La transfiguración de la libertad como acción política en los terrenos de la sociedad individualizada

Mi concepto de libertad. Hay veces en que el valor de una cosa no consiste en lo que se obtiene al conseguirla, sino en la que nos cuesta alcanzarla. Voy a poner un ejemplo. Las instituciones liberales dejan de ser tales en cuanto se conquistan: a partir de entonces no hay nada que ocasione daños más nocivos y radicales a la libertad que dichas instituciones. Ya se sabe, en efecto, cuál es su resultado: minan la voluntad de poder, son la nivelación de montes y valles elevada a la categoría de moral, hacen a los hombres cobardes, mezquinos y ávidos de placeres; con ellas triunfa siempre el animal del rebaño. Por hablar claramente, el liberalismo equivale a convertir al hombre en animal gregario.

Friedrich Nietzsche, Cómo se Filosofa a Martillazos.

*El presente texto corresponde a un esbozo de un ensayo que se encuentra en redacción con el título: “El proceso de individualización en la sociedad moderna. Hacia la configuración de un nuevo pensamiento crítico”.

El rechazo de la política con el ámbito de lo público se ha convertido en una de las actitudes que genera gran discrepancia e inconformidad en el individuo en nuestra época actual. De forma casi generalizada, los diversos sujetos políticos han encontrado una forma discreta, escéptica, distante y disconforme sobre los asuntos de la política que proviene, regularmente de  las cuestiones que devienen del Estado y de las instituciones.

En nuestros tiempos líquidos (Bauman, 2008), como denomina Zygmunt Bauman a nuestras presentes realidades, la poca incapacidad por parte del individuo por manifestarse y expresarse en el espacio público es una condición que constantemente se va redefiniendo en el tiempo y en el espacio en el actual proceso de globalización.

Esto origina que la acción política como dominio de la experiencia de la libertad referida a acción política colectiva, tenga repercusiones considerables tanto en la vida del individuo, en los aparatos del poder del Estado y, por ende, en la misma sociedad. Pues la libertad limitada que establece los valores del mercado, atenta contra la libertad colectiva e impide recuperar la experiencia de la libertad política a partir de la esfera pública, instaurada y mantenida por las interacciones humanas a partir de la acción conjunta entre los individuos.

En ese sentido, la dimensión de la libertad asumida como acción política colectiva tiene sus supuestos a partir del pensamiento de Hannah Arendt entendida como “el espacio establecido por muchos y en el que cada cual se mueve entre iguales” (Gaviria, 140: 2013). Para Arendt la libertad; no se refiere a un modo de ser, una virtud o un virtuosismo, sino más bien a un don supremo que recibe y se manifiesta en las diversas actividades que experimenta (Delgado, 2016). Se trata de un concepto que es compuesto a partir de dos categorías fundamentales: la pluralidad de los hombres iguales en el diálogo pero diferentes en cuanto a percepciones que tienen del mundo, y por otro lado, la idea de natalidad como posibilidad de comenzar algo nuevo (Gaviria, 2013). Bajo esta óptica, a diferencia  de la libertad limitada que impulsa  y promueve los valores del mercado que fundamenta a la individualización como arquetipo de socialización y organización social, la libertad política colectiva vendrá a reconfigurar el ideario individual sobre el sentido de la acción política, así como su relación y compromiso con los otros y los diversos. Pues mientras la libertad limitada atenta contra la creación de algo diferente en cuanto a organización política y modos de relacionarse con los diversos; la libertad política colectiva supondrá el comienzo de la realización de algo nuevo, el inicio que anima e inspira todas las actividades humanas” (Delgado, 2015:65). En consecuencia, la acción no es una actitud pasiva contemplativa direccionada hacia los mecanismos mercantiles cosificada a través de la especialización, la división social del trabajo y solidaridad productiva, sino, más bien, es una forma posible de cambiar las realidades de los individuos a través de la acción política.

En la actualidad, la vida política pareciera estar lacerada por las diversas interconexiones que a partir del uso exacerbado de la tecnología, el consumo y el interés privado imposibilitan una sensibilidad por los asuntos públicos y el interés colectivo.

Bajo este panorama, la libertad limitada se desarrolla y se germina constantemente bajo un modelo discursivo arropado a través de imaginarios democráticos en la existencia del individuo. Esta forma de libertad aparece a través de condiciones que posibilitan actuar, pero que paradójicamente, se puede hacerlo bajo estándares establecidos por la élite política y económica.

