Los partidos políticos y el trampolín “exitoso” de la vida académica

Tal parece que aquella vieja idea de que las instituciones que devienen y hacen política en relación con el Estado, en específico,  los partidos políticos se encontraban en crisis, es una vieja anulación que ha quedado en el pasado.

En México los partidos políticos están más vivos que nunca, así como su para ingenuidad y sus propósitos para sus afiliados e ideólogos; no sólo para conseguir bienes comunes, si no, según proclaman sus panegíricos, consolidar la tan ansiada democracia mexicana.

Basta con tan sólo adentrarse en las redes sociales para darse cuenta de la cantidad de personas que de verdad creen y defienden los procesos electorales y la pertinencia de llevar cabo acciones políticas desde la trinchera partidista. Y eso incluye desde jóvenes, adolescentes, adultos y personas mayores.  Y entre ellos, diversas personas que se dedican a cualquier actividad: obreros, estudiantes, amas de casa, académicos, burócratas, comerciantes…Este síntoma demuestra que los partidos políticos en la era del malestar en la democracia no solamente se han convertido en la piedra de toque del quehacer político, sino además, se han  convertido en la vía para alcanzar propósitos que tienen que ver con seguridades y protecciones sociales.

Sin embargo, la realidad, demuestra que los partidos políticos, más allá de representar a sectores de la sociedad, no representan más que a sus propios intereses, sin que ello afecte su reputación y su credibilidad, porque de ser el caso, millones de personas dejarían de creer en una institución, que al menos en nuestro país, son grupos de mafiosos que utilizan los mecanismos de los partidos políticos para mantener sus beneplácitos e intereses privados.

Pertenecer a un partido político en nuestros tiempos asegura bienestar personal y reputación social. Esto lo tienen bien entendido aquellos intelectuales que por lo regular, los define “el progresismo”, el discurso romántico y sobre todo la pose por la defensa de las causas perdidas que se encuentran en temas como: la defensa de los derechos humanos, la justicia social, el desarrollo y la creación de instituciones que posibiliten una mayor calidad de la democracias a partir de la transparencia, la rendición de cuentas o la preservación de la gobernabilidad a través de políticas públicas.

Si bien estos aparatos de la nueva democracia son fundamentales para la preservación de la misma, estos elementos son utilizados por esos intelectuales progres más por la retórica para generar adeptos tanto de sus pares como de sus sequitos de seguidores, que por la consolidación de estos dispositivos de control y vigilancia.

En ese sentido, los intelectuales que su afinidad es la política partidocrática encuentran en los partidos políticos comodidades, así como prebendas altamente rentables. De ahí que en nuestros tiempos haya un sinfín de académicos e intelectuales proto-críticos   que defiendan a capa y espada la labor de los partidos políticos sin importar que tan cínicos y corruptos sean.

Sin caer en la generalidad, para muchos que dicen trabajar con las ideas, es decir, quienes escriben libros, imparten conferencias, son profesores universitarios, publican artículos o ensayos en revistas indexadas, lo más fácil, para muchos de ellos es ofertar sus servicios al mejor postor. Y en este caso, el partido político es el trampolín del éxito y del reconocimiento académico.

En nuestros tiempos, tal parece que nadie se cuestiona  si con ello se pierde credibilidad como intelectual y como académico pues todo el mundo lo hace. En ese sentido, en un medio profesional tan acostumbrado a la mediocridad, a la vanagloria y a la confesión políticamente correcta, emplearse con los poderosos- ya sea a través de consultores, asesores, promotores, ideólogos, mercadólogos-, reivindicar la crítica y la independencia intelectual, en la actualidad resulta una tarea ilusa, pobre y hasta frívola.

En consecuencia, sigo pensando que el único compromiso plausible de los intelectuales y de los académicos, que al menos se interesan por la política, es el quehacer con la difusión y la divulgación de las ideas, sin quedarse, como es oportuno,  en el soliloquio que produce el escritorio o la soberbia que generan los olimpos que resguardan las universidades.

Por lo tanto, el quehacer político a través de la ideas requiere plena independencia del poder, de lo contrario, esos académicos e intelectuales se convierten en personas que se acomodan a lo que sea y a lo que pueden.

De ahí que hoy más que nunca el reconocimiento social de convertirse en asesor o consultor sea lo mejor que a alguien le pueda pasar, sobre todo al gremio de un sinfín de politólogos al que pertenecí por algún tiempo de mi vida.

Quienes consideren inscribirse  en los difíciles y caóticos ambientes que producen las ideas en su relación con la acción política deben mantener la virtud de la congruencia,  la honestidad, del valor de la crítica argumentada y sobre todo la plana libertad de atribuir ideas y respetar los disensos de los otros. La independencia intelectual no supone para los académicos e intelectuales renunciar a hacer política, pero sí a vender la pluma e ideas a los políticos profesionales, y por ende, también a los partidos políticos.

Considero que un intelectual con buenos cimientos de credibilidad puede opinar sobre todo lo que le preocupa sin más límite que su conciencia y sus convicciones; e incluso puede hacer públicas sus afinidades ideológicas o partidistas, pero cuando cobra por asesorar  partidos políticos, políticos profesionales, por apoyar a candidatos a algún cargo de representación popular o busca deliberadamente un beneficio personal con ello, no sólo sus ideas pierden autonomía, sino también, se convierte en un mercenario de las ideas.

En suma más vale navegar a contracorriente que subirse al barco de la conveniencia. Más vale que nuestros lectores o colegas comprometidos nos exhiban con críticas fundamentadas sobre algún ensayo o artículo y eso fomente el debate, la reflexión  y el análisis a que nos llamen vendidos o hipócritas de cubículo. Más vale el ostracismo que la incongruencia. Más vale ser uno mismo en la academia y en cualquier ámbito de nuestra vida que ser un reconocido intelectual exitoso lleno de  podredumbre y ostracismo.

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Autor: Víctor Hugo

Literatura/ Filosofía/ Política/ Gastronomía/ Música/ Videojuegos/ Bailar/ Escribir/ Noche/ Cerveza

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