Sobre la política en el mundo del fútbol

Hoy más que nunca el fútbol representa una de las actividades más lúdicas y recreativas a nivel mundial. Este deporte más allá del gusto y las pasiones que despiertan entre sus seguidores, representa a las élites políticas y económicas para producir y reproducir diversos espacios afines a interés de una clase hegemónica.

El fútbol si bien nació como un actividad que representa ideales como los de la competencia, la solidaridad en la cancha y el fervor e identidad por una camiseta y a  una comunidad; con el desarrollo del capitalismo moderno, comenzó a significar para la élite económica un elemento que puede dejar múltiples beneficios, como por ejemplo: difundir sus ideales, valores y por supuesto obtener mayores ganancias para aumentar la acumulación de capital.

Este generó que el fútbol fuese utilizado para generar redes de poder que se expresan fundamentalmente en inmensos consorcios, cuyo objetivo es monopolizar el fútbol y convertirlo en una industria. Por lo que el balompié, al menos en lo que respecta a México, se convirtió en un engranaje de diversas empresas que permite tener mayor relevancia e influencia en materia económica y política. Empresas cerveceras, de telecomunicaciones, cementeras y de servicios evidencia su poder que ejercen en la vida cotidiana.

El fútbol mexicano es el fiel reflejo del auge económico que mantiene un grupo selecto de empresarios, así como la capacidad de influencia que tienen estos en relación con el poder político. De ahí que no sea raro que a menudo escuchemos por los noticiarios deportivos o redes sociales que los estadios de fútbol son espacios que pertenecen al gobierno de algún estado y son rentados o patrocinados por algún equipo de fútbol, provocando que las fuerzas políticas locales brinden facilidades para contratos, licitaciones o permisos accesibles para dichas empresas. Lo que genera evidentemente procesos de identidad efímeros por parte de los amantes del fútbol con el equipo, pero también, en su forma radical y deshonesta contratos turbios, lejos de la legalidad.

En la era de la globalización, los deportes representan una opción viable para establecer organizaciones en diversos niveles. Esto ha conducido que esta actividad conserve su esencia de juego pero que transformen sus técnicas, las tácticas, las dietas de los jugadores y se modifiquen algunas de sus reglas con el propósito de hacer del fútbol una actividad más dinámica, más espectacular y entretenida, pero que, a su vez, estos cambios se hicieron con el objetivo de obtener mayores ganancias económicas.

En este sentido, las clases hegemónicas tienen la capacidad de transformarse, adaptarse rápidamente a los cambios y por consiguiente, tienen la capacidad de hacer que los otros hagan las cosas que ellos desean para su supervivencia, intereses y desarrollo. Aquí se centra la fundamentación del poder y la dominación convirtiendo al  fútbol no sólo en un mecanismo de poder, sino también, para decirlo en palabras de Althusser en un aparato ideológico del Estado.

“En México se instauró el fútbol como deporte hegemónico, los programas televisivos de corte deportivo comenzaron a centrar la mayoría de los temas de análisis hacia este deporte, y si bien, las transmisiones de fútbol americano, box o lucha libre están en televisión abierta, las horas de transmisión de estas disciplinas no se comparan al tiempo otorgado al balompié” (Montero, 2014: 6).

En este sentido, me atrevo a establecer un decálogo sobre los mexicanos al grito de gol en los tiempos actuales en su relación con el ámbito político y social:

1.- Facebook, twitter y todas las redes sociales han demostrado tres virtudes intrínsecas en el ciudadano: comentar, exponer y convertir las cosas privadas como algo público. El gusto por el fútbol por ejemplo.

2.- Sabes que un mexicano grita al ritmo de gol cuando paraliza la ciudad y un país entero, cuando festeja con entusiasmo, se pinta la cara y grita ¡viva México cabrones!

3.- Sabes cuándo un mexicano grita a ritmo de gol cuando cree que el futbol y la política son la misma cosa: Pan y circo.

4.-Sabes cuándo un mexicano grita al ritmo de gol cuando la selección o su equipo favorito sale campeón, y bloquea las avenidas principales para festejar, pero crítica y se enfurece cuando un conglomerado de maestros o grupo activista cierra las calles con lemas y pancartas de No a la privatización de la educación pública, etc.

5.- Sabes cuándo un mexicano grita al ritmo de gol cuando confunde al “Peje” con Cuauhtémoc Blanco, bajo el mismo argumento que estos dos personajes son iconos de pueblo pobre y obrero.

6.- Sabes cuándo un mexicano grita al ritmo de gol cuando reproduce, opina y habla igual que un narrador deportivo. Mucha palabrería, nada de fondo en su argumento.

7.- Sabes cuándo un mexicano grita al ritmo de gol cuando asemeja al árbitro con un político: ambos son autoridad delegada, los hay autoritarios, algunos corruptos, y poco eficientes.

8.-Los jugadores como los políticos son marionetas de una misma clase.

9.- La política como el fútbol nacen bajo la concepción de un barbarismo necesario. La política necesita fundamentar su barbarismo en el Estado y el fútbol necesita cimentar su barbarismo en los estadios.

10.- El fútbol como la política en sí mismos no son malos. Ambos recrean el conflicto, de la supervivencia, de la competición, de la diversión, de la euforia, del bien y la armonía colectiva. Sin embargo, ambos han caído por la misma senda que los hace ser, hasta el día de hoy, casi semejantes por quienes lo practican: Ambos carecen de credibilidad.