La libertad limitada aparece en la senda de la política como ejercicios electorales, el cual el individuo es libre si tiene la capacidad de decidir, elegir e involucrarse con los otros si cuenta con la disposición de disipar y votar periódicamente por un personaje público. Esta forma de libertad limitada con tintes políticos es promovida por las élites que se reproducen y se consolidan en las democracias liberales en el mundo.

En el modelo actual del proceso de globalización, las estructuras que confecciona y dan fundamento a la política; aparecen nuevas formas de control que soslaya los comportamientos de los individuos. En ese sentido, las diversificaciones de los modos de vida, las creencias, los roles y la existencia privada del individuo ingresa en una fase donde la libertad limitada que promueve los valores del mercado tendrá su mayor adepto y atentará considerablemente contra la libertad como acción política colectiva. Esto se debe, fundamentalmente a la base psicologista con el cual ha sido creado el individuo modero.

El sujeto individualizado cree en la necesidad de estimulación y de autonomía para exaltar sus bienes y su sensibilidad humana, para ello, el individuo a través de la habida información con la que se encuentra, genera nuevos valores morales que se materializan a través del culto por lo natural, por la cordialidad no comprometida, a la indiferencia con apariencia de tolerancia y el derecho al libre acceso al entretenimiento y recreación. A partir de estos rasgos, la libertad limitada tendrá su mayor éxito.

En consecuencia, la individualización implica una forma de organizarse, de comportarse y de pensar. En el cual la libertad limitada se caracterizará por estar vaciado de acción política, de compromiso y responsabilidad con los otros y se convertirá en un principio de legitimización y de nuevos valores de relación que confeccionará una forma de sensibilidad y expresión individual expresados a través del hedonismo, el respeto por la indiferencia, la liberación sexual, el relajamiento, la libre expresión, el entretenimiento, la cultura emprendedora, el sentimiento ecologista, el sentimentalismo por los animales no humanos, el egoísmo, entre otros. Estas actitudes vendrán a asumir en un individuo capaz de vivir sin cadenas, percibiéndose como un ser aparentemente autónomo e independiente.

El derecho a tener libertad limitada se encuentra en las costumbres y en la vida ordinaria. Lo que produce que las formas de existencia no tengan tabúes rígidos de comportamientos, se aniquilan los ídolos, se exacerba el consumismo y se actúa bajo un espacio que se percibe vacío de toda consideración y compromiso (Lipovetsky, 2003).

Esta forma de vida es el resultado de una serie de mutaciones sociológicas que se desprendieron de los valores del mercado y que mantuvieron su base a partir de la solidaridad productiva, la creciente especialización del individuo y la división del trabajo.

Estas categorías permitieron la mutación de diversos valores morales, que, como la libertad, sirvieron para fundamentar su método en la vida social, política y cultural del individuo. Pues ambos elementos permitieron involucrar a los sujetos a parámetros de conducta y discursos psicologistas que dieron como resultado un individuo acechado a comportarse como el mercado lo demande,  y así mismo,  mantener aspiraciones con sed de éxito a través de estándares mercantilizados. De ahí que no sea raro, que diversas personas en nuestros días asemejen el éxito con la abundancia material, el tiempo para relajare o para emprender algún tipo de negocio que genere seguridad familiar.

Justo como Gilles Lipovetsky menciona:

Estos elementos ampliaron la necesidad de multiplicar las posibilidades de existencia a través de la diversificación de elecciones establecidas por las élites económicas y políticas, anularon los puntos de convergencia que daban lugar a una identidad colectiva y dieron paso a una cultura despersonalizada o hecha a la medida de las necesidades, con el fin último de autorealizarse individual, pero no colectivamente (Lipovetsky, 2003: 25).

Esto tipo de conductas ha dado brecha a un tipo de relaciones selectas. El individuo se reúne con el otro porque se parece a él, manteniendo sus mismos intereses y propósitos. En ese sentido, la solidaridad no solamente tiene que ver con la capacidad de producción, sino también con los objetivos existenciales: crear nuestra propia empresa, desarrollar lugares de trabajo o generar grupos que satisfagan intereses personales, constituyen una forma de relacionarnos con los otros.

