Muerte aparente en el pensar.  Hacia la chatarrización de la ciencia política

La presión trepadora desemboca en el ascenso de los mediocres […]. Se supone que el darwinismo ferozmente competitivo debería entronizar a los excelentes, no a los incompetentes. Pero las carreras trepadoras están llenas de pruebas supuestamente objetivas cuyos resultados no se miden tan fácilmente […]. Evaluar a una persona para un puesto o premio, evaluar la importancia de una obra, no puede ser exacto. Si, para evitar la discusión, todo se reduce a mediciones mecánicas, el resultado es absurdo. El candidato con más puntos puede ser un mediocre […]. La competencia trepadora no siempre favorece al más competente en esto o en aquello, sino al más competente en competir, acomodarse, administrar sus relaciones públicas, modelarse a sí mismo como producto deseable, pasar exámenes, ganar puntos, descarrilar a los competidores, seducir o presionar a los jurados, conseguir el micrófono y los reflectores, hacerse popular […]. La selección natural en el trepadero favorece el ascenso de una nueva especie darwiniana: el mediocris habilis.

Gabriel Zaid

Vivimos en los tiempos en donde en el campo de lo académico de las ciencias sociales, a traviesa por una severa crisis de pensamiento. La actividad de pensar, en las sendas del conocimiento está siendo relegada por la actividad de tecnificar, deducir y emparentar a través de métodos comparativos la capacidad de comprender, analizar, observar y explicar diversos fenómenos que se desprenden a partir del conflicto en la senda política, económica, social y cultural.

La actividad de pensar está en la posibilidad constante de ser alcanzada y ejercida por el individuo, pero dicha condición no necesariamente garantiza que el individuo sea capaz de llevarlo a cabo.

Quienes ejercen en la actualidad la investigación, el desarrollo y la enseñanza de la ciencia política no quedan expuestos a este problema. La capacidad de pensar entre los politólogos que dominan la disciplina a traviesan por una severa crisis de pensamiento. Si bien es cierto que la ciencia política en la actualidad goza de una enorme y creciente institucionalidad que se manifiesta en los diversos congresos, seminarios, coloquios, simposios que se llevan a cabo en diversas partes del mundo; así como el nacimiento de diversos productos de investigación que se originan en las universidades donde se enseña a través de libros, tratados, revistas y espacios cibernéticos, en donde se exhibe los resultados de su ejercicio a partir de los numerosos  temas que hoy dominan a la ciencia política.

Su actividad por generar conocimiento está siendo relegada constantemente por el carácter informativo. Es decir, la crisis de pensamiento que hoy sufre quienes ejercen  la ciencia política, no sólo se manifiesta por la creación constante de estudios y diagnósticos informativos sobre el fenómeno político, sino que dicha crisis está provocando que nuestra disciplina origine conocimiento irrelevante, con fecha de caducidad, pero sobre todo, está originando que tanto la institucionalización de la disciplina como los productos que se originan de ella están produciendo una chatarrización de la ciencia política.

La ciencia política, desde su nacimiento, nunca había gozado de tanto esplendor institucional. En la actualidad, se enseñanza en diferentes universidades y sus aportaciones crecen con mayor ímpetu. Las universidades públicas y privadas cada vez más ofertan programas de estudios orientados a la capacitación sobre la actividad de la política, se crean programas de posgrado con tendencia a la “excelencia” académica y se ofertan con mayor demanda, diplomados sobre algunos de los cursos que generan gran expectativa entre el público politológico, en donde la mayoría de ellos tienden a profesionalizar a servidores públicos, estudiantes e interesados sobre diversos temas.

Además, nunca se habían producido tantos libros, artículos e investigaciones sobre temáticas que generan impacto, y que hoy, se sitúan a la vanguardia de la moda epistémica de la ciencia política.

Temas entorno a la calidad de la democracia, la transparencia, la rendición de cuentas, actividad parlamentaria, gestión y gerencia pública, marketing político, campañas electorales, análisis de políticas públicas,  tan sólo por nombrar algunos, abundan en las librerías y bibliotecas en donde se enseña y se difunde la disciplina.