En suma, el fútbol desgraciadamente igual que el poder político se deslegitima profundamente. Ya que el fútbol al ser moldeado por las élites, lo utiliza como instrumento de enajenación para lograr adeptos que atentan contra el bienestar de toda la sociedad en su conjunto. Es por ello que a menudo después de un partidazo de la selección mexicana o de algún duelo de algún equipo popular como Cruz Azul, América, Chivas o Pumas, al terminar la pasión nos enteremos de noticias como la privatización de algún recurso natural, las muertes de mujeres o alguna nota de tragedia nacional.

Sin embargo, el fútbol como la vida de nuestros tiempos es la fiel expresión de nuestro existir, formamos parte de este capitalismo globalizado, y por ende, de esta modernidad que Zygmunt Bauman llama líquida. El balompié muestra esa susceptibilidad de cambios continuos, modificando realidades y generando pánicos y miedos. También nos muestra esa precariedad de los vínculos humanos en una sociedad ajena, individualista, narcisa y privatizada por los gustos y placeres que produce el consumo, el entretenimiento y la vida ligera. El fútbol forma parte de una sociedad de pocas certezas y violada por la manipulación constante de quienes tienen los hilos de la economía y la política. No obstante y a pesar de ello, el fútbol nunca dejará de ser lo que siempre ha sido, un momento de libertad y diversión.

 

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Para mis colegas estudiantes muertos de la UACM, mujeres y millones de desaparecidos

Fue Isaac Luna, Carlos Esquivel, Jorge Martínez, Héctor Sarmiento y Miguel Arteaga. Pero así como han sido ellos, también han sido miles de mujeres, niños y millones de muertos en todo México. La muerte cuando es impuesta, además de desconsuelo, tristeza y depresión. También causa indignación, rabia, enojo, sed de justicia.

Vivimos tiempos más que violentos, son las épocas de la aniquilación y el exterminio constante. Nosotros los jóvenes hoy más que nunca tenemos que lidiar con la esperanza entre los dientes como bien intituló aquella obra John Berger. Estamos rodeados de fantasmas, de peligros latentes, enfermedades psicológicas, vivimos consternados envueltos en ilusiones de encontrar una vida llena de bonanza, paz, equitativa y libre.

Desde hace muchos años padecemos una guerra con la muerte, contra la destrucción; el despojo, el miedo y la humillación. Somos víctimas de la explotación, de la mentira política y el silencio impuesto por autoridades y élites económicas que repudian la conciencia, la crítica y las otras formas posibles de concebir diversos derroteros.

El viejo discurso de hipocresía “La juventud es el futuro del mañana”, es, en mi país, más allá de ser una realidad tangible, es un discurso trillado, populista, utópico, cruel e insensato.

La juventud vive una guerra contra la resistencia que día a día lidia en la calle, en la escuela, en el hogar, en cada rincón de nuestra existencia.

La juventud más allá de estatus social, cultural y político contra la defunción demanda vida. Contra la desaparición demanda respeto y letra, contra el crimen demanda justicia, contra la opresión, demanda libertad y democracia, contra el olvido, demanda conciencia y memoria, contra la ignorancia, demanda conocimiento y autocrítica, contra la pobreza, demanda trabajo y pasión, contra la humillación demanda dignidad.

Las muertes de mis colegas estudiantes de la UACM y de las de millones de mujeres, producen ruidos  que incitan a levantar la mirada con el otro, pero en un mundo tan globalizado e individualizado como el que habitamos en nuestros tiempos: ¿qué hacer? Si nos aniquilan a sangre fría, nos desaparecen sin que nos podamos defender, nos estigmatizan -diciéndonos- apáticos, millennials, ninis y un sinfín de adjetivos peyorativos que descalifican nuestra actitud frente a la vida en sociedad.

Ellos no comprenden que somos hijos de la libertad; que no existe una crisis de valores, sino que simplemente hay una transformación de esos valores que en el pasado conformaban una forma de cohesión social, ahora en los tiempos violentos, esos valores se redefinen en el tiempo, sencillamente porque ahora los jóvenes tienen otras formas de concebirse, de pensarse, de relacionarse con sus similares, tan diversos y plurales.

Ante la juventud hay una respuesta por parte de este sistema encabezado por élites políticas. Un centenar de jóvenes son reclutados cada año para forma parte de la policía federal, de las fuerzas armadas y peor aún, de grupos delincuenciales, narcotráfico y bandas del crimen organizado. Tal parece que el único proyecto viable que nos espera es ganarnos la vida a través del uso de las armas, de la venta de drogas o  ser parte de un sistema judicial corrupto.

Sin embargo, a pesar de nuestros  pesimismos, en lugar de ganarnos la vida con violencia y armas, seguimos construyendo puentes  y caminos llenos de arte, de emprendimiento laboral, lazos de solidaridad en una sociedad individualista. Seguimos soñando, seguimos estudiando, seguimos trabajando, nos seguimos equivocando, nos seguimos cuidando y también nos seguimos rifando el sudor, los puños y la sangre por habitar un mundo en donde la vida sea menos dolorosa,  increpada e incomprensible.

No es propósito de este  escrito victimizar a la juventud, ni mucho menos subestimarnos frente a las altas esferas de la política y la economía. Pero si es establecer lo que muchos de nosotros seguimos pensando y viviendo. Muchos de nosotros, mis amigos, conocidos y tantos más tenemos la convicción que nuestra práctica es luchar sin armas y rebelarnos con crítica, es una forma de expresar nuestro inconformismo. Que las muertes no son medallas ni el proselitismo barato que utilizan los candidatos presidenciales a la hora de la elección, sino más bien, es una indignación y un motivo para actuar. Muchos de nosotros los jóvenes pensamos que no necesitamos de caudillos, ni líderes políticos, ni mesías, ni salvadores  para que nos protejan de los embrollos de nuestras existencias perdidas. Los jóvenes sabemos la clave sólo basta con un poco de vergüenza, pasión, sueño, disciplina, respeto, trabajo, dignidad y mucha organización para poder hacerlo. Y así lo hacemos desde siempre. Cada uno desde nuestra trinchera.