En la sociedad de individuos se vive con el permanente deseo de información y de expresión. El individuo se convierte en interlocutor de lo que le mortifica, y al mismo tiempo, desea ser escuchado y asimilado. Por lo que se ve en la necesidad de especializarse para diferenciarse por el otro. La espacialidad, en el mundo de la individualización toma sentido cuando cada individuo debe sentirse único para actuar, para opinar, para relacionarse, y a su vez, posicionando su autonomía e independencia sin algún lazo de compromiso o afectación por el otro.

En otras palabras, el individuo es libre de decir, pero no de criticar, es libre de relacionarse pero sin afectar la dignidad del otro, es libre para pensar, pero sin poner en jaque el estatus quo. Al final, el individuo se percibe como un ser realmente autónomo pero con marcos de comportamientos establecidos. En consecuencia, este panorama no es más que otra expresión de la  libertad limitada que promueven los valores del mercado.

Lo que respecta a la división del trabajo, produce una sociedad con valores mercantiles tutelados por la producción y el consumo de mercancías. La oferta y la demanda, en ese sentido, se expresan a partir de la cultura de la innovación.

Lo nuevo constituye la nueva piedra de toque de la sociedad de individuos, por lo que las personas deben adaptarse a los cambios veloces que se establecen en el mundo. Este ambiente crea individuos inmersos en seducciones continuas, viéndose en la necesidad de especializarse con mayor frecuencia para adaptarse a las transformaciones que se imponen en el nuevo orden social. En consecuencia, la solidaridad productiva, la especialización y la división del trabajo generan que las estructuras de todo el sistema organizacional se conviertan en una especie de arenas movedizas, cuya libertad limitada de actuar detona inestabilidad, incertidumbre y miedos psicosociales.

Es así como la libertad limitada, se convierte en un marco de referencia donde se deposita un discurso de felicidad paradojal orientada hacia las referencias culturales de los individuos. En este terreno sus consecuencias y efectos se invisibiliza y se construyen otros imaginarios colectivos cuyas sensaciones aparentan tener mayor posibilidad de bienestar individual. Estos discursos que predominan en las sociedades democráticas liberales modernas actuales posibilitan que el proceso de individualización se desarrolle de forma continua y ordinaria. Por lo que hay una afectación considerable en las sendas de la acción política.

Este contexto permite cuestionarse sobre una vieja pero pertinente  interrogante que ocupó el tiempo de una parte del pensamiento de Hannah Arendt, ¿tiene la política todavía algún sentido? (Arendt, 1997:61).

Para explicar la respuesta a esta interrogante, antes es necesario desarrollar la idea de libertad política [colectiva] que para estos términos, servirá para contraponer a la libertad limitada que impulsa los valores del mercado.

El concepto de libertad política en Arendt, se presenta como un “concepto polisémico que permite a sus lectores penetrar diferentes contextos históricos, con el objetivo de hacer frente a la dominación total para conservar, lo que ella ha llamado en la promesa de La política el milagro de libertad” (Ribeiro, 2013:141).

En el artículo que publicó Hannah Arendt intitulado ¿Qué es la libertad? publicado en la obra Entre el pasado y futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política (1961), nuestra autora advertía que preguntarse por la idea de libertad pareciera ser un telos sin esperanza, pues “es tratar de entender algo así como la cuadratura del círculo o superar la eterna tensión entre la conciencia que se dice que es libre y el consciente que muestra una orientación de las acciones desde el principio de causalidad” (Ribeiro, 2013:143).

La libertad, según Arendt,

Resulta ser un espejismo cuando la psicología observa lo que, supuestamente, es su campo más recóndito, lo que pone en juego es una enorme cantidad de causas, factores y motivaciones que en muchos casos, aún se encuentran ocultas en la naturaleza de cada individuo y que la mente tendrá que hacer un enorme cantidad de causas, factores y motivaciones que en muchos casos, aún se encuentran ocultas en la naturaleza de cada individuo y que la mente tendrá que hacer un enorme esfuerzo para poner en orden todos los elementos que saldrán a la luz según las exigencias de las propias experiencias (Arendt, 1996:155).

