Gabriel Zaid y el  acto de la crítica

Víctor Hugo López Llanos[1]

Para comenzar por transformar el estado actual de las cosas que se generan a partir de los diversos conflictos que devienen de la actividad social, cultural, económica y política es necesario iniciar por el acto de la crítica.

Se crítica para debatir, para reflexionar, para cuestionar y para evolucionar. Se crítica por inconformidad y en consecuencia para proponer y discernir. El individuo se hace crítico por la incapacidad para quedarse callado ante lo que él considera mal hecho, injusto, corrupto y mal habido. La crítica así como la libertad es consustancial a la condición humana. Hacer y construir van de la mano. La crítica, en otras palabras, “es el brazo que lanza y la voz que piensa que el tiro pudo haber sido mejor” (García, 2014).

El acto de la crítica por lo regular casi siempre se manifiesta en la cotidiana. Se crítica a uno mismo para pasar a la crítica del mundo; de los otros diversos y plurales. Se crítica a l prójimo y sus formas de organizarse. Se crítica al poder político en su relación con la sociedad, así mismo se crítica a la sociedad en su disyuntiva con el individuo y su arquetipo ético y cultural. La crítica tiene como virtud el acto público, por lo que esta posición la convierte en el cuarto poder.

El individuo no puede vivir sin crítica, aunque claramente ésta posibilidad algunas veces la hace incomoda, estorbosa. A veces es un ejercicio para personas morbosas, polutas y aguafiestas. Julio Ruelas “dibujó a la crítica como un enorme mosquito taladrando la cabeza de quien la sufre” (Ruelas, 2014). En ese sentido, son muy pocos los que de verdad aceptan el valor de la crítica. Por lo que también son pocos los que creen que partir de la crítica es posible comenzar a construir un mundo mejor. Ese es el papel que juega la crítica en la política, en la sociedad, en la económica y en la cultura. En nuestros tiempos es un privilegio para la sociedad contar con grandes críticos.

México ha dado grandes exponentes de la crítica basta con mencionar algunos como: Jorge Cuesta, Alfonso Reyes, José Revueltas, Daniel Cosío Villegas y el gran Octavio Paz, así como grandiosas mujeres como: Sor Juana Inés de la Cruz, Rosario Castellanos, Hermila Galindo, Esperanza Brito de Marti o Elvia Carrillo Puerto. Grandes críticos de ideas, de situaciones y de hechos concretos. Estos personajes invaluables de la crítica mexicana son la fiel expresión de que se crítica para cambiar.

Gabriel Zaid, por su parte, cuando tenía apenas dieciocho años de edad; en 1952 se inició como crítico teatral en una revista que llevaba el nombre El borrego  que editaba la sociedad de alumnos del Tecnológico de Monterrey. Desde entonces han transcurrido sesenta y cinco años en el cual Zaid no ha dejado de lado el acto de la crítica, pero sobre todo, ha hecho de este ejercicio un apostrofe de su quehacer poético, intelectual y literario.

Desde sus comienzos Zaid demostraba que la crítica era fundamental para la apertura democrática de México por allá en los ya lejanos años sesentas del siglo XX. En ese sentido, Zaid “puso la muestra de que la crítica razonada y respetuosa era posible y necesaria, como salida del conflicto en curso del estancamiento político en México”.

La obra de nuestro autor no tiene doble cara o intenciones ocultas para ocupar un cargo público, sus textos dicen lo que deben decir, su obra se caracteriza por la transparencia de la crítica, de la contundencia que establece en sus  ideas propuestas, no son textos ni de “derecha”, ni de “izquierda”. Son argumentos que simplemente son crítica de la realidad.

Desde que Zaid publicaba su columna en la revista Plural nuestro autor se propuso desmontar a fondo el sistema mexicano, criticar no sólo sus excesos y sus vicios, sino las causas que lo habían llevado a ese lamentable estado de podredumbre servil, de caos, nepotismo,  violencia y corrupción. Basta con checar y leer su obra El progreso improductivo que reúne todos esos artículos para darse cuenta de su valor ateniente por la crítica de su contexto y de su realidad social y política de nuestro país en aquellos años.

Por lo regular en México no acostumbramos a razonar nuestros problemas y quienes pretenden ejercer el acto de  la crítica caen en las sendas del poder político, captándolos y convirtiéndolos en rapiñas de las letras para justificar un proyecto de algún partido político, personaje empresarial o grupo con algún tipo de interés lo que hace que muchos críticos pseudointelectuales se caractericen por la incongruencia.

Pero si de coherencia intelectual se trata sin duda hay que voltear a mirar a Gabriel Zaid, el crítico más agudo de nuestro país. Para él lo que cuenta es lo que autor escribe, no su persona. Para Zaid todavía aún más lo verdaderamente importante es lo que se lee. De ahí que cada lector se imagine de algún modo al autor que se aprecia con sus obras. No es casualidad que nuestro autor haya decidido ocultar su imagen  para que se hablara de su obra y no de su imagen. Sin embargo, el poeta nunca renunció al espacio público de la ciudad, por lo que el debate, las ideas y el diálogo permanente eran sus mejores estandartes.

Nadie como el poeta Zaid ha desmenuzado la mediocridad y la falsedad de las instituciones oficiales y no oficiales encargadas de promover la cultura. Nadie como él ha criticado con ironía y autoridad a toda la podredumbre intelectual en su carrera desenfrenada por la fama y el poder.