Por eso nos matan, nos desaparecen y tratan de aniquilarnos vendiéndonos discursos falsos de libertad, de autoexploración, de autoconocimiento pero en realidad no son más que migajas para poder subsistir.

Ahora mismo en este instante, allá afuera en la calle, en la plaza pública, en la esquina de mi casa. Un hombre, una mujer, un niño, una niña, un homosexual, una anciana, un colectivo, un novio, un servidor público, un obrero, un estudiante, un campesino, un adicto, un soñador, un escritor, un intelectual, un académico, una persona  es golpeada, muerta, torturada, macheteada, baleada, rematada, aventada a un basurero y abandonada para después ser  recogida y velada, muertos enterrados pero nunca olvidados.

Estas palabras más allá de ser leídas, a título personal, es expresar a memoria de todos ellos: ¡ya basta!

Para:

Isaac Luna, Carlos Esquivel, Jorge Martínez, Héctor Sarmiento y Miguel Arteaga estudiantes de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Alexis Benhumea, asesinado en el Estado de México.

Graciela Cifuentes asesinada profesora de la UNAM

Sol estudiante asesinada de la UNAM

Francisco Javier Cortés, asesinado en el Estado de México.

Juan Vázquez Guzmán, asesinado en Chiapas.

Juan Carlos Gómez Silvano, asesinado en Chiapas.

Sandra Luz Hernández, asesinada en Sinaloa.

Marisela Escobedo Ortiz, asesinada en Chihuahua.

Celedonio Monroy Prudencio, desaparecido en Jalisco.

Nepomuceno Moreno Núñez, asesinado en Sonora.

Y para todos los millones de muertos y desaparecidos en México.

 

Consideraciones sobre la mujer: no es un enésimo monólogo sobre la vagina

En la actualidad la condición de la mujer se ha puesto en vilo de la voz pública por diferentes acontecimientos atroces, que conlleva a toda la sociedad en su conjunto a debatir, reflexionar, enjuiciar y muchas veces a estigmatizar el sentido de lo que significa ser mujer en el mundo actual.

Desgraciadamente, las mujeres son tema de discusión y de análisis no por la importancia que son ellas para la construcción de una sociedad más equitativa, justa, libre y digna. Sino por las atrocidades que han padecido en los últimos años: muertes, violaciones, desapariciones, acosos y un sinfín de descalificaciones y estigmas acerca de su condición de vivir en sociedad de forma autónoma, libre e independiente.

Comúnmente cuando deambula por diferentes espacios públicos o se queda en el abismo de las redes sociales, con frecuencia se encuentran frases como: “las matan por putas”, “las mujeres en donde corresponden; en la cama y en las lavadoras”, “feminazis”, y una serie de descréditos execrables que no sólo atentan contra la integridad de la mujer, sino, me atrevería decir, de cualquier persona que tenga derecho a vivir plenamente bajo la responsabilidad de sus decisiones y actos.

A estos ataques y agresiones verbales que no necesariamente se dejan leer por hombres, sino también por las propias mujeres, el movimiento feminista se ha visto afectada por la malversación ideológica de lo que el feminismo realmente representa: sus propósitos, su motivo, sus objetivos, su filosofía y sus formas de acción. Debido a que el feminismo ha sido relegado por el estigma del mujerismo.

El mujerismo más allá de establecer epistémica, filosófica y argumentativamente la condición de ser mujer como lo hace el feminismo, el mujerismo se encarga de radicalizar el discurso feminista y llevarlo a su condición ignorante de ejecución, opinión y crítica. En el cual se caracteriza por las posiciones reaccionarias, por la negación de la otredad y por el insulto constante de la pluralidad.

El mujerismo se manifiesta en su estado esencial de lo que significa ser mujer. Es decir, ¿son mejores las mujeres que los hombres?  Es obvio que las mujeres no son mejores o peores que los hombres, sino simplemente, como cualquier individuo son diferentes.

Sin embargo, este tipo de esencialismo y de discursos malamente estudiados y adoptados, han sido muy atractivos para diversas mujeres que se conciben como malamente feministas, que sin asombro alguno se auto conciben como seres superiores por el hecho, por ejemplo: de decidir no embarazarse, la maternidad, el compaginar las actividades domésticas con las profesionales, por la capacidad de raciocinio. Estas formas de pensar, es una forma que nos instala en una suerte de mujerismo o hembrismo igual de perverso  a la idea patriarcal, o comúnmente llamado machismo. En ese sentido, el “mujerismo es algo así como un síntoma de enfermedad que acusa  el feminismo” (Cansino, 2011).

Bajo este embrollo nace una paradoja. Ya que el mujerismo se hace conservador atentando contra los ideales libertarios que establece el propio feminismo.  A menudo uno se encuentra con discursos realmente dogmáticos y sexistas que atraviesan, incluso,  los campos del conocimiento. Uno se encuentra constantemente con personas que piensa que se debe refundar la epistemología patriarcal, por una epistemología feminista, o se debe crear una sociología feminista, una ciencia política feminista y hasta unas ciencias exactas feministas. Como si la ciencia tuviera un género. No abogo por la exclusión de pensamiento, de posiciones y de aportaciones que nos ayuden a comprender mejor este mundo caótico, sino al contrario, la ciencia hoy más que nunca debe ser incluyente, propositiva, atrevida y sobre todo juzgada y aclarada bajo sus propios términos y condiciones. Y tanto como los hombres como las mujeres de ciencia son vitales y fundamentales para su construcción.