Para Arendt, la libertad interna y moral (filosófica) del individuo, no tendrá mayor relevancia como la libertad que se desarrolla y se práctica en el espacio público, ya que la libertad no es quedarse encasillado por la voluntad de ser libres, sino más bien, la libertad consiste en salir a un campo que se construye entre los hombres y se renueva desde ahí (Arendt, 1996). Por lo tanto, existen dos conceptos de libertad que Arendt concibe, por una parte la libertad moral que corresponde al campo interno de la mente humana gobernada por la razón y la voluntad “ubicada en el terreno pre-político” (Arendt, 2002), y la libertad política que se comparte en el espacio construido por hombres, acción y conductas políticas.

En ese sentido, a diferencia de la libertad limitada que genera los valores del mercado, la libertad política “irrumpe en la conciencia de los hombres para evitar que estos si aíslen del mundo y se conviertan en seres irrelevantes para la sociedad” (Arendt, 1996: 158). Para nuestra autora la libertad política no depende de voluntad o de merecimiento, sino más bien depende de acción y palabra, pues ambas, al ser puestas en escena otorga existencia a algo que no existía, y por lo tanto, la fuerza de la libertad dependerá de circunstancias cambiantes en el mundo y del valor de los hombres por construir nuevos arquetipos según sus propios principios. “La libertad está libre de la razón y de la voluntad y ahora está lista para actuar, ni antes ni después, porque ser libres y actuar es la misma cosa” (Arendt, 1996:160). En otras palabras, “la libertad supone el comienzo de la realización de algo, el inicio que anima e inspira todas las actividades humanas, la acción como principio de la vida política” (Delgado, El concepto de libertad en Arendt para el ejercicio de los derechos humanos).

La libertad política en contraparte a la libertad limitada, demanda acción, mientras que en la segunda establece comportamientos establecidos en un marco de referencia. Por lo tanto, es en la libertad política como el individuo encontrará los parámetros para insertarse en la acción en un mundo donde ya se encuentran presentes otros. Sin embargo, la acción, sólo es política, sino se encuentra acompañada de palabra [lexis] (Arendt, 1997). “Sólo hablando es posible comprender, desde todas las posiciones cómo es realmente el mundo. El mundo es pues lo que está entre nosotros, lo que nos separa y nos une” (Arendt, 1997:19).

Toda acción cuando se hace política, se convierte en una red de relaciones y referencias ya existentes. Por lo tanto, nos menciona Arendt, que toda acción se caracterizará por ser imprescindible en sus consecuencias, ilimitada en resultados y también a diferencia de los productos del trabajo, irreversible (Arendt, 1997:17-19). La acción permite que los hombres entren en el juego de generar nuevos discursos y derroteros de aparición en donde el individuo pueda realizarse con los otros. En contraparte, a lo que postula la libertad limitada que promueve los valores del mercado, el individuo con el afán de buscar su libertad política se ve en la necesidad de autorealizarse con los otros, “pues la acción posee una cualidad  propia como es crear su propia memoria” (Ribeiro, 2013:154).

Al respecto Arendt argumenta:

La convicción de que lo más grande que puede lograr el hombre en su propia aparición y su realización no es cosa natural. Contra esta convicción se levanta la del homo faber al considerar que los productos del hombre pueden ser más duraderos  que el propio hombre, y también la firme creencia del animal laborans de que la vida es el más elevado de todos los bienes. Por lo tanto ambos son apolíticos, estrictamente hablando, y se inclinan a denunciar la acción y el discurso como ociedad…y por lo general juzgan las actividades públicas por su utilidad con respecto a fines supuestamente más elevados. Hacer el mundo más útil y hermoso es el caso del homo faber, hacer la vida más fácil y larga en el caso del animal laborans (Arendt, 2005: 233).

En ese sentido, la libertad limitada que engendra el mercado produce que las personas no sean pensadas como tales, sino son concebidas como productores y su relación queda medida por lo producido. Por lo tanto, el esquema de relaciones está cautivada por la apetencia de lo producido y no por la fuerza del discurso y la acción de las personas, pues cada acción tiende a generar una reacción distinta, creadora, innovadora, plural y diversa. De ahí que no sea raro que en el pasado, los individuos históricamente hayan construido ágoras y lugares para sus reuniones e intercambio de palabras, ideas y acciones.