Quienes defendemos y creemos en la ética, en la credibilidad, en la autonomía y en la congruencia intelectual, las lecciones de Gabriel Zaid son invaluables. Ya que nos ha enseñado a defender la independencia intelectual, a rechazar el pensamiento dogmático y militante,  creer en la verdad pública tejida entre todos y cada uno de quienes habitan en la sociedad por muy diversos y plurales que seamos, a reivindicar el ensayo como medio para entrelazarnos con nuestra tradición humanista y  folclórica de nuestro presente muchas veces lleno de pesimismo e incertidumbre; con el orgullo de pensar y escribir en español, a salir de la academia para adentrase a la calle, a la plaza pública a el lugar en donde la política se recrea, se nutre, se construye y se transforma; en esa política en donde se depositan los sueños y los deseos, de los imaginarios colectivos y las realidades cotidianas, ahí en donde la verdadera transparencia por cambiar la situación de nuestras realidades aqueja, frustra, violenta, incrimina y demanda.

Zaid muestra su verdadero rostro al ser reconocido como un escritor y un poeta reconocido, inspirador de viejas y nuevas generaciones jóvenes de hombres y mujeres de las letras, periodistas, académicos, investigadores, poetas, entre tantos otros. Es por ese motivo que Gabriel Zaid es en la actualidad el último y el más importante pensador crítico de México.

[1] Maestro en Humanidades y Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y Maestro en Estudios Políticos y Sociales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Actualmente coordina el seminario “Léxico de la Política” es columnista de la revista Quehacer Político y el profesor del Colegio de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM

 

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Deporte moda, vida light y voluntad de poder

Corren los tiempos de la alabanza al cuerpo, la vida sana y de la búsqueda incesante de felicidad a partir de estereotipos que permitan acceder a diversos estándares que posibiliten un reconocimiento de voluntad, sapiencia y bienestar.

La época del deporte moralista ha llegado a su fin y su despliegue es gracias al deporte moda. La vieja actividad del deporte por virtud ha quedado en el pasado y ha sido sustituido por el deporte mercantilizado.

El universo deportivo en las sociedades modernas se diversifican a partir de la oferta y la demanda, lo que produce que los espacios públicos también se transformen para llevar a cabo dichas actividades: los parques deportivos al aire libre, las plazas comerciales con una gran variedad de tiendas de ropa deportiva, los gimnasios, los spas y las tiendas de productos naturistas se han convertido en la nueva sensación de prosperidad y reconocimiento.

El deporte se ha convertido en las últimas décadas en una de las manifestaciones típicas del sistema de moda generalizada, lo que provoca que el deporte también caiga en la senda de lo líquido, de lo inestable y de lo efímero.

El individuo arropado bajo esta condición de vida, no hace deporte por virtud sino por fe, por apariencia, por el ánimo de seducción y placer que le produce situarse ante el otro diferente y saludable.

Ya no es el deporte aristocrático de las élites económicas, políticas y culturales; ahora el deporte se masifica y se ofrece a la carta. Basta con observar la promoción acelerada de los productos-deporte y el marketing que corresponde al culto del cuerpo narcisista a través de las redes sociales y los medios tradicionales de comunicación (radio, televisión, periódicos).

Bajo este contexto, el deporte se ha desmoralizado y se ha liberalizado; ya que, quienes practican el deporte se han alejado de cualquier mira ideal o trascendente, sino más bien, el acto del deporte-moda se convierte en una saga de triunfos personales que se materializa en sociedad a partir de reconocimientos comunes. Lo que permite que el deporte se convierta en una cultura de masas individualistas.

En ese sentido, el deporte acoge y trasmite reglas morales que se deben ser adoptadas por todos aquellos que desean reconocimiento y bienestar.

En los últimos años se ha tratado de dar cuenta del extraordinario fervor por la actividad deportiva de nuestros contemporáneos, haciendo de éste una emblemática actividad en el ideal de la modernidad democrática y competitiva.

Estas conductas que se desprenden del culto al individuo “exige apenas que seamos delicados con nuestros semejantes y que seamos justos; que desempeñemos bien nuestra ocupación; que trabajemos en aquello para lo que estamos llamados, en la función que podamos desempeñar de modo óptimo, recibiendo la justa recompensa por nuestros esfuerzos” (Lipovetsky: 2003: 66).

Los individuos bajo este ambiente crean rituales de relajamiento corporal y mental con el propósito de conservar una vida sana y mantener lazos comunes de felicidad. Por eso, el individuo va al gimnasio, hace pesas, trota, asiste a clases de yoga, camina, escala, va al sauna a sudar, come dietas apropiadas, se engalana y de ahí vuelve al trabajo, a la escuela o a cualquier lugar donde ocupe su tiempo. El individuo moderno se exige a sí mismo para lograr todo lo posible hasta llegar a aquello que le es imposible. Al respecto, Chul Han menciona: “El hombre del rendimiento se encuentra en guerra consigo mismo y en medio de todos los que no logran sus propósitos (…) campea su depresión. Es la enfermedad de una sociedad positiva sumamente productiva” (Chul-Han, 2015: 85). De manera que tenemos a un sujeto libre que se obliga a sí mismo a rendir, pero que su trama de libertad lo lleva al extremo cansancio y eso lo conduce al aburrimiento.

El entusiasmo que invade a los individuos en ocasión de la actividad del deporte no es el signo del embrutecimiento de las masas, es la expresión individualista de la democratización del sentido de la estética hazañistica de los cuerpos.

