Del pesimismo por construir un mundo habitable. Zygmunt Bauman, el pensador inmortal

«En nuestros días, toda demora, dilación o espera se ha transformado en un estigma de inferioridad. El drama de la jerarquía del poder se representa diariamente (con un cuerpo de secretarias cumpliendo el papel de directores de escena) en innumerables salas de espera en donde se pide a algunas personas (inferiores) que «tomen asiento» y continúen esperando hasta que otras (superiores) estén libres «para recibirlo a usted ahora». El emblema de privilegio (tal vez uno de los más poderosos factores de estratificación) es el acceso a los atajos, a los medios que permiten alcanzar la gratificación instantáneamente. La posición de cada uno en la escala jerárquica se mide por la capacidad (o la ineptitud) para reducir o hacer desaparecer por completo el espacio de tiempo que separa el deseo de su satisfacción. El ascenso en la jerarquía social se mide por la creciente habilidad para obtener lo que uno quiere (sea lo que fuere eso que uno quiere) ahora, sin demora»

Zygmunt Bauman, 2008.

Pesimista, que en el fondo no sería sino un optimista bien informado, considera la felicidad como una meta inalcanzable para el individuo. En esto, la doctrina metafísica de Schopenhauer es clara y precisa. La vida está determinada por una fuerza ciega, irracional e inescrutable: la voluntad. Pero no hay que entender aquí por voluntad la facultad individual para dirigir la propia conducta, sino la energía metafísica primigenia de la que surgen todas las cosas. La vida, por depender de esta, no puede ser sino mera apariencia e ilusión. Toda finalidad, todo orden, toda organización del devenir que fluye incansablemente es sólo el espejismo siempre recurrente de la vida, la ilusión inevitable del ser, la mera manifestación de una voluntad desbocada a la que el hombre se empeña infructuosamente en someter a ciertos parámetros. La vida es privación, carencia, necesidad; de este modo, provoca angustias y preocupaciones, afanes y fracasos, desazón y dolor. A veces parecería que tras la satisfacción de un deseo o la consecución de una meta se instaura la calma. Pero no es así: pronto irrumpe, no menos arrollador, el sentimiento de hastío y aburrimiento. Este constituye, sin embargo, un estado de ánimo iluminador que, cuando menos lo esperamos, hace acto de presencia para revelarnos con claridad dónde estamos situados y recordarnos que la vida carece de significado, es vacía, inane, vana. Somos títeres en el teatro de la voluntad.

Una voluntad que deviene del exterior producto de los vaivenes que se producen a partir de las instituciones que genera la globalización y sus consecuencias. Este mecanismo que deambula y genera fuerzas motoras que rompe el esquema y modifica las estructuras de todo arquetipo social, cultural, ético, económico y político no genera más que focos incandescentes de incertidumbres y miedos latentes.

Un mundo que se ha desocupado de la paz, de la seguridad, de la fraternidad, de la templanza, la bondad y la reciprocidad entre los individuos, resquebraja las vínculos y eleva los desafíos por mantenerse yuxtapuesto a los valores morales, civiles y políticos que en un momento determinado de la historia, daban sentido a los destinos  de los países y posibilitaban la construcción de futuros esperanzadores que podían ser alcanzados a través de  la idea de la armonía, la búsqueda de la justicia, el fervor de la libertad y de la importancia por construir un terreno lleno de conocimiento, arte y medicina.

Este contexto de cambios latentes y crisis presentes, paradójicamente, provoca un otro tipificado de extraño, un ser desconocido, codiciado de sentimientos vulnerables y peligros invariables.

El mundo, que se ha convertido en un escenario oscuro que lo habitan los extraños, y expulsa a todos aquellos quienes viven bajo el desconcierto  de los que irradian protesta y arrebatan con el acto del pensamiento las imposiciones de un telos comercial-capital que intenta por invisibilizar todo acto de cambio.

Estos extraños han sido representados por el estigma de ser un portador de suciedad, y ha sido encasillado y tratado como un actor contaminante que pretende alterar el orden, y por ende, debe ser expulsado definitivamente.