En consecuencia, el mujerismo es una enfermedad del propio feminismo  que homogénea perversamente el propio movimiento. No existe ningún grupo político, social o cultural que no matice sus posiciones, eso está más que claro. Y desde mi perspectiva, eso representa  la importancia  de construir movimientos, ya que además de fortalecer los lazos democratizadores del individuo, la sociedad y las instituciones del Estado, reconfigura el pensamiento, modifica los lazos de relación y construye otros mundos posibles a partir de la diversidad y la pluralidad. Por tal motivo, encontramos en el mismo pensamiento feminista subcorrientes como: feminismo de la igualdad, feminismo marxista, feminismo revolucionario, la visión queer del feminismo, el posfeminismo, el alter feminismo, el feminismo por la diferencia. Y diversas posiciones, que dentro del gran movimiento feminista encuentra motivos y que hacen de las ideas, el pensamiento y la crítica argumentada arquetipos éticos, teóricos, epistémicos y lingüísticos que fundamenta un ideal de sociedad.

Considero que habría que hacer una autocrítica sobre: ¿hasta dónde quedó atrapado el feminismo?, ¿cuáles son las problemáticas a las que se encuentra?, y, ¿cómo evitar la desvitalización del movimiento a través del mujerismo? Sara Sefchovich en su libro ¿son mejores las mujeres?  Establece que en nuestros tiempos, no se puede hablar sólo de la mujer, sino de las mujeres, reconociendo, efectivamente,  las diferencias  que existen entre ellas, pero habría que preguntarnos: ¿qué significa ser mujer  en un mundo donde reina el caos y la incertidumbre?, ¿en el mundo globalizado se puede definir qué significa ser mujer? Con la liberación del cuerpo y de la sexualidad existen hombres que teniendo pene se implanta senos y se concibe como mujer. En este caso, tal vez ser mujer no se reduce a una forma  fisiológica, sino, más bien, es una forma de vida. Charlando con un amigo transexual me decía: “yo sé que tengo pene, que me crece la barba y a veces tengo todos los rasgos “naturales” de un hombre; pero yo me siento mujer, no porque me vista con vestidos o me maquille la cara, sino porque pienso como mujer, tengo sentimientos de mujer y me presento ante los otros como una mujer hecha y derecha”.

En los tiempos del boom academicista, tal parece que el feminismo se volvió más un asunto de encuentros de académicos que en un asunto que busque establecer sus diálogos y aportaciones en la vida cotidiana de las mujeres. Tal parece que se perdió en discusiones demasiado refinadas por especialistas que buscar construir otros derroteros en donde quepan muchos mundos posibles.

No es mi propósito atacar a mis amigas feministas, ni a la filosofía y al movimiento como tal, ni mucho menos establecer una crítica mal intencionada a  sus ideales. Sino más bien creo que quizá llegó el tiempo  de repensar seriamente al feminismo y a la noción de género. Siendo un tema  que no sea exclusivamente de las mujeres, sino también, de los propios hombres interesados en el tema.

Hoy más que nunca necesitamos de las mujeres que piensan, que argumentan, que sueñan con establecer y alcanzar un ideario de sociedad, con mujeres que denuncien las injusticias, que vivan libres sin estigmas y sin  ataduras, que decidan sobre su propio cuerpo, su vida privada y pública. Que luchen por alcanzar el ideal democrático de sus derechos elementales y se expresen en la cama, en la casa y nuestro país por el bien de ellas y de todos nosotros, los diferentes.  Y estoy seguro que para comenzar alcanzar dicho tipo ideal y hacerlo realidad, se consigue con autocrítica, pensamiento y acción.

El mujerismo como el machismo también mata.

 

Los partidos políticos y el trampolín “exitoso” de la vida académica

Tal parece que aquella vieja idea de que las instituciones que devienen y hacen política en relación con el Estado, en específico,  los partidos políticos se encontraban en crisis, es una vieja anulación que ha quedado en el pasado.

En México los partidos políticos están más vivos que nunca, así como su para ingenuidad y sus propósitos para sus afiliados e ideólogos; no sólo para conseguir bienes comunes, si no, según proclaman sus panegíricos, consolidar la tan ansiada democracia mexicana.

Basta con tan sólo adentrarse en las redes sociales para darse cuenta de la cantidad de personas que de verdad creen y defienden los procesos electorales y la pertinencia de llevar cabo acciones políticas desde la trinchera partidista. Y eso incluye desde jóvenes, adolescentes, adultos y personas mayores.  Y entre ellos, diversas personas que se dedican a cualquier actividad: obreros, estudiantes, amas de casa, académicos, burócratas, comerciantes…Este síntoma demuestra que los partidos políticos en la era del malestar en la democracia no solamente se han convertido en la piedra de toque del quehacer político, sino además, se han  convertido en la vía para alcanzar propósitos que tienen que ver con seguridades y protecciones sociales.

Sin embargo, la realidad, demuestra que los partidos políticos, más allá de representar a sectores de la sociedad, no representan más que a sus propios intereses, sin que ello afecte su reputación y su credibilidad, porque de ser el caso, millones de personas dejarían de creer en una institución, que al menos en nuestro país, son grupos de mafiosos que utilizan los mecanismos de los partidos políticos para mantener sus beneplácitos e intereses privados.