Víctor Hugo López Llanos[1]

[1] [1] Expolitologo. Maestro en Humanidades y Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y Maestro en Estudios Políticos y Sociales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Actualmente coordina el seminario “El léxico de la política” en la UACM, es columnista de la revista “Quehacer político” y profesor del Colegio de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

La libertad intelectual como presupuesto filosófico de la libertad política en el pensamiento de Octavio Paz

La libertad es indefinible;

no es un concepto sino una experiencia concreta y singular,

enraizada en un aquí y un ahora irrepetibles.

Por ser siempre distinta y cambiante la libertad es historia.

Mejor dicho,

la historia es el lugar de la manifestación de la liberta.

Octavio Paz, Discurso de Jerusalén

Víctor Hugo López Llanos[1]

“Si no hay reflexión sobre la libertad simplemente no puede haber  filosofía política” (Paz, 1996). El tema de la libertad fue uno de los temas que más apasionó a Octavio Paz durante toda su vida. Además de ser un gran defensor de sus causas y virtudes, también hacia de ella motivo de inspiración en diferentes momentos de su poesía y pensamiento. De ahí que podamos encontrar en sus diversos ensayos y poemas la ocupación y  la preocupación por el desarrollo de la libertad. ¿Qué es un intelectual sino tiene la libertad para crear o transmitir  sus ideas a sus lectores, seguidores, admiradores y oyentes? (Paz, 1996), se peguntaba en diversas ocasiones en entrevistas que le hacían al respecto.

La libertad, si bien en la mayor parte de las discusiones se enfocan a su carácter filosófico, ético y político. Para Paz la libertad iba más de ello, ya que para nuestro pensador, la libertad se deposita en las letras, en el amor, en la vida y en la muerte. En la independencia del intelectual frente al príncipe y el poder, depositándose en la vida cotidiana.

Para Octavio Paz no puede haber libertad si no existe el ejercicio de la crítica y de la autocrítica. En ese sentido, no hay crítica si no hay libertad. Su pasión por esta condición humana fue igual que la concepción orteguiana de la vida y del hombre: un continuo gerundio.

De ahí que su celo por la libertad sea muy parecido al que tuvo Aristóteles por la verdad. El poeta desde sus primeros escritos demuestra que el tema de la libertad es fundamental para su labor y su causa. En 1935 cuando apenas tenía 21 años de edad escribió:

“El principio de la libertad está ligado con el de la verdad. Yo no soy libre de decir una mentira. Si digo una mentira, a sabiendas, no ejercito la libertad, sino la esclavitud… todo el mundo quiere huir de la libertad; muchos, aterrorizados quizá por la falta de congruencia de algunos tiranos que hablan de la libertad mientras la violan –y otros, fascinados. Se requiere substituir a la libertad por el mito totalitario. ¡Como si eso fuera posible! Los mitos dice Malraux, no acuden a nuestra razón, sino a nuestra complicidad” (Paz, 1988:71).

Este argumento demuestra que Paz estaba inmerso en la difícil circunstancia internacional por la que atravesaba el mundo en la década de los treinta del siglo XX, en la que las dictaduras totalitarias y autoritarias conducían al mundo hacía sendas inhóspitas. Sus palabras bajo este contexto se inscribieron a la tradición existencialista de El ser y tiempo (1927) de Heidegger y El Ser y la nada (1943) de Sartre. Justo como se puede mostrar al respecto: “La libertad absoluta es la nada, ser libre es un contrasentido, pues el ser se opone a la libertad” (Paz, 1988:72).

En ese sentido, la libertad no es entonces un tema de la ética, sino también de la política por lo que se convierte en una cuestión fundamental del quehacer público. Por lo tanto, esta condición llevó a Paz a convertirse en un intelectual crítico cuya aflicción atravesaba por la necesidad de abrir espacios para la política en México y el mundo.

En consecuencia, si podemos ubicar una filosofía política de Octavio Paz sin duda, la condición de la libertad es el epicentro de su pensamiento, utilizando a la poesía y a la literatura como su hermenéutica cuyo propósito es develar el sentido de su existencia y la importancia de ésta para desarrollar una sociedad más justa, digna y equilibrada.

Sin embargo, para comenzar a realizar una filosofía política es necesario pasar por los sentidos de la literatura. El poeta dice: “Nadie debería atreverse a escribir sobre temas de filosofía y teoría política sin haber leído y meditado a los trágicos griegos y a Shakespeare, a Dante y a Cerventes, a Balzac y a Dostoiesvsky” (Paz, 1993: 128).

En diversas ocasiones a los literatos, poetas y pensadores han sido menospreciados para la acción política. Ya que sus textos son vistos como meros soliloquios alejados de la realidad, aunque sin duda alguna la influencia de la teoría política en la praxis es indiscutible. Grandes textos de filosofía política no pasan inadvertidos y tienen una gran vigencia actual.

Desde la Grecia antigua, los filósofos y literatos han aportado grandes ideas para la política. Sin embargo, los poetas casi siempre han sido considerados como mitómanos, ya que juegan con la fantasía para alejarse de la realidad. Por lo que muchas veces la poesía es considerada como algo inútil y un elemento poco trascendente para entender la política y sobre todo, para llevar a cabo la acción política. De ahí que no sea raro que Platón en La República no considere a estos como parte de la ciudad virtuosa.

Sobre la misma dinámica, Braulio Peralta le preguntó una vez a Octavio Paz cuál fue la razón por la que Platón pretendía expulsar a los poetas de la República, Paz responde:

Para los griegos  los poetas eran los autores de los mitos y él estaba en contra de los mitos. La hostilidad frente a la poesía es de origen moral: la poesía es peligrosa porque expresa la parte irracional del hombre, sus pasiones, sus deseos, sus sueños. El poeta inventa imágenes y figuras más o menos reales con sentimientos y pasiones humanas que rompen el orden social (Peralta, 1996:25).

