aportaciones que en el pasado fueron de gran importancia y explicaron desde su propia realidad la actividad política a través de categorías y consideraciones que en la actualidad pueden ser de gran utilidad, y así poder dar grandes propuestas de cambio. La pertinencia de reconstruir un nuevo pensamiento crítico que nos orille a formular nuevas formas de convivencia, pero sobre todo, crear nuevos diversos mundos posibles. El mundo de carácter líquido no súplica transformación, sino demanda a detenerlo por un instante para aprender a pensarlo; para comprenderlo y explicarlo de forma adecuada, respondiendo a sus interrogantes y problemáticas que se desprenden de nuestra caótica  realidad.

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Electrónicas

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[1]     Estas ideas son retomadas de la conferencia magistral que impartió el sociólogo y filósofo francés Gilles Lipovetsky, intitulada: “Desafíos del individualismo contemporáneo: vida pública y privada”. Senado de la República, Ciudad de México, 14 de julio del 2014.

Consideraciones sobre la mujer: no es un enésimo monólogo sobre la vagina

En la actualidad la condición de la mujer se ha puesto en vilo de la voz pública por diferentes acontecimientos atroces, que conlleva a toda la sociedad en su conjunto a debatir, reflexionar, enjuiciar y muchas veces a estigmatizar el sentido de lo que significa ser mujer en el mundo actual.

Desgraciadamente, las mujeres son tema de discusión y de análisis no por la importancia que son ellas para la construcción de una sociedad más equitativa, justa, libre y digna. Sino por las atrocidades que han padecido en los últimos años: muertes, violaciones, desapariciones, acosos y un sinfín de descalificaciones y estigmas acerca de su condición de vivir en sociedad de forma autónoma, libre e independiente.

Comúnmente cuando deambula por diferentes espacios públicos o se queda en el abismo de las redes sociales, con frecuencia se encuentran frases como: “las matan por putas”, “las mujeres en donde corresponden; en la cama y en las lavadoras”, “feminazis”, y una serie de descréditos execrables que no sólo atentan contra la integridad de la mujer, sino, me atrevería decir, de cualquier persona que tenga derecho a vivir plenamente bajo la responsabilidad de sus decisiones y actos.

A estos ataques y agresiones verbales que no necesariamente se dejan leer por hombres, sino también por las propias mujeres, el movimiento feminista se ha visto afectada por la malversación ideológica de lo que el feminismo realmente representa: sus propósitos, su motivo, sus objetivos, su filosofía y sus formas de acción. Debido a que el feminismo ha sido relegado por el estigma del mujerismo.

El mujerismo más allá de establecer epistémica, filosófica y argumentativamente la condición de ser mujer como lo hace el feminismo, el mujerismo se encarga de radicalizar el discurso feminista y llevarlo a su condición ignorante de ejecución, opinión y crítica. En el cual se caracteriza por las posiciones reaccionarias, por la negación de la otredad y por el insulto constante de la pluralidad.

El mujerismo se manifiesta en su estado esencial de lo que significa ser mujer. Es decir, ¿son mejores las mujeres que los hombres?  Es obvio que las mujeres no son mejores o peores que los hombres, sino simplemente, como cualquier individuo son diferentes.

Sin embargo, este tipo de esencialismo y de discursos malamente estudiados y adoptados, han sido muy atractivos para diversas mujeres que se conciben como malamente feministas, que sin asombro alguno se auto conciben como seres superiores por el hecho, por ejemplo: de decidir no embarazarse, la maternidad, el compaginar las actividades domésticas con las profesionales, por la capacidad de raciocinio. Estas formas de pensar, es una forma que nos instala en una suerte de mujerismo o hembrismo igual de perverso  a la idea patriarcal, o comúnmente llamado machismo. En ese sentido, el “mujerismo es algo así como un síntoma de enfermedad que acusa  el feminismo” (Cansino, 2011).

Bajo este embrollo nace una paradoja. Ya que el mujerismo se hace conservador atentando contra los ideales libertarios que establece el propio feminismo.  A menudo uno se encuentra con discursos realmente dogmáticos y sexistas que atraviesan, incluso,  los campos del conocimiento. Uno se encuentra constantemente con personas que piensa que se debe refundar la epistemología patriarcal, por una epistemología feminista, o se debe crear una sociología feminista, una ciencia política feminista y hasta unas ciencias exactas feministas. Como si la ciencia tuviera un género. No abogo por la exclusión de pensamiento, de posiciones y de aportaciones que nos ayuden a comprender mejor este mundo caótico, sino al contrario, la ciencia hoy más que nunca debe ser incluyente, propositiva, atrevida y sobre todo juzgada y aclarada bajo sus propios términos y condiciones. Y tanto como los hombres como las mujeres de ciencia son vitales y fundamentales para su construcción.

