Para mis colegas estudiantes muertos de la UACM, mujeres y millones de desaparecidos

Fue Isaac Luna, Carlos Esquivel, Jorge Martínez, Héctor Sarmiento y Miguel Arteaga. Pero así como han sido ellos, también han sido miles de mujeres, niños y millones de muertos en todo México. La muerte cuando es impuesta, además de desconsuelo, tristeza y depresión. También causa indignación, rabia, enojo, sed de justicia.

Vivimos tiempos más que violentos, son las épocas de la aniquilación y el exterminio constante. Nosotros los jóvenes hoy más que nunca tenemos que lidiar con la esperanza entre los dientes como bien intituló aquella obra John Berger. Estamos rodeados de fantasmas, de peligros latentes, enfermedades psicológicas, vivimos consternados envueltos en ilusiones de encontrar una vida llena de bonanza, paz, equitativa y libre.

Desde hace muchos años padecemos una guerra con la muerte, contra la destrucción; el despojo, el miedo y la humillación. Somos víctimas de la explotación, de la mentira política y el silencio impuesto por autoridades y élites económicas que repudian la conciencia, la crítica y las otras formas posibles de concebir diversos derroteros.

El viejo discurso de hipocresía “La juventud es el futuro del mañana”, es, en mi país, más allá de ser una realidad tangible, es un discurso trillado, populista, utópico, cruel e insensato.

La juventud vive una guerra contra la resistencia que día a día lidia en la calle, en la escuela, en el hogar, en cada rincón de nuestra existencia.

La juventud más allá de estatus social, cultural y político contra la defunción demanda vida. Contra la desaparición demanda respeto y letra, contra el crimen demanda justicia, contra la opresión, demanda libertad y democracia, contra el olvido, demanda conciencia y memoria, contra la ignorancia, demanda conocimiento y autocrítica, contra la pobreza, demanda trabajo y pasión, contra la humillación demanda dignidad.

Las muertes de mis colegas estudiantes de la UACM y de las de millones de mujeres, producen ruidos  que incitan a levantar la mirada con el otro, pero en un mundo tan globalizado e individualizado como el que habitamos en nuestros tiempos: ¿qué hacer? Si nos aniquilan a sangre fría, nos desaparecen sin que nos podamos defender, nos estigmatizan -diciéndonos- apáticos, millennials, ninis y un sinfín de adjetivos peyorativos que descalifican nuestra actitud frente a la vida en sociedad.

Ellos no comprenden que somos hijos de la libertad; que no existe una crisis de valores, sino que simplemente hay una transformación de esos valores que en el pasado conformaban una forma de cohesión social, ahora en los tiempos violentos, esos valores se redefinen en el tiempo, sencillamente porque ahora los jóvenes tienen otras formas de concebirse, de pensarse, de relacionarse con sus similares, tan diversos y plurales.

Ante la juventud hay una respuesta por parte de este sistema encabezado por élites políticas. Un centenar de jóvenes son reclutados cada año para forma parte de la policía federal, de las fuerzas armadas y peor aún, de grupos delincuenciales, narcotráfico y bandas del crimen organizado. Tal parece que el único proyecto viable que nos espera es ganarnos la vida a través del uso de las armas, de la venta de drogas o  ser parte de un sistema judicial corrupto.

Sin embargo, a pesar de nuestros  pesimismos, en lugar de ganarnos la vida con violencia y armas, seguimos construyendo puentes  y caminos llenos de arte, de emprendimiento laboral, lazos de solidaridad en una sociedad individualista. Seguimos soñando, seguimos estudiando, seguimos trabajando, nos seguimos equivocando, nos seguimos cuidando y también nos seguimos rifando el sudor, los puños y la sangre por habitar un mundo en donde la vida sea menos dolorosa,  increpada e incomprensible.

No es propósito de este  escrito victimizar a la juventud, ni mucho menos subestimarnos frente a las altas esferas de la política y la economía. Pero si es establecer lo que muchos de nosotros seguimos pensando y viviendo. Muchos de nosotros, mis amigos, conocidos y tantos más tenemos la convicción que nuestra práctica es luchar sin armas y rebelarnos con crítica, es una forma de expresar nuestro inconformismo. Que las muertes no son medallas ni el proselitismo barato que utilizan los candidatos presidenciales a la hora de la elección, sino más bien, es una indignación y un motivo para actuar. Muchos de nosotros los jóvenes pensamos que no necesitamos de caudillos, ni líderes políticos, ni mesías, ni salvadores  para que nos protejan de los embrollos de nuestras existencias perdidas. Los jóvenes sabemos la clave sólo basta con un poco de vergüenza, pasión, sueño, disciplina, respeto, trabajo, dignidad y mucha organización para poder hacerlo. Y así lo hacemos desde siempre. Cada uno desde nuestra trinchera.

Por eso nos matan, nos desaparecen y tratan de aniquilarnos vendiéndonos discursos falsos de libertad, de autoexploración, de autoconocimiento pero en realidad no son más que migajas para poder subsistir.

Ahora mismo en este instante, allá afuera en la calle, en la plaza pública, en la esquina de mi casa. Un hombre, una mujer, un niño, una niña, un homosexual, una anciana, un colectivo, un novio, un servidor público, un obrero, un estudiante, un campesino, un adicto, un soñador, un escritor, un intelectual, un académico, una persona  es golpeada, muerta, torturada, macheteada, baleada, rematada, aventada a un basurero y abandonada para después ser  recogida y velada, muertos enterrados pero nunca olvidados.

Estas palabras más allá de ser leídas, a título personal, es expresar a memoria de todos ellos: ¡ya basta!

Para:

Isaac Luna, Carlos Esquivel, Jorge Martínez, Héctor Sarmiento y Miguel Arteaga estudiantes de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Alexis Benhumea, asesinado en el Estado de México.

Graciela Cifuentes asesinada profesora de la UNAM

Sol estudiante asesinada de la UNAM

Francisco Javier Cortés, asesinado en el Estado de México.

Juan Vázquez Guzmán, asesinado en Chiapas.

Juan Carlos Gómez Silvano, asesinado en Chiapas.

Sandra Luz Hernández, asesinada en Sinaloa.

Marisela Escobedo Ortiz, asesinada en Chihuahua.

Celedonio Monroy Prudencio, desaparecido en Jalisco.

Nepomuceno Moreno Núñez, asesinado en Sonora.

Y para todos los millones de muertos y desaparecidos en México.

 

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Autor: Víctor Hugo

Literatura/ Filosofía/ Política/ Gastronomía/ Música/ Videojuegos/ Bailar/ Escribir/ Noche/ Cerveza

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