Pertenecer a un partido político en nuestros tiempos asegura bienestar personal y reputación social. Esto lo tienen bien entendido aquellos intelectuales que por lo regular, los define “el progresismo”, el discurso romántico y sobre todo la pose por la defensa de las causas perdidas que se encuentran en temas como: la defensa de los derechos humanos, la justicia social, el desarrollo y la creación de instituciones que posibiliten una mayor calidad de la democracias a partir de la transparencia, la rendición de cuentas o la preservación de la gobernabilidad a través de políticas públicas.

Si bien estos aparatos de la nueva democracia son fundamentales para la preservación de la misma, estos elementos son utilizados por esos intelectuales progres más por la retórica para generar adeptos tanto de sus pares como de sus sequitos de seguidores, que por la consolidación de estos dispositivos de control y vigilancia.

En ese sentido, los intelectuales que su afinidad es la política partidocrática encuentran en los partidos políticos comodidades, así como prebendas altamente rentables. De ahí que en nuestros tiempos haya un sinfín de académicos e intelectuales proto-críticos   que defiendan a capa y espada la labor de los partidos políticos sin importar que tan cínicos y corruptos sean.

Sin caer en la generalidad, para muchos que dicen trabajar con las ideas, es decir, quienes escriben libros, imparten conferencias, son profesores universitarios, publican artículos o ensayos en revistas indexadas, lo más fácil, para muchos de ellos es ofertar sus servicios al mejor postor. Y en este caso, el partido político es el trampolín del éxito y del reconocimiento académico.

En nuestros tiempos, tal parece que nadie se cuestiona  si con ello se pierde credibilidad como intelectual y como académico pues todo el mundo lo hace. En ese sentido, en un medio profesional tan acostumbrado a la mediocridad, a la vanagloria y a la confesión políticamente correcta, emplearse con los poderosos- ya sea a través de consultores, asesores, promotores, ideólogos, mercadólogos-, reivindicar la crítica y la independencia intelectual, en la actualidad resulta una tarea ilusa, pobre y hasta frívola.

En consecuencia, sigo pensando que el único compromiso plausible de los intelectuales y de los académicos, que al menos se interesan por la política, es el quehacer con la difusión y la divulgación de las ideas, sin quedarse, como es oportuno,  en el soliloquio que produce el escritorio o la soberbia que generan los olimpos que resguardan las universidades.

Por lo tanto, el quehacer político a través de la ideas requiere plena independencia del poder, de lo contrario, esos académicos e intelectuales se convierten en personas que se acomodan a lo que sea y a lo que pueden.

De ahí que hoy más que nunca el reconocimiento social de convertirse en asesor o consultor sea lo mejor que a alguien le pueda pasar, sobre todo al gremio de un sinfín de politólogos al que pertenecí por algún tiempo de mi vida.

Quienes consideren inscribirse  en los difíciles y caóticos ambientes que producen las ideas en su relación con la acción política deben mantener la virtud de la congruencia,  la honestidad, del valor de la crítica argumentada y sobre todo la plana libertad de atribuir ideas y respetar los disensos de los otros. La independencia intelectual no supone para los académicos e intelectuales renunciar a hacer política, pero sí a vender la pluma e ideas a los políticos profesionales, y por ende, también a los partidos políticos.

Considero que un intelectual con buenos cimientos de credibilidad puede opinar sobre todo lo que le preocupa sin más límite que su conciencia y sus convicciones; e incluso puede hacer públicas sus afinidades ideológicas o partidistas, pero cuando cobra por asesorar  partidos políticos, políticos profesionales, por apoyar a candidatos a algún cargo de representación popular o busca deliberadamente un beneficio personal con ello, no sólo sus ideas pierden autonomía, sino también, se convierte en un mercenario de las ideas.

En suma más vale navegar a contracorriente que subirse al barco de la conveniencia. Más vale que nuestros lectores o colegas comprometidos nos exhiban con críticas fundamentadas sobre algún ensayo o artículo y eso fomente el debate, la reflexión  y el análisis a que nos llamen vendidos o hipócritas de cubículo. Más vale el ostracismo que la incongruencia. Más vale ser uno mismo en la academia y en cualquier ámbito de nuestra vida que ser un reconocido intelectual exitoso lleno de  podredumbre y ostracismo.

Daniel Cosío Villegas y el quehacer intelectual frente a la política

Uno de los intelectuales del siglo XX  que ocupan, desde mi perspectiva, un lugar destacado en la composición del quehacer intelectual frente a la política. Más allá de la congruencia, afinidad por sus ideas o fidelidad que estos grandes pensadores mexicanos pudieron haber tenido en la práctica como para la misma. Es Daniel Cosío Villegas, un intelectual ejemplar en el análisis de la política mexicana, así como su relación autónoma, crítica e independiente frente a su labor político.

Cosío Villegas fue quizá el intelectual más polémico y comentado de la época. Sus diversas obras son representaciones ejemplares de un ejercicio elegante de la crítica sobre el régimen posrevolucionario que alcanzaron gran difusión e impacto en su momento tanto en la esfera política, académica e intelectual de aquellos tiempos.

Villegas fue fundador de importantes instituciones culturales como el Fondo de Cultura Económica así como del Colegio de México,  por lo que tuvo que colaborar con los gobiernos en turno, pero su obra es una clara constancia de su capacidad crítica como historiador, ensayista y politólogo.

Cosío Villegas pensaba que la primera tarea fundamental de cualquier persona que se considerara intelectual y asumía un cargo en un gobierno debía renunciar a ser intelectual, aunque también sabía que era mucho pedir a sus pares y colegas  que preferían vivir en la simulación antes que renunciar a los privilegios que supone ser considerado un  individuo de letras.