En consecuencia, el mujerismo es una enfermedad del propio feminismo  que homogénea perversamente el propio movimiento. No existe ningún grupo político, social o cultural que no matice sus posiciones, eso está más que claro. Y desde mi perspectiva, eso representa  la importancia  de construir movimientos, ya que además de fortalecer los lazos democratizadores del individuo, la sociedad y las instituciones del Estado, reconfigura el pensamiento, modifica los lazos de relación y construye otros mundos posibles a partir de la diversidad y la pluralidad. Por tal motivo, encontramos en el mismo pensamiento feminista subcorrientes como: feminismo de la igualdad, feminismo marxista, feminismo revolucionario, la visión queer del feminismo, el posfeminismo, el alter feminismo, el feminismo por la diferencia. Y diversas posiciones, que dentro del gran movimiento feminista encuentra motivos y que hacen de las ideas, el pensamiento y la crítica argumentada arquetipos éticos, teóricos, epistémicos y lingüísticos que fundamenta un ideal de sociedad.

Considero que habría que hacer una autocrítica sobre: ¿hasta dónde quedó atrapado el feminismo?, ¿cuáles son las problemáticas a las que se encuentra?, y, ¿cómo evitar la desvitalización del movimiento a través del mujerismo? Sara Sefchovich en su libro ¿son mejores las mujeres?  Establece que en nuestros tiempos, no se puede hablar sólo de la mujer, sino de las mujeres, reconociendo, efectivamente,  las diferencias  que existen entre ellas, pero habría que preguntarnos: ¿qué significa ser mujer  en un mundo donde reina el caos y la incertidumbre?, ¿en el mundo globalizado se puede definir qué significa ser mujer? Con la liberación del cuerpo y de la sexualidad existen hombres que teniendo pene se implanta senos y se concibe como mujer. En este caso, tal vez ser mujer no se reduce a una forma  fisiológica, sino, más bien, es una forma de vida. Charlando con un amigo transexual me decía: “yo sé que tengo pene, que me crece la barba y a veces tengo todos los rasgos “naturales” de un hombre; pero yo me siento mujer, no porque me vista con vestidos o me maquille la cara, sino porque pienso como mujer, tengo sentimientos de mujer y me presento ante los otros como una mujer hecha y derecha”.

En los tiempos del boom academicista, tal parece que el feminismo se volvió más un asunto de encuentros de académicos que en un asunto que busque establecer sus diálogos y aportaciones en la vida cotidiana de las mujeres. Tal parece que se perdió en discusiones demasiado refinadas por especialistas que buscar construir otros derroteros en donde quepan muchos mundos posibles.

No es mi propósito atacar a mis amigas feministas, ni a la filosofía y al movimiento como tal, ni mucho menos establecer una crítica mal intencionada a  sus ideales. Sino más bien creo que quizá llegó el tiempo  de repensar seriamente al feminismo y a la noción de género. Siendo un tema  que no sea exclusivamente de las mujeres, sino también, de los propios hombres interesados en el tema.

Hoy más que nunca necesitamos de las mujeres que piensan, que argumentan, que sueñan con establecer y alcanzar un ideario de sociedad, con mujeres que denuncien las injusticias, que vivan libres sin estigmas y sin  ataduras, que decidan sobre su propio cuerpo, su vida privada y pública. Que luchen por alcanzar el ideal democrático de sus derechos elementales y se expresen en la cama, en la casa y nuestro país por el bien de ellas y de todos nosotros, los diferentes.  Y estoy seguro que para comenzar alcanzar dicho tipo ideal y hacerlo realidad, se consigue con autocrítica, pensamiento y acción.

El mujerismo como el machismo también mata.

 

Los partidos políticos y el trampolín “exitoso” de la vida académica

Tal parece que aquella vieja idea de que las instituciones que devienen y hacen política en relación con el Estado, en específico,  los partidos políticos se encontraban en crisis, es una vieja anulación que ha quedado en el pasado.

En México los partidos políticos están más vivos que nunca, así como su para ingenuidad y sus propósitos para sus afiliados e ideólogos; no sólo para conseguir bienes comunes, si no, según proclaman sus panegíricos, consolidar la tan ansiada democracia mexicana.

Basta con tan sólo adentrarse en las redes sociales para darse cuenta de la cantidad de personas que de verdad creen y defienden los procesos electorales y la pertinencia de llevar cabo acciones políticas desde la trinchera partidista. Y eso incluye desde jóvenes, adolescentes, adultos y personas mayores.  Y entre ellos, diversas personas que se dedican a cualquier actividad: obreros, estudiantes, amas de casa, académicos, burócratas, comerciantes…Este síntoma demuestra que los partidos políticos en la era del malestar en la democracia no solamente se han convertido en la piedra de toque del quehacer político, sino además, se han  convertido en la vía para alcanzar propósitos que tienen que ver con seguridades y protecciones sociales.