Los griegos, al interior de la Polis, como espacio que se comparte, los hombres libres participaban, debatían, actuaban y tomaban decisiones; eran la palabra –lexis- y la acción -praxis- las que se fundían para dar sentido a la organización del pueblo en torno al ágora, un espacio que garantiza la memoria de los actores y que garantiza a cada uno de los ciudadanos y políticos que sus acciones y palabras serán perdurables; pero para que esto suceda, los hombres tendrán que vivir junto a otros hombres y dejar espacios de “Solitud” para vivir a sí mismo, como el dos en un socrático, que le permite a los individuos a pensar y reflexionar, como una acción que prepara también para el espacio público. (Ribeiro, 2013:155).

La libertad política emerge como una reflexión y como una posibilidad que le devuelve el sentido a la política, de la forma que también genera nuevas rutas de acceso para la comprensión del mundo de la modernidad y del mundo individualizado. Por lo tanto, la libertad política depende, en el individuo, de experiencias y de luchas por ser él mismo y vayan más allá de los embates que generan la individualización, los procesos de globalización y la libertad limitada.

Por lo tanto experimentarse a sí mismo a través de la libertad política conduce necesariamente a una relación con los otros y los diversos. En ese sentido,  la pluralidad vendrá a convertirse en un elemento que según Arendt, forme parte de la condición humana. Sin embargo, esta pluralidad no debe confundirse con la simple alteridad, sino debe entenderse como la distinción que se produce a través de la acción y del discurso que los individuos emplean al momento de relacionarse políticamente con los otros.

En otras palabras, la pluralidad no significa pluralismo político o alteridad como comúnmente se concibe; pluralidad desde la lógica arendtiana es un espacio de visibilidad, en que los hombres y mujeres pueden ser vistos y oídos y revelar mediante la palabra y acción quienes son (Arendt, 1997). Esto viabiliza que los individuos no sólo persigan sus existencias privadas e individuales, sino que al mantenerse en la búsqueda constante por su la libertad política salvaguarden la vida del mundo.

De esta manera, la política más que ser una condición no natural de los individuos, es una forma de estar juntos con los otros y los diversos. Es por ello que la acción política  se funda sobre el caos de las diferencias. Por lo tanto, el individuo no es un “zoon politikon” pues el hombre no es político por naturaleza. El individuo nace siendo apolítico. La política es algo que se crea y nace a través de la relación entre los individuos. En otras palabras, la política surge entre y se establece como relación. Y en esa asociación se gesta la libertad política.

En contraparte, la libertad limitada que gran parte impulsa el liberalismo democrático fundamenta una forma de hacer y concebir la actividad política. Para estos discursos se es más libre mientras el individuo menos se involucre en los ámbitos de la política.

Está clásica posición liberal se vincula a la libertad [limitada] con garantía de seguridad a los individuos, atribuyendo a la actividad política como esa labor de liberar a los individuos de todas aquellas actividades que se encuentre dentro de los terrenos públicos y políticos. “Para el liberalismo, la esfera política debe garantizarnos una posible libertad en relación a la política” (Ribeiro, 2000).

La noción de libertad [limitada) que emerge de las prácticas liberales y que se radicalizan en los tiempos de gran movilidad e inestabilidad constante, equivale al libre albedrío. De esta manera, la representación política de una cierta sociedad delibera a sus ciudadanos para que cumplan un papel en específico, pero sobre todo ejerzan diversas actividades con el propósito de que no impliquen necesariamente acciones políticas.

Las democracias liberales representativas restringen la libertad política al mínimo instante del voto. La actividad política, para el liberalismo, debe respetar las actividades privadas de los individuos o la libertad económica de los propietarios privados, dejando que hagan las reglas y las normas de sus prácticas. En esa distinción liberal, la libertad es pensada como “libertad en relación a la política”, destinada exclusivamente al crecimiento y desarrollo económico privado, promoviendo una apatía política que se rige del proceso de aislamiento de los ciudadanos y la masificación de los individuos, incrementado por el imperialismo económico, aumentado el empleo de la violencia para la resolución de conflictos, la multiplicación de las minorías… (Ribeiro, 2000).

De esa manera no es raro que Arendt haya sorprendido en su crítica y su reniego de considerar al liberalismo como la única alternativa política que se manifestaba en los lejanos albores de la Guerra fría. Sosteniendo, además, que tanto los defensores de los pueblos libres y de los mercados abiertos también existen elementos característicos de los movimientos totalitarios en todas las sociedades que son consideradas como libres, tales expresiones se manifiestan en la apatía política, el aislamiento de los ciudadanos, el carácter superfluo de los hombres, la irresponsabilidad y la indiferencia con relación al mundo público y el obscurecimiento liberal entre la libertad y la política.