Sin embargo, hay que decir, que en realidad quienes hay profanado la palabra y prostituido la política no han sido ni los literatos y poetas sino los mismos gobernantes, que convertidos en demagogos, corrompen el honor del Estado al violar la ley, mentir para sus adeptos y desvirtuar el lenguaje para el bien privado y no velar por el bien público. No obstante, Paz también estaba consciente de la corrupción de la palabra en los intelectuales, poetas y pensadores.

Para evitar estas frivolidades Paz consideraba que era necesario democratizar a las sociedades para tener un desarrollo social, económico, cultural y político pues sólo así la labor de los intelectuales y pensadores frente al poder jugará un mecanismo de crítica, dialéctica, reflexión y retroalimentaciones entre quienes detentan el poder y quienes lo sojuzgan a partir de la razón y el pensamiento.  A partir de este dinamismo se desarrolla la plena libertad. Si no hay libertad intelectual no puede haber libertad política.

Octavio Paz fue un hombre libre  que defendió con pasión todas las formas de libertad: libertad para pensar, escribir, meditar, discutir, reflexionar, discernir, actuar, trabajar, entretenerse, cultivarse, de votar y ser votado, de movilizarse, de educarse y de amar. Por lo tanto, la libertad era para Paz una continua elección.

“Somos seres capaces de escoger. Y de ser escogidos. De aceptar y rechazar. En esto consiste la libertad. Y esto, justamente, es lo que tenemos que defender. La libertad es el núcleo de la persona” (Paz y Ríos, 199:178).

Considero que Octavio Paz como artista y como esteta suscribiría las palabras que pronunció Ludwig van Beethoven: “hacer todo el bien que se pueda. Amar la libertad ante todo, y aunque fuera por un trono, no traicionar jamás la libertad” (Romain, 1968: 457).

Paz defendió su vocación de la misma forma que jamás se desmarcó de la filosofía. Sólo basta con leer El arco y la Lira y podremos observar su acercamiento a autores filosóficos importantes como Aristóteles y su metafísica; así como las consideraciones de Étienne Gilson, conocedor de la filosofía medieval, San Agustín, Kant, Hegel Kierkegaard, Nietzsche, Heidegger, Unamuno, José Ortega Gasset, Sartre, José Gaos entre otros.

En suma, para Octavio Paz el carácter de la libertad se materializaba en la vida ordinaria del individuo como parte de su elección pero también se convertía en un elemento que sólo se accede a ella a través de la acción política y se podía deconstruir su esencia concreta a partir de la poesía, la filosofía  y el mismo pensamiento. Es por ello que Paz hizo de la libertad el motor  su obra. Su poesía y su filosofía política se entienden precisamente desde la libertad.

Es por eso que hoy en día el sentido de la libertad y su búsqueda inminente habré nuevas posibilidades y nuevas formas de conducción y pensamiento. La libertad, en consecuencia sigue siendo nuestra utopía.

Fuentes.

Paz, Octavio (1993). Itinerario. México: Fondo de Cultura Económica.

———- (1988). Primeras letras. (1931-1943). México: Vuelta.

——— (1996). Obras completas. México: Fondo de Cultura Económica.

Paz, Octavio y Rios, Julian (1999). Sólo a dos voces. México: Fondo de Cultura Económica.

Peralta, Braulio (1996). El poeta en su tierra. Diálogos con Octavio Paz. México: Grijalbo

Rolland, Romain (1968). Obras escogidas. Madrid: Aguilar.

[1] Expolitologo. Maestro en Humanidades y Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y Maestro en Estudios Políticos y Sociales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Actualmente coordina el seminario “El léxico de la política” en la UACM, es columnista de la revista “Quehacer político” y profesor del Colegio de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

En alabanza de la literatura en los tiempos líquidos

Vivimos en los tiempos de inseguridad, caos y miedo latente. La sociedad moderna en nuestros tiempos actuales atraviesa por una serie de peligros latentes en donde las condiciones de actuación por parte de cada uno de sus miembros cambian de forma repentina antes de que se consoliden sus hábitos y sus rutinas. La “vida líquida”, como la llamaba Zygmunt Bauman a la manera de vivir y ser de las sociedades se caracterizan, entre otros elementos, como sociedades altamente inestables, volubles y cambiantes en donde sus estructuras de relación así como las instituciones que las determina en un parámetro de cohesión social no pueden mantener su rumbo ni su forma durante mucho tiempo.

En los tiempos líquidos (Bauman, 2006), los logros individuales no pueden jactarse de ser éxitos de larga duración, ya que los activos y los placeres que de estos se desprenden se convierten en pasivos, lo que las capacidades se hacen fragilidades generando una confusión y un sentimiento de derrota constante.

En resumidas cuentas, la vida y los tiempos líquidos se traduce en una existencia precaria sumida en condiciones de incertidumbre latente.

Sobrevivir en las sociedades actuales depende de la rapidez con la que los individuos se adaptan a dichos procesos. Para ello, las personas se ven en la necesidad de especializarse continuamente así como desarrollar diversas actitudes y capacidades que lleven al individuo adaptarse a las necesidades que demanda tanto su bienestar como su estabilidad.

Esta nueva forma de vida líquida ha generado una serie de posicionamientos que, desde los ámbitos académicos, se encuentran en la constante reflexión, crítica y debate con el propósito de encontrar una salida a estos derroteros.