Sin embargo, la realidad, demuestra que los partidos políticos, más allá de representar a sectores de la sociedad, no representan más que a sus propios intereses, sin que ello afecte su reputación y su credibilidad, porque de ser el caso, millones de personas dejarían de creer en una institución, que al menos en nuestro país, son grupos de mafiosos que utilizan los mecanismos de los partidos políticos para mantener sus beneplácitos e intereses privados.

Pertenecer a un partido político en nuestros tiempos asegura bienestar personal y reputación social. Esto lo tienen bien entendido aquellos intelectuales que por lo regular, los define “el progresismo”, el discurso romántico y sobre todo la pose por la defensa de las causas perdidas que se encuentran en temas como: la defensa de los derechos humanos, la justicia social, el desarrollo y la creación de instituciones que posibiliten una mayor calidad de la democracias a partir de la transparencia, la rendición de cuentas o la preservación de la gobernabilidad a través de políticas públicas.

Si bien estos aparatos de la nueva democracia son fundamentales para la preservación de la misma, estos elementos son utilizados por esos intelectuales progres más por la retórica para generar adeptos tanto de sus pares como de sus sequitos de seguidores, que por la consolidación de estos dispositivos de control y vigilancia.

En ese sentido, los intelectuales que su afinidad es la política partidocrática encuentran en los partidos políticos comodidades, así como prebendas altamente rentables. De ahí que en nuestros tiempos haya un sinfín de académicos e intelectuales proto-críticos   que defiendan a capa y espada la labor de los partidos políticos sin importar que tan cínicos y corruptos sean.

Sin caer en la generalidad, para muchos que dicen trabajar con las ideas, es decir, quienes escriben libros, imparten conferencias, son profesores universitarios, publican artículos o ensayos en revistas indexadas, lo más fácil, para muchos de ellos es ofertar sus servicios al mejor postor. Y en este caso, el partido político es el trampolín del éxito y del reconocimiento académico.

En nuestros tiempos, tal parece que nadie se cuestiona  si con ello se pierde credibilidad como intelectual y como académico pues todo el mundo lo hace. En ese sentido, en un medio profesional tan acostumbrado a la mediocridad, a la vanagloria y a la confesión políticamente correcta, emplearse con los poderosos- ya sea a través de consultores, asesores, promotores, ideólogos, mercadólogos-, reivindicar la crítica y la independencia intelectual, en la actualidad resulta una tarea ilusa, pobre y hasta frívola.

En consecuencia, sigo pensando que el único compromiso plausible de los intelectuales y de los académicos, que al menos se interesan por la política, es el quehacer con la difusión y la divulgación de las ideas, sin quedarse, como es oportuno,  en el soliloquio que produce el escritorio o la soberbia que generan los olimpos que resguardan las universidades.

Por lo tanto, el quehacer político a través de la ideas requiere plena independencia del poder, de lo contrario, esos académicos e intelectuales se convierten en personas que se acomodan a lo que sea y a lo que pueden.

De ahí que hoy más que nunca el reconocimiento social de convertirse en asesor o consultor sea lo mejor que a alguien le pueda pasar, sobre todo al gremio de un sinfín de politólogos al que pertenecí por algún tiempo de mi vida.

Quienes consideren inscribirse  en los difíciles y caóticos ambientes que producen las ideas en su relación con la acción política deben mantener la virtud de la congruencia,  la honestidad, del valor de la crítica argumentada y sobre todo la plana libertad de atribuir ideas y respetar los disensos de los otros. La independencia intelectual no supone para los académicos e intelectuales renunciar a hacer política, pero sí a vender la pluma e ideas a los políticos profesionales, y por ende, también a los partidos políticos.

Considero que un intelectual con buenos cimientos de credibilidad puede opinar sobre todo lo que le preocupa sin más límite que su conciencia y sus convicciones; e incluso puede hacer públicas sus afinidades ideológicas o partidistas, pero cuando cobra por asesorar  partidos políticos, políticos profesionales, por apoyar a candidatos a algún cargo de representación popular o busca deliberadamente un beneficio personal con ello, no sólo sus ideas pierden autonomía, sino también, se convierte en un mercenario de las ideas.

En suma más vale navegar a contracorriente que subirse al barco de la conveniencia. Más vale que nuestros lectores o colegas comprometidos nos exhiban con críticas fundamentadas sobre algún ensayo o artículo y eso fomente el debate, la reflexión  y el análisis a que nos llamen vendidos o hipócritas de cubículo. Más vale el ostracismo que la incongruencia. Más vale ser uno mismo en la academia y en cualquier ámbito de nuestra vida que ser un reconocido intelectual exitoso lleno de  podredumbre y ostracismo.