La libertad ilimitada que promueve los valores del mercado y el liberalismo es pensada como libertad en relación al ejercicio político activo, destinado exclusivamente al crecimiento y el desarrollo económico privado. El estado moderno se tornó una asociación de propietarios, cuya función primordial es preservar  la propiedad privada y crear condiciones de acumulación de más riqueza. “Pero su permanencia  es de otra naturaleza: se trata de un proceso continuo de acumulación para satisfacer el consumo y no una estructura estable” (Ribeiro: 2000).

Por tal motivo, Arendt acusa a la democracia liberal de haber transformado el ejercicio plural de la política en una compleja administración burocratizada, y actualmente tecnologizada, de utilidades, expresados en interés que se manifiestan en el nuevo hombre laborans (Arendt, 2003) y que se desarrollaron a partir, de nuestra óptica, de la solidaridad productiva, la especialización y la división social del trabajo.

La actividad política para el liberalismo debe respetar las actividades privadas de los individuos, dejando que formen sus reglas de asociación y conducta. Por lo tanto, la libertad que seduce los valores del mercado, siempre debe estar separada de la acción política, porque ésta tiene la función de garantizar seguridad.

La libertad limitada que proclaman las élites económicas y políticas la justifican en la no política, trasmitida y entendida como la capacidad de liberarse de la política, y por ende, de todo compromiso posible, dado que toda acción política está al servicio de las garantías que confieren al individuo la libertad económica y que se enuncian en el trabajo, la propiedad y la sobrevivencia.

En el ensayo Sobre la Revolución, Arendt considera que esta tradición confundió el sentido de la libertad con el de liberación. Ya que no basta  con que estemos liberados para ser políticamente libres.

La separación entre libertad y política está enraizada en una larga tradición que remonta al desencanto con Platón con la antigua polis. Según Arendt esta tradición que comenzó con el pensamiento platónico; la vida política es una actividad que fue concebida como un elemento elevado en sí mismo. Tanto Platón como Aristóteles pensaban que la política debería ser organizada de tal manera que la filosofía, el cuidado de la verdad y de las cosas eternas, fueran posibles. Sin embargo, fue con los autores modernos de corte contractualista en donde la política es algo fabricado artificialmente, es decir, que no es permanente en la realidad sino que es producido entre las acciones de los diversos sujetos que la conforman con el único  sentido de asegurar una existencia pacífica y prevenir la muerte  violenta.

Siguiendo con el pensamiento de Arendt, el diálogo se convierte en la única actividad que se da entre los hombres y mujeres, sin la mediación de las cosas naturales, por lo que la acción política plural es la substancia intangible de las relaciones humanas. Y por lo tanto, uno de los actos fundamentales para emprender la búsqueda de la salida a esa libertad limitada que impulsa los valores del mercado y que tal parece, reina en nuestro tiempo

Por lo tanto, para comenzar a perseguir la libertad política como acción política colectiva y  plural, un mecanismo viable en el actual proceso de individualización, es través del diálogo y de la acción colectiva. Pues ambas, a ser conjugadas significa la capacidad de asimilación, interpretación y comprensión del mundo a partir de métodos de cambio que se desglosan  de la diversidad y de los interés comunes que cada sujeto político mantiene como  afinidad permanente sobre los asuntos relacionados a sus derechos, inquietudes, afinidades e ideologías.

En consecuencia, la esfera pública es, por definición el espacio de la acción libre que nos interpone “entre los individuos y prescinde la mediación de los objetos o de la materia, dado que se ejerce solo a partir de la convivencia y de la interacción humana en la medida de que los hombres se encuentran envueltos los unos con los otros en la realización de intereses comunes” (Ribeiro, 2000). Dichos intereses “constituyen, en la acepción más literal de la palabra algo que inter-esa, que está entre las personas y que, por lo tanto, las relaciona e entrelaza” (Arendt, 2001: 195).