En diversos ensayos sorprende su forma combativa y ácida. Algunas veces discurriendo filosamente contra los procesos políticos de aquellos tiempos. En diversas obras podemos dar cuenta de su crudeza y valentía para poner en tela de juicio las prácticas del viejo régimen autoritario, no importando las consecuencias adversas que su crítica incisiva pudieran traerle en su vida privada. Sólo basta con leer su ensayo “La crisis sobre México” de 1947 para dar cuenta de lo cometido.

En realidad ningún intelectual mexicano ha sido más congruente que el propio Cosío Villegas en el ejercicio de la crítica independiente. Muchos individuos que en nuestro días se autodenominan intelectuales críticos, así como académicos que dicen ser luchadores sociales deberían aprender un poco sobre la labor intelectual-político de este hombre.

Por otro parte, llama la atención el trabajo de Cosío Villegas en lo acertado de su crítica. Hoy es fácil decirlo pues la distancia transcurrida nos permite analizar y observar con mayor detenimiento lo que ocurría en aquellos años. ¿En qué acertó nuestro autor? “En que el régimen posrevolucionario, en la práctica, había abandonado sin remedio, ya sea por ineptitud, por insensibilidad o por irresponsabilidad, los principios ideológicos que le daban sustento y legitimidad de origen. En su lugar, las prácticas políticas se contaminaron de pragmatismo y corrupción, al grado de que se perdió por completo la brújula. En esas circunstancias, las metas de la Revolución Mexicana terminaron agotándose y el régimen posrevolucionario entró en una crisis política y moral, de credibilidad y de identidad, que se antojaba desde entonces muy difícil de revertir” [Cansino, 2012]”.

Realmente pareciera que la crisis nos sigue arropando desde sus tiempos hasta la actualidad, en sus términos: “el país está en una crisis política y moral de grave trascendencia, y si no se la reconoce y admite, y si no se hace el mejor de los esfuerzos, para remediarla, México caminará a la deriva, perdiendo un tiempo que un país tan retrasado en su evolución no puede perder, o se hundirá para no rehacerse quizás con una personalidad propia” [Villegas, 1947].

He aquí a un escritor y pensador ejemplar que sabe perfectamente que el  único compromiso posible de los intelectuales es con la verdad pública, que se asume como un sujeto político; que hace política desde una tribuna pero no desde las cloacas de los partidos políticos o algún otra institución parlamentaria y/o burocrática, pues su única labor con el quehacer político es simple: con la palabra escrita y hablada.

En suma, Daniel Cosío Villegas nos demuestra que criticar el discurso  y las acciones de las clases gobernantes no significa en principio estar apoyando a la oposición de un grupo político y muchos menos permanecer a las consignas de otra camarilla con alguna afiliación política y económica.

Criticar dialógicamente no es más que otra forma de hacer política democrática, es decir, de contribuir a formar y construir un nuevo imaginario social; un espíritu plural, en el cual los sujetos políticos son libres de decir, de pensar, de retribuir, de discernir y edificar un conocimiento político. En donde cabe la confrontación de las ideas, permitiendo que la crítica bien fundamentada haga prosperar el conocimiento. (Cansino, 2012).

 

Deporte moda, vida light y voluntad de poder

Corren los tiempos de la alabanza al cuerpo, la vida sana y de la búsqueda incesante de felicidad a partir de estereotipos que permitan acceder a diversos estándares que posibiliten un reconocimiento de voluntad, sapiencia y bienestar.

La época del deporte moralista ha llegado a su fin y su despliegue es gracias al deporte moda. La vieja actividad del deporte por virtud ha quedado en el pasado y ha sido sustituido por el deporte mercantilizado.

El universo deportivo en las sociedades modernas se diversifican a partir de la oferta y la demanda, lo que produce que los espacios públicos también se transformen para llevar a cabo dichas actividades: los parques deportivos al aire libre, las plazas comerciales con una gran variedad de tiendas de ropa deportiva, los gimnasios, los spas y las tiendas de productos naturistas se han convertido en la nueva sensación de prosperidad y reconocimiento.

El deporte se ha convertido en las últimas décadas en una de las manifestaciones típicas del sistema de moda generalizada, lo que provoca que el deporte también caiga en la senda de lo líquido, de lo inestable y de lo efímero.

El individuo arropado bajo esta condición de vida, no hace deporte por virtud sino por fe, por apariencia, por el ánimo de seducción y placer que le produce situarse ante el otro diferente y saludable.

Ya no es el deporte aristocrático de las élites económicas, políticas y culturales; ahora el deporte se masifica y se ofrece a la carta. Basta con observar la promoción acelerada de los productos-deporte y el marketing que corresponde al culto del cuerpo narcisista a través de las redes sociales y los medios tradicionales de comunicación (radio, televisión, periódicos).

Bajo este contexto, el deporte se ha desmoralizado y se ha liberalizado; ya que, quienes practican el deporte se han alejado de cualquier mira ideal o trascendente, sino más bien, el acto del deporte-moda se convierte en una saga de triunfos personales que se materializa en sociedad a partir de reconocimientos comunes. Lo que permite que el deporte se convierta en una cultura de masas individualistas.

En ese sentido, el deporte acoge y trasmite reglas morales que se deben ser adoptadas por todos aquellos que desean reconocimiento y bienestar.

En los últimos años se ha tratado de dar cuenta del extraordinario fervor por la actividad deportiva de nuestros contemporáneos, haciendo de éste una emblemática actividad en el ideal de la modernidad democrática y competitiva.

