La podredumbre intelectual frente al poder

El medio intelectual de nuestros tiempos, en México se ha convertido en una especie de refractario en donde las debilidades, las flaquezas  y la opinión ligera se ha convertido en uno de los actos más peculiares para ganar adeptos dentro de escena política, académica e intelectual.  Cuando alguien se atreve a criticar o en poner en tela de juicio diversas posiciones, la descalificación o la indiferencia de los colegas  es un asunto latente. De ahí que no sea raro que en nuestro país no se tolere el disenso, sino que además, dichos cuestionamientos por posiciones que pueden ser debatidos o reflexionados por parte de quien disgregue, el colega se lo toma personal. La confrontación de las ideas se evade y se aniquila, por lo que la mediocridad y lo políticamente correcto se hace virtud en un mundo que  necesita ser dialogado, pensado, polemizado para avanzar en decisiones, formar ideas y posibilidades para construir una sociedad más digna.

La libertad de pensamiento, contradictoriamente no es algo apreciado por los intelectuales mexicanos. Tal parce que en nuestros tiempos, el debate intelectual a nadie le interesa, a cambio se busca la vanagloria, el amiguismo y las flores sobre afinidades teóricas que por lo regular se deposita en círculos en donde se aparenta aportar, pero solamente se reproduce el panfleto, la misantropía y la mediocridad.

Los intelectuales y entre ellos diversos académicos, salvo excepciones, más que relacionarse por sus afinidades ideológicas y teóricas, lo hacen por criterios de amistad, y en consecuencia, aspirar a merecer favores y prebendas. Esto genera, que estos claustros por lo regular monopolicen  y controlen a su conveniencia la producción y la divulgación de las ideas en México, censurado y descalificando a todos aquellos que no compartan sus opiniones.

Es por ello que en un país en donde el pensamiento y la cultura estuvo monopolizada por ideólogos del sistema priísta; pensar, decir y proponer libremente es un ejercicio altamente complejo. Ante esa perversa tradición, los intelectuales independientes que procuran no caer bajo las redes de la visión dominante de una élite intelectual-académica siempre les han tocado el cuarto de la marginación y el aislamiento. En parte esto sucede pues la academia paga mal y esto ha obligado a la mayoría de los intelectuales a acomodarse a lo que venga, sin importar venderle su alma al mejor postor. El problema es que estos intelectuales no asumen su responsabilidad sobre los costos de su inserción en los ámbitos políticos institucionales  y culturales perdiendo su inestable autonomía, su credibilidad  y autoridad intelectual.

Los ejemplos de este último argumento sin innumerables, basta con señalar algunos nombres que oscilan en los medios como Denisse Dresser,  María Amparo Casar, Jorge Alcocer o Carlos Elizondo Meyer-Serra. Personajes que pasaron de las aulas universitarias a ocupar cargos o puestos en la administración pública. Estos tipo de intelectuales que frecuentemente en los últimos años se han estado reproduciendo, gustan de ser llamados eufemísticamente consultores, pero quizá convenga llamarlos bajo la expresión de “intelectuales que se acomodan a lo que venga” (Cansino, 2009).

No existe una manera de concebir a los intelectuales frente al poder. Pues si bien existente tantas concepciones como intelectuales que se han atrevido a incursionar en el polémico y complicado mundo del pensamiento. La inteligencia y el poder político desde siempre han estado en constante relación de forma conflictiva. Ya que es una correlación que se caracteriza por el placer, la fascinación, el fanatismo y la discordia entre el quehacer intelectual y la aspiración política.

En ese sentido, la dicotomía intelectual y la política ha sido motivo de diversos estudios y aportaciones de grandes pensadores como Michael Foucault, Émile Zola o Walter Benjamin- por mencionar algunos- llevaron a construir un concepto que definiera el papel del intelectual frente al poder político.

El mundo de la política no es ajeno al mundo de los intelectuales, pues la política, al menos en el terreno de lo teórico se nutre del intelecto que desprende la idea y viceversa. Sin embargo, no debe confundirse con la política que hacen los intelectuales con la política que realizan los políticos. Ya que no hay autoridad intelectual sin independencia respecto al poder.

No obstante, el papel del intelectual frente al poder, desde mi punto de vista, debe ser con el compromiso de la sinceridad pública. Teniendo como herramienta fundamental la crítica justificada, más allá si estemos o no de acuerdo con sus posiciones. El intelectual no es un individuo apolítico, sino más bien es su hábitat que no se encuentra en los partidos políticos o en algún otra institución que devenga de las sendas del Estado, sino más bien su desarrollo se encuentra en esa parte autónoma moral y económica. Es decir, su relación con la política se encuentra en la libertad de pensar y de decir.

En consecuencia, para ser un intelectual con un cierto grado de autoridad lo deben caracterizar las ideas, el disenso, el diálogo, así como la capacidad de escuchar y proponer en la medida de lo posible bajo argumentos bien fundamentados apoyados con el gran acervo cultural disponible a su alcance. Además lo debe determinar su alto grado de sensibilidad y entendimiento por los otros y los diversos en un ambiente pleno de libertad.

Si bien es cierto que este tema es muy extenso por la diversidad de intelectuales que se han engendrado en los últimos años en nuestro país, daría para hacer extenso esta opinión, concluyo con una nota del escritor mexicano César Cansino, que contundentemente suscribo y apoyo: “Criticar dialógicamente y controlar el poder de los gobernantes no es sino otra forma, aunque fundamental para un demócrata, de hacer política democrática, o sea, de contribuir a formar y conformar un “imaginario social”, un espíritu público, sin el cual la vida de los hombres quedaría reducida a la lucha animal por la mera sobrevivencia. Algo similar puede decirse de la crítica y la confrontación de ideas entre pares y colegas. El disenso, cuando está bien fundamentado, hace prosperar el conocimiento”.

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