Es  la acción y en el discurso como  los individuos se manifiestan y definen quiénes son. Más no a través del acceso al consumo y la vida determinada que imposibilita el desarrollo de la existencia plena. El individuo no es plural por sus diferentes gustos, placeres y valores; es plural por su condición de argumentar, de pensar y de actuar. En ese sentido, la pluralidad deviene del pensamiento, del juicio y de la identidad, mientras que en el proceso de individualización, atenta contra estas formas fenoménicas de racionalidad, sociabilidad y de ser-estar en el mundo. La individualización a través de la libertad limitada niega, borra y seduce. Para transgredirla, hay que interpelar, actuar, pensar y dialogar para aparecer en sociedad, y junto con ello, sensibilizar el sentido de comunidad y bienestar común desde lo diverso y lo plural. “La acción está estrechamente vinculada a la pluralidad en cuanto una de las condiciones fundamentales de la existencia humana” (Ribeiro, 2000).

En la sociedad de individuos, quienes las habitan, están condenados a trabajar para ellos mismos y disfrutar del ambiente artificial de las cosas materiales sin nunca comprometerse a un lazo sólido de interacción, debido a la inexistencia de acción y palabra. Ya que, la individualización atenta contra su existencia humana, pues desde la interpretación  arendtiana, el individuo deja de crear  lazos de supervivencia y de relación al ser sustituida por la lógica de la innovación, de la inter-relación y el consumo exacerbado que establece la propia vida líquida.

Sin libertad la vida política como tal sería destituida  y despojada de significado y pertinencia. (La individualización pretende atentar contra esto). De ahí que se reproduzca la idea de que la política ha dejado de servir y de solucionar los problemas que nos aquejan.

Para ello, para comenzar a salir de las arenas movedizas de la individualización es pertinente volver a crear, y para crear, no basta con la acción política y el dialogo,  sino es necesario volver aprender a pensar.

En esa medida,

La gran tarea de la vida política es evitar la pérdida de la confianza de los hombres en la coincidencia entre libertad y acción. Es necesario tornar estable la esfera de la acción y del habla, teniendo en cuanta que es necesario impedir que esta desaparezca con el aislamiento producido por la tiranía o con la dispersión de los hombres en el regreso a sus vidas privadas (Ribeiro, 2000).

Para entrar a la vida pública no basta con hablar y actuar, sino además se necesita de coraje y valentía, es decir, se necesita de osadía para superar el servilismo de la autopreservación impuesta por las élites que establecen diversos mecanismos de dominación que mantienen a los individuos aislados e indiferentes. El coraje es la virtud política por excelencia.

Es necesario el coraje hasta para dejar la seguridad protectora de nuestras cuatro paredes y adentrarse en el ámbito político, no debido a los peligros específicos que puedan estar al acecho, sino porque hemos llegado a un dominio desde la preocupación con la vida para la libertad en el mundo. El coraje es indispensable porque, en política, lo que no está en juego no es la vida, sino en el mundo (Arendt, 2000: 203).

La libertad política colectiva demanda salir a los individuos al escenario público-político para que ahí se encuentren los unos con los otros en la modalidad de la acción y discurso. Es por ello que las cuestiones privadas y los intereses propios del individuo corresponden a prácticas pre-políticas, que para superar de este estadio, es necesario tener el coraje de superar el aislamiento con el fin de vincularse  los unos con los otros y promover procesos que inspiren y cultiven la confianza en la libertad de la acción política (Arendt, 2000).

El individuo, en su búsqueda por La libertad política colectiva asumirá la capacidad de disolverse en el pensamiento mismo ya que la “mente tendrá que hacer un enorme esfuerzo para poner en orden todos sus elementos que saldrán a la luz según las exigencias de las propias experiencias” (Arendt, 2000:155). Lo que permitirá al individuo desarrollarse en lo que Arendt llama espacio de aparición, donde los individuos se encuentran, aparecen y se hacen visibles; y la pluralidad juega un elemento fundamental, ya que no solo tiene la capacidad de articular el fundamento de lo político y la libertad de los individuos, sino que permite aglutinar la acción de los individuos con su propio pensamiento. “La acción de los hombres se soporta en la libertad política y la convivencia humana, como ser con otros en el mundo” (Franco, 2013: 154).

Así, la acción política “puede estimularse por la presencia de otros cuya compañía deseemos, pero nunca está condicionada por ellos; su impulso surge del comienzo, que se adentró en el mundo cuando nacimos y al que respondemos comenzando algo nuevo por nuestra propia iniciativa” (Arendt, 2005: 206).