Zygmunt Bauman, fue uno de esos extraños que sufrió la diáspora de un país sumido en la guerra, lo que lo orilló a convertirse en un refugiado lleno de magia y lucidez que, poco después, se convirtiera en uno de los grandes referentes del pensamiento contemporáneo, y que sus aportaciones, sin duda describen y ponen en tela de juicio no sólo una época de terrenos inhóspitos, sino que ponen el dedo en la daga todas aquellos “malestares” que en nuestros tiempos se han convertido en temas de análisis en conferencias, ponencias, debates y reflexiones alrededor de todo el mundo.

Zygmunt Bauman, a pesar de su prolongada edad, supo mejor que nadie describir el mundo de las nuevas generaciones. Millones de jóvenes en cualquier parte del globo, han leído o saben de su obra, sobre todo porque este pensador no sólo se ocupaba de las grandes cátedras y los grandes debates con los magnánimos pensadores de la época. Bauman, entre otras muchas virtudes intelectuales, sabía que para describir y analizar nuestros tiempos, las posibles respuestas a las diversas interrogantes se encontraban en el quehacer cotidiano de la vida de los individuos, y los jóvenes eran una herramienta fundamental para explicar los nuevos derroteros.

La elegancia de su pensamiento se caracterizaba por la fluidez, por el enfoque transdiciplinario, a pesar de pertenecer al universo de la sociología determinada por la lógica deductiva. Sus obras, legado que dejó más de cincuenta títulos traducidos a diversos idiomas, se caracterizan por aproximarse a la filosofía, retomando saberes sociales y políticos que se generaban en la realidad, y de la misma forma, le otorgaba esa mirada versátil que solamente la literatura puede otorgar en el análisis sobre algún fenómeno político, sociocultural y económico.

Zygmunt Bauman a menudo era considerado como el autor del pesimismo. Sin embargo, su voz siempre fue una voz moral para los pobres y los desposeídos en un mundo vencido por la globalización, acechado por la guerra, por la individualización y por la desacreditación de la política institucionalizada. De ahí que no sea raro, que al revisar los títulos de su obra uno se encuentre obras dedicadas al holocausto, a la globalización, a la ética, la migración, al trabajo, a la cultura, a la vida.

Bauman con el respaldo de su obra, utilizaba categorías flexibles que por lo regular lo acercaban más a la gente. Su pluma, su pensamiento y la elegancia para plantear los grandes problemas a menudo eran comunicadas de forma agradable, concisa. Sus lectores, podían leer de forma tranquila y digerible, aunque hay que destacar que no todas sus obras se caracterizaron por ser un texto ligh, basta con leer por ejemplo Las ciencias sociales y la hermenéutica para darse cuenta que también podía escribir de forma compleja y técnica.

No obstante, después de su salto a la fama a partir de su obra intitulada Modernidad líquida. Bauman se caracteriza por escribir no para una comunidad académica, sino para la gente ordinaria con el propósito de que estos, comprendieran mejor el mundo que les tocó habitar. Este motivo, lo orilló a que gran parte de la comunidad científica lo desacreditara en más de una ocasión, considerándolo como un charlatán. Por lo que sus libros, a menudo son tomados sin importancia bajo el argumento de que la ciencia de lo social no se banaliza con metáforas que no demuestran la evidencia teórica y práctica rigurosa.

Sin embargo, estas descalificaciones a Bauman lo tenían sin importancia. Nuestro autor mostraba más interés por comprender todo aquello que estaba más cerca de las personas como la política, el amor, las redes sociales, los vínculos de las relaciones humanas con las pantallas, el consumismo, la comunicación y el internet que pertenecer a un grupo selecto de intelectuales y escribir desde el olimpo y el soliloquio.

Su deseo por comunicar, por pensar y por decir lo llevó a transcender a la vida de las personas del sentido común. De esta forma, Bauman cumplió uno de sus últimos deseos que confesó en sus últimos días de vida, confesando en un entrevista lo siguiente: Soñaba con la inmortalidad, soñaba con dejar un rastro en el mundo, dejar el rastro atrás de mí, vivir la vida de tal manera que no desapareciera junto con el polvo”.

Zygmunt Bauman fue brillante y su legado dejará una huella entrañable por su valentía y su apego fiel a la condición de pensar y dialogar. Sigamos su camino.

Descanse en paz.

 

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