Diversos intelectuales y académicos desde diversas perspectivas, han propuesto una serie de herramientas teóricas y empíricas para construir una sociedad más estable, equilibrada, amena, desarrollada, progresiva y equitativa.

Sin embargo, el afán de la cientificidad y apagarse a metodologías lógicas-deductivas ha generado que la explicación de los problemas que acechan a la sociedad caigan cada vez en la confusión. Generando que el problema no solamente sea de malestares sociales, económicos, éticos, culturales y políticos, sino que también, sean de carácter académico e intelectual.

Problemas que generan la violencia, la corrupción, la crisis financiera, el narcotráfico, la falta de credibilidad institucional por parte del Estado, las endebles democracias. Condicionan que los rumbos con las que se enfrentan las sociedades demanden una mayor complejidad de comprensión, análisis, reflexión y crítica.

Nuestro presente se manifiesta de ambigüedades, de contradicciones, pero sobre todo de fragilidades para tomar decisiones que equilibren de nuevo el barco en la escena social, económica y política. Tal pareciera que todas las sociedades del mundo y en particular los individuos quienes las conforman necesitan voltear a ese extremo olvidado y usurpado por el consumo, la imagen y el entretenimiento. Hoy más que nunca la condición del pensamiento y la imaginación es un acto necesario y además urgente.

La inestabilidad con la que vivimos día a día, invita a parar por un momento el mundo y concebirlo como ese ente en donde lo espectacular se impone a la arrolladora fuerza de lo positivo, en un momento en donde la pobreza, la migración, el terrorismo, la desigualdad, las masacres, el calentamiento global y las latentes guerras sacudirá todavía a más poblaciones que podíamos denominar hasta hace algunas décadas como <<estables>>.

Es en este momento cuando la literatura tiene un camino y una virtud como uno de los pocos poderes legítimos por el sentir humano. Los miedos locales y globales, los recelos de un conjunto de desórdenes de élites políticas y económicas ya no pueden ser solucionados ni muchos menos sostenidos por políticas internas de ningún país.

Ante el triunfo de la vida ligera y prolongada, pero sobre todo ante el empobrecimiento del pensamiento, de la extinción paulatina de la naturaleza y de la frustración por la búsqueda incesante de la justicia, el espacio de la literatura es imprescindible.

Es a través de la literatura como todavía pueden desarrollarse otros mundos posibles en dónde el amor condicionado y sin compromiso es una simple historia de terror y suspenso. Es a partir de la literatura como el individuo todavía puede permanecer, transformar, proponer, soñar  y resistir.

Esa es la fuerza sólida de un mundo líquido que persiste a pesar de los desafíos. La literatura, así como los lectores no fugaces y ávidos son necesarios. Así como los grandes músicos, cineastas, poetas, cuentistas, ensayistas, pintores, interpretes, teatreros y un sinfín de artistas que los une un objetivo en común: la búsqueda de un mundo nuevo a partir de un viaje personal y colectivo en el tiempo.

Es el momento de salir a escena; la imaginación y el pensamiento deben dar un nuevo testimonio.

 

La ritualidad del globoterrorismo

Después de los atentados a las torres gemelas el 11 de septiembre del 2001, la guerra contra el terrorismo se convirtió en una industria perversa en el cual sus asociados pertenecen más de una organización lo que posibilita que sus mecanismos se llevan hasta las últimas consecuencias con el propósito de instaurar la tan perseguida globalización empresarial.

Este contexto ha posibilitado que el nuevo orden mundial se legitime bajo la falacia de la guerra contra el terrorismo arropado bajo el discurso de la instauración de la libertad y de la democracia; en donde la ocupación militar y la creación de instituciones globales pretenden mantener la paz, el orden, el progreso y el desarrollo en los terrenos locales. Este embrollo no es otra cosa que la nueva “legislación antiterrorista” como bien lo denomina Michel Chossudovsky.

En este sentido, para trasmitir la ilusión de la democracia y junto con ello el combate al terrorismo, los globalizadores y los fabricadores de los grupos terroristas deben fabricar la dimensión y construir paulatinamente un ambiente de miedo, incertidumbre, masacre y violencia. No es casualidad que en las últimas décadas, los ataques terroristas se hayan incrementado de manera considerable en diversas partes de Europa y algunos  países de occidente.

Esta dimensión de barbaridad y miedo latente permite confeccionar y financiar proyectos políticos que legitimen una nueva especie de economía de guerra bajo el estandarte democrático que de sentido y manutención al nuevo orden mundial fomentando un discurso contradictorio en el cual la libertad sirve para desarmar los movimientos de masas genuinos en contra de la guerra y la globalización. Invitando a los líderes de confederaciones sindicales y organizaciones no gubernamentales del sistema, así como académicos, intelectuales y críticos selectos a participar en la formulación de políticas conjuntamente definidas en colaboración con banqueros, empresarios y élites políticas.

Esta táctica básicamente funciona con seleccionar a líderes sociales con quien se pueda confiar e integrarlos democráticamente al dialogo; deslindándolos de sus pares y hacerles sentir que son ellos, los nuevos ciudadanos del mundo, quienes forman parte de la dirección de la humanidad que velan por el bien de sus conciudadanos.

Por lo tanto, el ritual de la participación civil a nivel mundial no es más que un engaño con apariencia de combate político progresista cuya premisa es aceptar la legislación antiterrorista, pero en el fondo, su único propósito es pertenecer a ese grupo selecto ávido de poder y dominación capital.