Estas conductas que se desprenden del culto al individuo “exige apenas que seamos delicados con nuestros semejantes y que seamos justos; que desempeñemos bien nuestra ocupación; que trabajemos en aquello para lo que estamos llamados, en la función que podamos desempeñar de modo óptimo, recibiendo la justa recompensa por nuestros esfuerzos” (Lipovetsky: 2003: 66).

Los individuos bajo este ambiente crean rituales de relajamiento corporal y mental con el propósito de conservar una vida sana y mantener lazos comunes de felicidad. Por eso, el individuo va al gimnasio, hace pesas, trota, asiste a clases de yoga, camina, escala, va al sauna a sudar, come dietas apropiadas, se engalana y de ahí vuelve al trabajo, a la escuela o a cualquier lugar donde ocupe su tiempo. El individuo moderno se exige a sí mismo para lograr todo lo posible hasta llegar a aquello que le es imposible. Al respecto, Chul Han menciona: “El hombre del rendimiento se encuentra en guerra consigo mismo y en medio de todos los que no logran sus propósitos (…) campea su depresión. Es la enfermedad de una sociedad positiva sumamente productiva” (Chul-Han, 2015: 85). De manera que tenemos a un sujeto libre que se obliga a sí mismo a rendir, pero que su trama de libertad lo lleva al extremo cansancio y eso lo conduce al aburrimiento.

El entusiasmo que invade a los individuos en ocasión de la actividad del deporte no es el signo del embrutecimiento de las masas, es la expresión individualista de la democratización del sentido de la estética hazañistica de los cuerpos.

Víctor Hugo López Llanos[1]

[1] [1] Expolitologo. Maestro en Humanidades y Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y Maestro en Estudios Políticos y Sociales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Actualmente coordina el seminario “El léxico de la política” en la UACM, es columnista de la revista “Quehacer político” y profesor del Colegio de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

La libertad intelectual en el pensamiento de Octavio Paz

La libertad es indefinible;

no es un concepto sino una experiencia concreta y singular,

enraizada en un aquí y un ahora irrepetibles.

Por ser siempre distinta y cambiante la libertad es historia.

Mejor dicho,

la historia es el lugar de la manifestación de la liberta.

Octavio Paz, Discurso de Jerusalén

“Si no hay reflexión sobre la libertad simplemente no puede haber  filosofía política” (Paz, 1996). La libertad fue uno de los temas que más apasionó a Octavio Paz durante toda su vida. Además de ser un gran defensor de sus causas y virtudes, también hacia de ella motivo de inspiración en diferentes momentos de su poesía y pensamiento. De ahí que podamos encontrar en sus diversos ensayos y poemas la ocupación y  la preocupación por el desarrollo y acción de la libertad. ¿Qué es un intelectual sino tiene la libertad para crear o transmitir  sus ideas a sus lectores, seguidores, admiradores y oyentes? (Paz, 1996), se peguntaba en diversas ocasiones en entrevistas que le hacían al respecto.

La libertad, si bien en la mayor parte de las discusiones se enfocan a su carácter filosófico, ético y político. Para Paz la libertad era mucho más que eso, ya que para nuestro pensador, la libertad se deposita en las letras, en el amor, en la vida y en la muerte. En la independencia del intelectual frente al príncipe y el poder, depositándose en la vida cotidiana.

Para Octavio Paz no puede haber libertad si no existe el ejercicio de la crítica y de la autocrítica. En ese sentido, no hay crítica si no hay libertad. Su pasión por esta condición humana fue igual que la concepción orteguiana de la vida y del hombre: un continuo gerundio.

De ahí que su celo por la libertad sea muy parecido al que tuvo Aristóteles por la verdad. El poeta desde sus primeros escritos demuestra que el tema de la libertad es fundamental para su labor y su causa. En 1935 cuando apenas tenía 21 años de edad escribió:

“El principio de la libertad está ligado con el de la verdad. Yo no soy libre de decir una mentira. Si digo una mentira, a sabiendas, no ejercito la libertad, sino la esclavitud… todo el mundo quiere huir de la libertad; muchos, aterrorizados quizá por la falta de congruencia de algunos tiranos que hablan de la libertad mientras la violan –y otros, fascinados. Se requiere substituir a la libertad por el mito totalitario. ¡Como si eso fuera posible! Los mitos dice Malraux, no acuden a nuestra razón, sino a nuestra complicidad” (Paz, 1988:71).

Este argumento demuestra que Paz estaba inmerso en la difícil circunstancia internacional por la que atravesaba el mundo en la década de los treinta del siglo XX, en la que las dictaduras totalitarias y autoritarias conducían al mundo hacía sendas inhóspitas. Sus palabras bajo este contexto se inscribieron a la tradición existencialista de El ser y tiempo (1927) de Heidegger y El Ser y la nada (1943) de Sartre. Justo como se puede mostrar al respecto: “La libertad absoluta es la nada, ser libre es un contrasentido, pues el ser se opone a la libertad” (Paz, 1988:72).

En ese sentido, la libertad no es entonces un tema de la ética, sino también de la política por lo que se convierte en una cuestión fundamental del quehacer político. Por lo tanto, esta condición llevó a Paz a convertirse en un intelectual crítico cuya aflicción atravesaba por la necesidad de abrir espacios para la política en México y el mundo.

En consecuencia, si podemos ubicar una filosofía política de Octavio Paz sin duda, la condición de la libertad es el epicentro de su pensamiento, utilizando a la poesía y a la literatura como su hermenéutica cuyo propósito es develar el sentido de su existencia y la importancia de ésta para desarrollar una sociedad más justa, digna y equilibrada.