Daniel Cosío Villegas y el quehacer intelectual frente a la política

Uno de los intelectuales del siglo XX  que ocupan, desde mi perspectiva, un lugar destacado en la composición del quehacer intelectual frente a la política. Más allá de la congruencia, afinidad por sus ideas o fidelidad que estos grandes pensadores mexicanos pudieron haber tenido en la práctica como para la misma. Es Daniel Cosío Villegas, un intelectual ejemplar en el análisis de la política mexicana, así como su relación autónoma, crítica e independiente frente a su labor político.

Cosío Villegas fue quizá el intelectual más polémico y comentado de la época. Sus diversas obras son representaciones ejemplares de un ejercicio elegante de la crítica sobre el régimen posrevolucionario que alcanzaron gran difusión e impacto en su momento tanto en la esfera política, académica e intelectual de aquellos tiempos.

Villegas fue fundador de importantes instituciones culturales como el Fondo de Cultura Económica así como del Colegio de México,  por lo que tuvo que colaborar con los gobiernos en turno, pero su obra es una clara constancia de su capacidad crítica como historiador, ensayista y politólogo.

Cosío Villegas pensaba que la primera tarea fundamental de cualquier persona que se considerara intelectual y asumía un cargo en un gobierno debía renunciar a ser intelectual, aunque también sabía que era mucho pedir a sus pares y colegas  que preferían vivir en la simulación antes que renunciar a los privilegios que supone ser considerado un  individuo de letras.

En diversos ensayos sorprende su forma combativa y ácida. Algunas veces discurriendo filosamente contra los procesos políticos de aquellos tiempos. En diversas obras podemos dar cuenta de su crudeza y valentía para poner en tela de juicio las prácticas del viejo régimen autoritario, no importando las consecuencias adversas que su crítica incisiva pudieran traerle en su vida privada. Sólo basta con leer su ensayo “La crisis sobre México” de 1947 para dar cuenta de lo cometido.

En realidad ningún intelectual mexicano ha sido más congruente que el propio Cosío Villegas en el ejercicio de la crítica independiente. Muchos individuos que en nuestro días se autodenominan intelectuales críticos, así como académicos que dicen ser luchadores sociales deberían aprender un poco sobre la labor intelectual-político de este hombre.

Por otro parte, llama la atención el trabajo de Cosío Villegas en lo acertado de su crítica. Hoy es fácil decirlo pues la distancia transcurrida nos permite analizar y observar con mayor detenimiento lo que ocurría en aquellos años. ¿En qué acertó nuestro autor? “En que el régimen posrevolucionario, en la práctica, había abandonado sin remedio, ya sea por ineptitud, por insensibilidad o por irresponsabilidad, los principios ideológicos que le daban sustento y legitimidad de origen. En su lugar, las prácticas políticas se contaminaron de pragmatismo y corrupción, al grado de que se perdió por completo la brújula. En esas circunstancias, las metas de la Revolución Mexicana terminaron agotándose y el régimen posrevolucionario entró en una crisis política y moral, de credibilidad y de identidad, que se antojaba desde entonces muy difícil de revertir” [Cansino, 2012]”.

Realmente pareciera que la crisis nos sigue arropando desde sus tiempos hasta la actualidad, en sus términos: “el país está en una crisis política y moral de grave trascendencia, y si no se la reconoce y admite, y si no se hace el mejor de los esfuerzos, para remediarla, México caminará a la deriva, perdiendo un tiempo que un país tan retrasado en su evolución no puede perder, o se hundirá para no rehacerse quizás con una personalidad propia” [Villegas, 1947].

He aquí a un escritor y pensador ejemplar que sabe perfectamente que el  único compromiso posible de los intelectuales es con la verdad pública, que se asume como un sujeto político; que hace política desde una tribuna pero no desde las cloacas de los partidos políticos o algún otra institución parlamentaria y/o burocrática, pues su única labor con el quehacer político es simple: con la palabra escrita y hablada.

En suma, Daniel Cosío Villegas nos demuestra que criticar el discurso  y las acciones de las clases gobernantes no significa en principio estar apoyando a la oposición de un grupo político y muchos menos permanecer a las consignas de otra camarilla con alguna afiliación política y económica.

Criticar dialógicamente no es más que otra forma de hacer política democrática, es decir, de contribuir a formar y construir un nuevo imaginario social; un espíritu plural, en el cual los sujetos políticos son libres de decir, de pensar, de retribuir, de discernir y edificar un conocimiento político. En donde cabe la confrontación de las ideas, permitiendo que la crítica bien fundamentada haga prosperar el conocimiento. (Cansino, 2012).