Conforme a este ritual, no se cuestiona que la justificación de la guerra contra el terrorismo sea una falsedad, pese a la evidencia documental. Pues si bien se intenta aparentar que se hace una crítica constructiva y propositiva para salir de los embrollos de la descabellada globalización del terrorismo y sus consecuencias; lo que se logra con este ritual es acomodar a una izquierda profana e incluir a una endeble participación civil cuyo objetivo es legitimar el poder político, pero sobre todo, incrementar el poder militar y el establishment corporativo, a la vez de debilitar y dividir los verdaderos movimientos sociales que ponen en tela de juicio  el terrorismo y el nuevo orden mundial.

El acomodo de la izquierda bajo el combate de la guerra y el terrorismo fractura los verdaderos movimientos sociales y banaliza la protesta; divide, atomiza y confunde con sus debates sin fundamento e impide  la gestación de un movimiento más amplio sin criterios partidistas en contra del imperio estadounidense y contra toda la lógica ideológica que impone la globalización a través de diversos dispositivos de dominación que generan las propias élites que aparentan combatir la economía de guerra y el terrorismo.

En este sentido, la prioridad para parar el ritualismo del globoterrorismo, es detener la privatización de los activos sociales, la infraestructura, así como las instituciones y los servicios públicos.

Si bien esta lógica parece un asunto cada vez más difícil por la naturaleza de la globalización, este esfuerzo requiere deslegitimar al sistema y a quienes gobiernan bajo el nombre de la democracia incluyente y participativa; dejar de creer más en los políticos tradicionales en todo el mundo y comenzar por transformar el sistema judicial, limpiar por completo el sistema bancario y construir otros mecanismos que posibiliten la capacidad de pensar y decidir es el reto inmediato. Sin embargo, estas propuestas sólo se quedan en las buenas intenciones mientras los ciudadanos y todos aquellos interesados sigamos avalando un consenso globalizador y terrorista.

Justo como Zygmunt Bauman mencionara en diversas ocasiones en entrevistas, “para salir del de la ritualidad del orden mundial hay que comenzar por destruir su legitimidad”, aprendiendo a caminar y pensar sobre arenas movedizas.

 Ese el reto futuro inmediato.

La podredumbre intelectual frente al poder

El medio intelectual de nuestros tiempos, en México se ha convertido en una especie de refractario en donde las debilidades, las flaquezas  y la opinión ligera se ha convertido en uno de los actos más peculiares para ganar adeptos dentro de escena política, académica e intelectual.  Cuando alguien se atreve a criticar o en poner en tela de juicio diversas posiciones, la descalificación o la indiferencia de los colegas  es un asunto latente. De ahí que no sea raro que en nuestro país no se tolere el disenso, sino que además, dichos cuestionamientos por posiciones que pueden ser debatidos o reflexionados por parte de quien disgregue, el colega se lo toma personal. La confrontación de las ideas se evade y se aniquila, por lo que la mediocridad y lo políticamente correcto se hace virtud en un mundo que  necesita ser dialogado, pensado, polemizado para avanzar en decisiones, formar ideas y posibilidades para construir una sociedad más digna.

La libertad de pensamiento, contradictoriamente no es algo apreciado por los intelectuales mexicanos. Tal parce que en nuestros tiempos, el debate intelectual a nadie le interesa, a cambio se busca la vanagloria, el amiguismo y las flores sobre afinidades teóricas que por lo regular se deposita en círculos en donde se aparenta aportar, pero solamente se reproduce el panfleto, la misantropía y la mediocridad.

Los intelectuales y entre ellos diversos académicos, salvo excepciones, más que relacionarse por sus afinidades ideológicas y teóricas, lo hacen por criterios de amistad, y en consecuencia, aspirar a merecer favores y prebendas. Esto genera, que estos claustros por lo regular monopolicen  y controlen a su conveniencia la producción y la divulgación de las ideas en México, censurado y descalificando a todos aquellos que no compartan sus opiniones.

Es por ello que en un país en donde el pensamiento y la cultura estuvo monopolizada por ideólogos del sistema priísta; pensar, decir y proponer libremente es un ejercicio altamente complejo. Ante esa perversa tradición, los intelectuales independientes que procuran no caer bajo las redes de la visión dominante de una élite intelectual-académica siempre les han tocado el cuarto de la marginación y el aislamiento. En parte esto sucede pues la academia paga mal y esto ha obligado a la mayoría de los intelectuales a acomodarse a lo que venga, sin importar venderle su alma al mejor postor. El problema es que estos intelectuales no asumen su responsabilidad sobre los costos de su inserción en los ámbitos políticos institucionales  y culturales perdiendo su inestable autonomía, su credibilidad  y autoridad intelectual.

Los ejemplos de este último argumento sin innumerables, basta con señalar algunos nombres que oscilan en los medios como Denisse Dresser,  María Amparo Casar, Jorge Alcocer o Carlos Elizondo Meyer-Serra. Personajes que pasaron de las aulas universitarias a ocupar cargos o puestos en la administración pública. Estos tipo de intelectuales que frecuentemente en los últimos años se han estado reproduciendo, gustan de ser llamados eufemísticamente consultores, pero quizá convenga llamarlos bajo la expresión de “intelectuales que se acomodan a lo que venga” (Cansino, 2009).