Sin embargo, para comenzar a realizar una filosofía política es necesario pasar por los sentidos de la literatura. El poeta dice: “Nadie debería atreverse a escribir sobre temas de filosofía y teoría política sin haber leído y meditado a los trágicos griegos, así como, a Shakespeare, a Dante y a Cerventes, a Balzac y a Dostoiesvsky” (Paz, 1993: 128).

En diversas ocasiones a los literatos, poetas y pensadores han sido menospreciados para la acción política. Ya que sus textos son vistos como meros soliloquios alejados de la realidad, aunque sin duda alguna la influencia de la teoría política en la praxis es indiscutible. Grandes textos de filosofía política no pasan inadvertidos y tienen una gran vigencia actual.

Desde la Grecia antigua, los filósofos y literatos han aportado grandes ideas para la política. Sin embargo, los poetas casi siempre han sido considerados como mitómanos, ya que juegan con la fantasía para alejarse de la realidad. Por lo que muchas veces la poesía es considerada como algo inútil y un elemento poco trascendente para entender a la sociedad en su relación con el poder político, y sobre todo, es poco convencional para llevar a cabo la acción política en donde sea posible la búsqueda de la felicidad pública. De ahí que no sea raro que Platón en La República no considere a los poetas como parte de la ciudad virtuosa.

Sobre la misma dinámica, Braulio Peralta le preguntó una vez a Octavio Paz cuál fue la razón por la que Platón pretendía expulsar a los poetas de la República, Paz responde:

Para los griegos  los poetas eran los autores de los mitos y él estaba en contra de los mitos. La hostilidad frente a la poesía es de origen moral: la poesía es peligrosa porque expresa la parte irracional del hombre, sus pasiones, sus deseos, sus sueños. El poeta inventa imágenes y figuras más o menos reales con sentimientos y pasiones humanas que rompen el orden social (Peralta, 1996:25).

Sin embargo, hay que decir, que en realidad quienes hay profanado la palabra y prostituido la política no han sido ni los literatos y poetas sino los mismos gobernantes, que convertidos en demagogos, corrompen el honor del Estado al violar la ley, mentir para sus adeptos y desvirtuar el lenguaje para el bien privado y no velar por el bien público. No obstante, Paz también estaba consciente de la corrupción de la palabra en los intelectuales, poetas y pensadores.

Para evitar estas frivolidades Paz consideraba que era necesario democratizar a las sociedades para tener un desarrollo social, económico, cultural y político pues sólo así la labor de los intelectuales y pensadores frente al poder jugará un mecanismo de crítica, dialéctica, reflexión y retroalimentaciones entre quienes detentan el poder y quienes lo sojuzgan a partir de la razón y el pensamiento.  A partir de este dinamismo se desarrolla la plena libertad. Si no hay libertad intelectual no puede haber libertad política.

Octavio Paz fue un hombre libre  que defendió con pasión todas las formas de libertad: libertad para pensar; escribir; meditar; discutir; reflexionar; discernir; actuar; trabajar; entretenerse; cultivarse; de votar y ser votado; de movilizarse; de educarse y de amar. Por lo tanto, la libertad era para Paz una continua elección y una virtud inevitable. “Somos seres capaces de escoger. Y de ser escogidos. De aceptar y rechazar. En esto consiste la libertad. Y esto, justamente, es lo que tenemos que defender. La libertad es el núcleo de la persona” (Paz y Ríos, 199:178).

Octavio Paz como artista y como esteta suscribe las palabras que pronunció Ludwig van Beethoven: “hacer todo el bien que se pueda. Amar la libertad ante todo, y aunque fuera por un trono, no traicionar jamás la libertad” (Romain, 1968: 457). Paz defendió su vocación de poeta. No obstante jamás se desmarcó de los terrenos de la filosofía. Sólo basta con leer El arco y la Lira y podremos observar su acercamiento a autores filosóficos importantes como Aristóteles y su metafísica; así como las consideraciones de Étienne Gilson, conocedor de la filosofía medieval, San Agustín, Kant, Hegel, Kierkegaard, Nietzsche, Heidegger, Unamuno, José Ortega Gasset, Sartre, José Gaos entre otros.

En suma, para Octavio Paz el carácter de la libertad se materializaba en la vida ordinaria del individuo como parte de su elección pero también se convertía en un elemento que sólo se accede a ella a través de la acción política deconstruyendo su sentido concreto a partir de la poesía, la filosofía y por supuesto, la propia literatura. En consecuencia su poesía y su filosofía política se entienden precisamente desde la libertad. Es por ello que Paz hizo de la libertad el motor  su obra.

Hoy más que nunca, el sentido de la libertad y su búsqueda inminente abre nuevas posibilidades y formas de relacionarse, apertura nuevos saberes y sobretodo produce nuevos pensamientos. La libertad, en consecuencia, sigue siendo nuestra utopía y nuestro motor incesante.

Fuentes.

Paz, Octavio (1993). Itinerario. México: Fondo de Cultura Económica.

———- (1988). Primeras letras. (1931-1943). México: Vuelta.

——— (1996). Obras completas. México: Fondo de Cultura Económica.

Paz, Octavio y Rios, Julian (1999). Sólo a dos voces. México: Fondo de Cultura Económica.

Peralta, Braulio (1996). El poeta en su tierra. Diálogos con Octavio Paz. México: Grijalbo

Rolland, Romain (1968). Obras escogidas. Madrid: Aguilar.