La ritualidad del globoterrorismo

Después de los atentados a las torres gemelas el 11 de septiembre del 2001, la guerra contra el terrorismo se convirtió en una industria perversa en el cual sus asociados pertenecen más de una organización lo que posibilita que sus mecanismos se llevan hasta las últimas consecuencias con el propósito de instaurar la tan perseguida globalización empresarial.

Este contexto ha posibilitado que el nuevo orden mundial se legitime bajo la falacia de la guerra contra el terrorismo arropado bajo el discurso de la instauración de la libertad y de la democracia; en donde la ocupación militar y la creación de instituciones globales pretenden mantener la paz, el orden, el progreso y el desarrollo en los terrenos locales. Este embrollo no es otra cosa que la nueva “legislación antiterrorista” como bien lo denomina Michel Chossudovsky.

En este sentido, para trasmitir la ilusión de la democracia y junto con ello el combate al terrorismo, los globalizadores y los fabricadores de los grupos terroristas deben fabricar la dimensión y construir paulatinamente un ambiente de miedo, incertidumbre, masacre y violencia. No es casualidad que en las últimas décadas, los ataques terroristas se hayan incrementado de manera considerable en diversas partes de Europa y algunos  países de occidente.

Esta dimensión de barbaridad y miedo latente permite confeccionar y financiar proyectos políticos que legitimen una nueva especie de economía de guerra bajo el estandarte democrático que de sentido y manutención al nuevo orden mundial fomentando un discurso contradictorio en el cual la libertad sirve para desarmar los movimientos de masas genuinos en contra de la guerra y la globalización. Invitando a los líderes de confederaciones sindicales y organizaciones no gubernamentales del sistema, así como académicos, intelectuales y críticos selectos a participar en la formulación de políticas conjuntamente definidas en colaboración con banqueros, empresarios y élites políticas.

Esta táctica básicamente funciona con seleccionar a líderes sociales con quien se pueda confiar e integrarlos democráticamente al dialogo; deslindándolos de sus pares y hacerles sentir que son ellos, los nuevos ciudadanos del mundo, quienes forman parte de la dirección de la humanidad que velan por el bien de sus conciudadanos.

Por lo tanto, el ritual de la participación civil a nivel mundial no es más que un engaño con apariencia de combate político progresista cuya premisa es aceptar la legislación antiterrorista, pero en el fondo, su único propósito es pertenecer a ese grupo selecto ávido de poder y dominación capital.

Conforme a este ritual, no se cuestiona que la justificación de la guerra contra el terrorismo sea una falsedad, pese a la evidencia documental. Pues si bien se intenta aparentar que se hace una crítica constructiva y propositiva para salir de los embrollos de la descabellada globalización del terrorismo y sus consecuencias; lo que se logra con este ritual es acomodar a una izquierda profana e incluir a una endeble participación civil cuyo objetivo es legitimar el poder político, pero sobre todo, incrementar el poder militar y el establishment corporativo, a la vez de debilitar y dividir los verdaderos movimientos sociales que ponen en tela de juicio  el terrorismo y el nuevo orden mundial.

El acomodo de la izquierda bajo el combate de la guerra y el terrorismo fractura los verdaderos movimientos sociales y banaliza la protesta; divide, atomiza y confunde con sus debates sin fundamento e impide  la gestación de un movimiento más amplio sin criterios partidistas en contra del imperio estadounidense y contra toda la lógica ideológica que impone la globalización a través de diversos dispositivos de dominación que generan las propias élites que aparentan combatir la economía de guerra y el terrorismo.

En este sentido, la prioridad para parar el ritualismo del globoterrorismo, es detener la privatización de los activos sociales, la infraestructura, así como las instituciones y los servicios públicos.

Si bien esta lógica parece un asunto cada vez más difícil por la naturaleza de la globalización, este esfuerzo requiere deslegitimar al sistema y a quienes gobiernan bajo el nombre de la democracia incluyente y participativa; dejar de creer más en los políticos tradicionales en todo el mundo y comenzar por transformar el sistema judicial, limpiar por completo el sistema bancario y construir otros mecanismos que posibiliten la capacidad de pensar y decidir es el reto inmediato. Sin embargo, estas propuestas sólo se quedan en las buenas intenciones mientras los ciudadanos y todos aquellos interesados sigamos avalando un consenso globalizador y terrorista.

Justo como Zygmunt Bauman mencionara en diversas ocasiones en entrevistas, “para salir del de la ritualidad del orden mundial hay que comenzar por destruir su legitimidad”, aprendiendo a caminar y pensar sobre arenas movedizas.

 Ese el reto futuro inmediato.

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