No existe una manera de concebir a los intelectuales frente al poder. Pues si bien existente tantas concepciones como intelectuales que se han atrevido a incursionar en el polémico y complicado mundo del pensamiento. La inteligencia y el poder político desde siempre han estado en constante relación de forma conflictiva. Ya que es una correlación que se caracteriza por el placer, la fascinación, el fanatismo y la discordia entre el quehacer intelectual y la aspiración política.

En ese sentido, la dicotomía intelectual y la política ha sido motivo de diversos estudios y aportaciones de grandes pensadores como Michael Foucault, Émile Zola o Walter Benjamin- por mencionar algunos- llevaron a construir un concepto que definiera el papel del intelectual frente al poder político.

El mundo de la política no es ajeno al mundo de los intelectuales, pues la política, al menos en el terreno de lo teórico se nutre del intelecto que desprende la idea y viceversa. Sin embargo, no debe confundirse con la política que hacen los intelectuales con la política que realizan los políticos. Ya que no hay autoridad intelectual sin independencia respecto al poder.

No obstante, el papel del intelectual frente al poder, desde mi punto de vista, debe ser con el compromiso de la sinceridad pública. Teniendo como herramienta fundamental la crítica justificada, más allá si estemos o no de acuerdo con sus posiciones. El intelectual no es un individuo apolítico, sino más bien es su hábitat que no se encuentra en los partidos políticos o en algún otra institución que devenga de las sendas del Estado, sino más bien su desarrollo se encuentra en esa parte autónoma moral y económica. Es decir, su relación con la política se encuentra en la libertad de pensar y de decir.

En consecuencia, para ser un intelectual con un cierto grado de autoridad lo deben caracterizar las ideas, el disenso, el diálogo, así como la capacidad de escuchar y proponer en la medida de lo posible bajo argumentos bien fundamentados apoyados con el gran acervo cultural disponible a su alcance. Además lo debe determinar su alto grado de sensibilidad y entendimiento por los otros y los diversos en un ambiente pleno de libertad.

Si bien es cierto que este tema es muy extenso por la diversidad de intelectuales que se han engendrado en los últimos años en nuestro país, daría para hacer extenso esta opinión, concluyo con una nota del escritor mexicano César Cansino, que contundentemente suscribo y apoyo: “Criticar dialógicamente y controlar el poder de los gobernantes no es sino otra forma, aunque fundamental para un demócrata, de hacer política democrática, o sea, de contribuir a formar y conformar un “imaginario social”, un espíritu público, sin el cual la vida de los hombres quedaría reducida a la lucha animal por la mera sobrevivencia. Algo similar puede decirse de la crítica y la confrontación de ideas entre pares y colegas. El disenso, cuando está bien fundamentado, hace prosperar el conocimiento”.

Del pesimismo por construir un mundo habitable. Zygmunt Bauman, el pensador inmortal

«En nuestros días, toda demora, dilación o espera se ha transformado en un estigma de inferioridad. El drama de la jerarquía del poder se representa diariamente (con un cuerpo de secretarias cumpliendo el papel de directores de escena) en innumerables salas de espera en donde se pide a algunas personas (inferiores) que «tomen asiento» y continúen esperando hasta que otras (superiores) estén libres «para recibirlo a usted ahora». El emblema de privilegio (tal vez uno de los más poderosos factores de estratificación) es el acceso a los atajos, a los medios que permiten alcanzar la gratificación instantáneamente. La posición de cada uno en la escala jerárquica se mide por la capacidad (o la ineptitud) para reducir o hacer desaparecer por completo el espacio de tiempo que separa el deseo de su satisfacción. El ascenso en la jerarquía social se mide por la creciente habilidad para obtener lo que uno quiere (sea lo que fuere eso que uno quiere) ahora, sin demora»

Zygmunt Bauman, 2008.

Pesimista, que en el fondo no sería sino un optimista bien informado, considera la felicidad como una meta inalcanzable para el individuo. En esto, la doctrina metafísica de Schopenhauer es clara y precisa. La vida está determinada por una fuerza ciega, irracional e inescrutable: la voluntad. Pero no hay que entender aquí por voluntad la facultad individual para dirigir la propia conducta, sino la energía metafísica primigenia de la que surgen todas las cosas. La vida, por depender de esta, no puede ser sino mera apariencia e ilusión. Toda finalidad, todo orden, toda organización del devenir que fluye incansablemente es sólo el espejismo siempre recurrente de la vida, la ilusión inevitable del ser, la mera manifestación de una voluntad desbocada a la que el hombre se empeña infructuosamente en someter a ciertos parámetros. La vida es privación, carencia, necesidad; de este modo, provoca angustias y preocupaciones, afanes y fracasos, desazón y dolor. A veces parecería que tras la satisfacción de un deseo o la consecución de una meta se instaura la calma. Pero no es así: pronto irrumpe, no menos arrollador, el sentimiento de hastío y aburrimiento. Este constituye, sin embargo, un estado de ánimo iluminador que, cuando menos lo esperamos, hace acto de presencia para revelarnos con claridad dónde estamos situados y recordarnos que la vida carece de significado, es vacía, inane, vana. Somos títeres en el teatro de la voluntad.

Una voluntad que deviene del exterior producto de los vaivenes que se producen a partir de las instituciones que genera la globalización y sus consecuencias. Este mecanismo que deambula y genera fuerzas motoras que rompe el esquema y modifica las estructuras de todo arquetipo social, cultural, ético, económico y político no genera más que focos incandescentes de incertidumbres y miedos latentes.