Nunca como ahora las editoriales universitarias le habían dado tanto espacio en sus acervos a la producción que  provienen de las ciencias sociales y humanidades, y que para este caso, de la ciencia política; nunca como ahora habían existido tantos apoyos y recursos estatales para que los investigadores de la ciencia política pudieran divulgar sus obras y sus diagnósticos, que reitero, se quedan en la senda  informativa y que a menudo son panaceas que carecen del más mínimo esfuerzo  intelectual para comprender y explicar la actividad política.

Desde que la ciencia política se consolidó como una disciplina deductiva, lógica, esquemática y técnica por la necesidad de justificar su utilidad, su importancia y su valor social y educativo, poco a poco esta disciplina se ha ido desacreditando, y por ende, se ha ido sumergiendo en una severa crisis, no sólo de producción de conocimiento político, sino se está convirtiendo en una disciplina plástica que ha dejado de sensibilizarse y acercarse tanto a los Sujetos como a los actores políticos.

Aunque pareciera que lo anterior es una paradoja, bajo el argumento de que hoy más que nunca la ciencia política mantiene herramientas metodológicas idóneas para explicar con mayor exactitud la actividad política a través de herramientas estadísticas, diagramas y métodos complejos que devienen de la matemática, en la actualidad la actividad política se resume para los politólogos a un simple dato; que pretenden proyectar escenarios y si es posible dar solución a los problemas políticos desde un escritorio o un laboratorio de políticas públicas, como si la actividad política se resumiera a simples deducciones que aparentan ser racionales y científicos.

Bajo este panorama, la ciencia política más allá de ser la disciplina de moda que todos pretenden estudiar, se ha convertido en aquella disciplina que ha sido usurpada por una élite hegemónica que predomina entre sus filas, y que en su necesidad de mantenerse, acrecentarse y consolidarse en el terreno de lo académico; y así lograr un cierto prestigio intelectual, a partir de investigaciones que según estos son de vanguardia, generan que esta disciplina se sumerja en lo que Peter Sloterdijk llama  “muerte aparente en el pensar” (Sloterdijk, 2013).

La ciencia política de nuestros tiempos insinúa ser un impulsor y promotor de la explicación política a partir del método lógico-deductivo con la necesidad de demostrar su cientificidad, pero esta condición da como resultado a una disciplina que se le considere como muerta, por la poca utilidad de sus productos de investigación y de información política que genera en las últimas décadas. En ese sentido, esta disciplina aparenta adentrarse en el pensamiento político para otorgar diversas soluciones y/o explicaciones que se desprenden de la actividad política, pero se queda en la limítrofe de la incapacidad por entender, pero sobre todo de comprender el fenómeno político.

Este argumento se ve reflejado no solamente en la metodología que emplea la disciplina, sino en el propio lenguaje que utiliza. La incapacidad de pensar por sí mismos reconstruye y redefine las formas con las que nos comunicamos, depende de los contextos, de la situación actual y de las formas identitarias con las que el individuo se desenvuelve. De la misma forma, nuestra disciplina carece de la adopción de otras formas metodológicas y epistemológicas que no es cuestión de inventarse, sino de retomar las que existen, como por ejemplo la hermenéutica, la teoría crítica o hasta la misma fenomenología; arriesgarse por redefinir las categorías que han dejado de ser útiles para la compresión de nuestra nueva realidad social y política que acelera los procesos de globalización y por último, adentrarse y volver a lo principal, aprender a pensar de nuevo la política.

Si en el pasado, los grandes teóricos de la política tuvieron en su acierto, fue esta capacidad extraordinaria que no solamente estratificaba la actividad política en datos o mapeos estadísticos, sino que la comprendían, la analizaban, la comparaban, la describían y la explicaban con una capacidad y rigurosidad epistémica y filosófica que hasta nuestros días siguen siendo grandes referentes para estudiar el fenómeno político. Basta con leer El Príncipe de Maquiavelo para entender la actitud de los políticos, los diálogos de Platón, el Leviatán de Tomás Hobbes, el contrato social de Rousseau u obras contemporáneas de la vida gloriosa de la ciencia política con pensadores de la política muy importantes y que trascendieron por sus aportaciones y su capacidad de comprender y entender la acción política como por ejemplo Rafael del Águila; Mercedes Cabrera; Norberto Bobbio; Gianfranco Pasquino; Hannah Arendt, Riccardo Petrella: Giovanni Sartori; Bruno Rizzi; John Rawls entre tantos otros.