En diferencia de lo que establece la individualización, el sujeto que cosifica este proceso niega al individuo como persona sino lo concibe  lo promociona como productor y su relación está supeditada por lo producido; y su ámbito público queda reducido al mero apetito que genera lo fabricado en relación con las mercancías y con sus deseos de consumo

Por lo tanto, el ciudadano no es mayor o menor activo dependiendo el grado de intromisión en las cuestiones políticas, eso es una falsa idea que promueve el liberalismo a partir de cuestiones que impactan en su vida sociopolítica a través de elementos como la cultura política, el voto y otras consideraciones que promueve. Sino el individuo es participativo cuando se ciñe y se relaciona a la esfera compartida de la convivencia con el otro. El buen individuo no es aquél que convertido en ciudadano es militante de algún partido político, ni mucho menos es aquél que lo mueve su espíritu político, sino es aquel que es capaz de crear diversos mecanismos y espacios de convivencia que posibiliten cambios y que impacten en su política, en su sociedad y en sus formas de vida; convencido de sus actitudes, pensamiento y responsabilidades con el propósito de construir un mundo público mejor,  alcanzando su plena libertad a través de su actividad política

En ese sentido la libertad política no busca espacios para el desarrollo de cada individuo, sino que propicia la participación con los demás, es en otras palabras, la fuente de la reconstrucción de la esfera pública.

En consecuencia, el sentido de la política en un mundo individualizado, sigue teniendo un propósito común que Hannah Arendt fue contundente a responder cuando se ocupó de dicho cuestionamiento. La libertad es el sentido de la política. No obstante, esta respuesta deja de ser tan obvia para nuestros tiempos que corren. Ya que la actividad política a traviesa por una severa crisis.

A pesar del tormento en la que se encuentra la política, su oficio sigue siendo una necesidad ineludible en la vida del individuo. En donde la libertad política expresada a través de la acción colectiva es su objetivo inmediato. Consiguientemente, la libertad política, comienza donde el ejercicio de la política termina.

No obstante, en la actualidad la tragedia de la política se arropa a través de experiencias políticas bastante desalentadoras. Ya que su oficio se encuentra diezmada por élites, mecanismos y estructuras que maniatan y atentan con la vida digna del individuo en su intención de seguir desacreditando su valor y su motivo a través de los discursos emprendedores y democráticos. El actuar juntos con los diversos ha dejado de mantener el objetivo común y constante por la búsqueda de alcanzar la plena libertad referenciada a estándares de una vida digna individual y colectivamente, sino más radicalmente, se ha convertido en la búsqueda y el cuidado constante por la preservación de la vida en todas sus dimensiones.

En ese sentido, el individualismo en el ámbito político, está repercutiendo de forma considerable la esperanza de los sujetos y actores políticos por construir un mundo mejor posible a partir de la acción en los terrenos tradicionales de la política, como a través de las instituciones que devienen de las estructuras del Estado. La individualización, produce indiferencia pero que se encuentran en los aparatos habituales del quehacer político.

Por ahora el sueño de la alteridad aterriza en otras formas de participación políticas  vinculadas al ser-estar-juntos con los otros y los diversos, ya que aquello que convoca como: la injusticia, la violación de los derechos humanos, la inseguridad, la falta de empleo, las problemáticas migratorias, entre otros problemas nos conduce necesariamente a interesarnos por los otros, pero desde otras dinámicas que se manifiestan más allá de la individualización de la sociedad y de la política.

En ese sentido, hay una endeble irrupción de la libertad política colectiva en los terrenos de la sociedad individualizada, y que sin duda, están abriendo un espacio de transgresión hacia aquellos esquemas que impone las élites a través de la libertad limitada que promueve el mercado y la lógica capitalista en el actual proceso de globalización.

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Franco Gavira, Luis, (2013). El concepto de libertad política en Hannah Arendt. Manizales: Universidad Autónoma de Manizales

Electrónicas:

Ribeiro Alves Neto, Rodrigo, (2010). La acción política como base fenoménica de la libertad en Hannah Arendt en http://www.observacionesfilosoficas.net/laaccionpolitica.htm Consultado el: 16 de Mayo del 2016.

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