Un mundo que se ha desocupado de la paz, de la seguridad, de la fraternidad, de la templanza, la bondad y la reciprocidad entre los individuos, resquebraja las vínculos y eleva los desafíos por mantenerse yuxtapuesto a los valores morales, civiles y políticos que en un momento determinado de la historia, daban sentido a los destinos  de los países y posibilitaban la construcción de futuros esperanzadores que podían ser alcanzados a través de  la idea de la armonía, la búsqueda de la justicia, el fervor de la libertad y de la importancia por construir un terreno lleno de conocimiento, arte y medicina.

Este contexto de cambios latentes y crisis presentes, paradójicamente, provoca un otro tipificado de extraño, un ser desconocido, codiciado de sentimientos vulnerables y peligros invariables.

El mundo, que se ha convertido en un escenario oscuro que lo habitan los extraños, y expulsa a todos aquellos quienes viven bajo el desconcierto  de los que irradian protesta y arrebatan con el acto del pensamiento las imposiciones de un telos comercial-capital que intenta por invisibilizar todo acto de cambio.

Estos extraños han sido representados por el estigma de ser un portador de suciedad, y ha sido encasillado y tratado como un actor contaminante que pretende alterar el orden, y por ende, debe ser expulsado definitivamente.

Zygmunt Bauman, fue uno de esos extraños que sufrió la diáspora de un país sumido en la guerra, lo que lo orilló a convertirse en un refugiado lleno de magia y lucidez que, poco después, se convirtiera en uno de los grandes referentes del pensamiento contemporáneo, y que sus aportaciones, sin duda describen y ponen en tela de juicio no sólo una época de terrenos inhóspitos, sino que ponen el dedo en la daga todas aquellos “malestares” que en nuestros tiempos se han convertido en temas de análisis en conferencias, ponencias, debates y reflexiones alrededor de todo el mundo.

Zygmunt Bauman, a pesar de su prolongada edad, supo mejor que nadie describir el mundo de las nuevas generaciones. Millones de jóvenes en cualquier parte del globo, han leído o saben de su obra, sobre todo porque este pensador no sólo se ocupaba de las grandes cátedras y los grandes debates con los magnánimos pensadores de la época. Bauman, entre otras muchas virtudes intelectuales, sabía que para describir y analizar nuestros tiempos, las posibles respuestas a las diversas interrogantes se encontraban en el quehacer cotidiano de la vida de los individuos, y los jóvenes eran una herramienta fundamental para explicar los nuevos derroteros.

La elegancia de su pensamiento se caracterizaba por la fluidez, por el enfoque transdiciplinario, a pesar de pertenecer al universo de la sociología determinada por la lógica deductiva. Sus obras, legado que dejó más de cincuenta títulos traducidos a diversos idiomas, se caracterizan por aproximarse a la filosofía, retomando saberes sociales y políticos que se generaban en la realidad, y de la misma forma, le otorgaba esa mirada versátil que solamente la literatura puede otorgar en el análisis sobre algún fenómeno político, sociocultural y económico.

Zygmunt Bauman a menudo era considerado como el autor del pesimismo. Sin embargo, su voz siempre fue una voz moral para los pobres y los desposeídos en un mundo vencido por la globalización, acechado por la guerra, por la individualización y por la desacreditación de la política institucionalizada. De ahí que no sea raro, que al revisar los títulos de su obra uno se encuentre obras dedicadas al holocausto, a la globalización, a la ética, la migración, al trabajo, a la cultura, a la vida.

Bauman con el respaldo de su obra, utilizaba categorías flexibles que por lo regular lo acercaban más a la gente. Su pluma, su pensamiento y la elegancia para plantear los grandes problemas a menudo eran comunicadas de forma agradable, concisa. Sus lectores, podían leer de forma tranquila y digerible, aunque hay que destacar que no todas sus obras se caracterizaron por ser un texto ligh, basta con leer por ejemplo Las ciencias sociales y la hermenéutica para darse cuenta que también podía escribir de forma compleja y técnica.

No obstante, después de su salto a la fama a partir de su obra intitulada Modernidad líquida. Bauman se caracteriza por escribir no para una comunidad académica, sino para la gente ordinaria con el propósito de que estos, comprendieran mejor el mundo que les tocó habitar. Este motivo, lo orilló a que gran parte de la comunidad científica lo desacreditara en más de una ocasión, considerándolo como un charlatán. Por lo que sus libros, a menudo son tomados sin importancia bajo el argumento de que la ciencia de lo social no se banaliza con metáforas que no demuestran la evidencia teórica y práctica rigurosa.

Sin embargo, estas descalificaciones a Bauman lo tenían sin importancia. Nuestro autor mostraba más interés por comprender todo aquello que estaba más cerca de las personas como la política, el amor, las redes sociales, los vínculos de las relaciones humanas con las pantallas, el consumismo, la comunicación y el internet que pertenecer a un grupo selecto de intelectuales y escribir desde el olimpo y el soliloquio.

Su deseo por comunicar, por pensar y por decir lo llevó a transcender a la vida de las personas del sentido común. De esta forma, Bauman cumplió uno de sus últimos deseos que confesó en sus últimos días de vida, confesando en un entrevista lo siguiente: Soñaba con la inmortalidad, soñaba con dejar un rastro en el mundo, dejar el rastro atrás de mí, vivir la vida de tal manera que no desapareciera junto con el polvo”.

Zygmunt Bauman fue brillante y su legado dejará una huella entrañable por su valentía y su apego fiel a la condición de pensar y dialogar. Sigamos su camino.

Descanse en paz.

 

"Una de las mayores respuestas a la globalización consiste en construir y reconstruir la sociedad del saber y de la cultura". Ulrich Beck