No obstante, los tiempos en donde se pensaba, se explicaba y se comprendía la política poco a poco se fueron sustituyendo por las aportaciones sin sustento intelectual radicado en una forma expresiva del pensamiento, en donde la  interpretación se hizo de lado y se encubrió por una ciencia política plastifica, menos sensible ante las situaciones que se desprenden del conflicto político, maquillado con la apariencia de la rigurosidad científica con base a la estadística o métodos complejos que devienen de la matemática y de la lógica-deductiva. Basta con tan sólo buscar en la red cualquier tema al respecto que se encuentre en la órbita de la moda académica y nos daremos cuenta de la cantidad de “estudios” de politólogos que pretenden explicar un fenómeno en común, pero que no explican nada, y si bien nos va, se convierten en un texto periodístico de pronta opinión que se pierde en el tiempo o se transforman en prescripciones superficiales con una plantilla de números por doquier.

¿Pero cómo llegamos a esta situación?

Si bien es cierto que son diversos factores que llevaron a nuestra disciplina a una enfermedad crónica terminal. Ubico un elemento que es fundamental y que ocasionó la crisis del pensamiento en la ciencia política, y por ende, su chatarrización.

El factor determinante, desde mi percepción, es el fomento aparente por el conocimiento que se impulsa desde las instituciones que promueven la investigación científica. Estas instituciones que por lo regular abunda la corrupción en su interior, generaron todo tipo de estimulaciones, simulaciones y perversiones en lo que investigación se refiere, una situación muy cómoda para los miles de investigadores que existen en los centros y universidades en donde se investiga, que con el tiempo sustituyeron la investigación sería, esforzada, profesional y de buen sustento por los rollos insustanciales. Una costumbre factible entre diversos investigadores  debido a la comodidad no de cuestionarse nada y a cambio vivir sumergido en la mediocridad que de la exigencia.

Lo peor es que intentar criticar y exhibir la mediocridad de las investigaciones que se producen en el país te convierte en automático en un desadaptado, un amargado y un presuntuoso, y te condena al ostracismo de por vida por parte de tus colegas. De ahí que aspirar a que se revalore el quehacer científico en un medio tan contaminado por la mediocridad es una batalla en el desierto (Cansino, 2012).

En este sentido, la muerte aparente en el pensar de la ciencia política se ve reflejado en los miles de textos, artículos y libros que carecen de la más mínima dinámica sobre un tema abordado, además, son papeles informativos que resaltan una tremenda falta de capacidad analítica por parte del investigador.

No es que se menosprecie el intento de los investigadores por generar investigación trascendente, no solamente a nivel de la ciencia política, sino de todas las disciplinas que conforman las ciencias sociales, las humanidades y el arte. Sino debemos criticar a todos esos profesionales de la investigación que prostituyeron y han chatarrizado con kilos de artículos, libros y publicaciones nuestra disciplina con conocimiento irrelevante.

En suma, todos aquellos interesados en la investigación de cualquier disciplina de lo social, de las artes y de las humanidades que se encuentren en formación  o que  ya se encuentran dentro de este polémico, caótico y fascinante ámbito, es menester regresar a la investigación y a la condición de pensar con dedicación constante, con una vasta formación  y preparación académica, con una vocación y responsabilidad con el conocimiento, con mucho sacrificio y una gran honestidad intelectual.

Así como aprender a pensar de nuevo lo político, trascender los temas de moda de nuestra disciplina y ser más abiertos a la interpretación y a la crítica  de lo que producimos como investigadores, así como de lo que producen los colegas. De la misma forma, ser más sensibles a nuestra realidad política y acercarse de nuevo al Sujeto y al actor político. No quedarse en la proyección de lo estadístico y los métodos complejos, ni mucho menos en la racionalidad ilustrada supeditada al egoísmo de quien observa y comprende desde los albores de la academia.

Sin duda es un reto importante, pero que es un ejercicio pendiente y necesario para todo aquel que desee ser un investigador comprometido, honesto, profesional, y si me permite la expresión, arriesgado por decir, por pensar.

Bibliografía:

Cansino, C (2012), Caja sin Pandora. La clausura del saber en la universidad, México: UNAM.

Gabriel Z. (2010), El secreto de la fama, México: Lumen.

Sloterdijk, P. (2012), Muerte aparente en el pensar, Barcelona: Ciruela.

 

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