Consideraciones sobre la mujer: no es un enésimo monólogo sobre la vagina

En la actualidad la condición de la mujer se ha puesto en vilo de la voz pública por diferentes acontecimientos atroces, que conlleva a toda la sociedad en su conjunto a debatir, reflexionar, enjuiciar y muchas veces a estigmatizar el sentido de lo que significa ser mujer en el mundo actual.

Desgraciadamente, las mujeres son tema de discusión y de análisis no por la importancia que son ellas para la construcción de una sociedad más equitativa, justa, libre y digna. Sino por las atrocidades que han padecido en los últimos años: muertes, violaciones, desapariciones, acosos y un sinfín de descalificaciones y estigmas acerca de su condición de vivir en sociedad de forma autónoma, libre e independiente.

Comúnmente cuando deambula por diferentes espacios públicos o se queda en el abismo de las redes sociales, con frecuencia se encuentran frases como: “las matan por putas”, “las mujeres en donde corresponden; en la cama y en las lavadoras”, “feminazis”, y una serie de descréditos execrables que no sólo atentan contra la integridad de la mujer, sino, me atrevería decir, de cualquier persona que tenga derecho a vivir plenamente bajo la responsabilidad de sus decisiones y actos.

A estos ataques y agresiones verbales que no necesariamente se dejan leer por hombres, sino también por las propias mujeres, el movimiento feminista se ha visto afectada por la malversación ideológica de lo que el feminismo realmente representa: sus propósitos, su motivo, sus objetivos, su filosofía y sus formas de acción. Debido a que el feminismo ha sido relegado por el estigma del mujerismo.

El mujerismo más allá de establecer epistémica, filosófica y argumentativamente la condición de ser mujer como lo hace el feminismo, el mujerismo se encarga de radicalizar el discurso feminista y llevarlo a su condición ignorante de ejecución, opinión y crítica. En el cual se caracteriza por las posiciones reaccionarias, por la negación de la otredad y por el insulto constante de la pluralidad.

El mujerismo se manifiesta en su estado esencial de lo que significa ser mujer. Es decir, ¿son mejores las mujeres que los hombres?  Es obvio que las mujeres no son mejores o peores que los hombres, sino simplemente, como cualquier individuo son diferentes.

Sin embargo, este tipo de esencialismo y de discursos malamente estudiados y adoptados, han sido muy atractivos para diversas mujeres que se conciben como malamente feministas, que sin asombro alguno se auto conciben como seres superiores por el hecho, por ejemplo: de decidir no embarazarse, la maternidad, el compaginar las actividades domésticas con las profesionales, por la capacidad de raciocinio. Estas formas de pensar, es una forma que nos instala en una suerte de mujerismo o hembrismo igual de perverso  a la idea patriarcal, o comúnmente llamado machismo. En ese sentido, el “mujerismo es algo así como un síntoma de enfermedad que acusa  el feminismo” (Cansino, 2011).

Bajo este embrollo nace una paradoja. Ya que el mujerismo se hace conservador atentando contra los ideales libertarios que establece el propio feminismo.  A menudo uno se encuentra con discursos realmente dogmáticos y sexistas que atraviesan, incluso,  los campos del conocimiento. Uno se encuentra constantemente con personas que piensa que se debe refundar la epistemología patriarcal, por una epistemología feminista, o se debe crear una sociología feminista, una ciencia política feminista y hasta unas ciencias exactas feministas. Como si la ciencia tuviera un género. No abogo por la exclusión de pensamiento, de posiciones y de aportaciones que nos ayuden a comprender mejor este mundo caótico, sino al contrario, la ciencia hoy más que nunca debe ser incluyente, propositiva, atrevida y sobre todo juzgada y aclarada bajo sus propios términos y condiciones. Y tanto como los hombres como las mujeres de ciencia son vitales y fundamentales para su construcción.

En consecuencia, el mujerismo es una enfermedad del propio feminismo  que homogénea perversamente el propio movimiento. No existe ningún grupo político, social o cultural que no matice sus posiciones, eso está más que claro. Y desde mi perspectiva, eso representa  la importancia  de construir movimientos, ya que además de fortalecer los lazos democratizadores del individuo, la sociedad y las instituciones del Estado, reconfigura el pensamiento, modifica los lazos de relación y construye otros mundos posibles a partir de la diversidad y la pluralidad. Por tal motivo, encontramos en el mismo pensamiento feminista subcorrientes como: feminismo de la igualdad, feminismo marxista, feminismo revolucionario, la visión queer del feminismo, el posfeminismo, el alter feminismo, el feminismo por la diferencia. Y diversas posiciones, que dentro del gran movimiento feminista encuentra motivos y que hacen de las ideas, el pensamiento y la crítica argumentada arquetipos éticos, teóricos, epistémicos y lingüísticos que fundamenta un ideal de sociedad.

Considero que habría que hacer una autocrítica sobre: ¿hasta dónde quedó atrapado el feminismo?, ¿cuáles son las problemáticas a las que se encuentra?, y, ¿cómo evitar la desvitalización del movimiento a través del mujerismo? Sara Sefchovich en su libro ¿son mejores las mujeres?  Establece que en nuestros tiempos, no se puede hablar sólo de la mujer, sino de las mujeres, reconociendo, efectivamente,  las diferencias  que existen entre ellas, pero habría que preguntarnos: ¿qué significa ser mujer  en un mundo donde reina el caos y la incertidumbre?, ¿en el mundo globalizado se puede definir qué significa ser mujer? Con la liberación del cuerpo y de la sexualidad existen hombres que teniendo pene se implanta senos y se concibe como mujer. En este caso, tal vez ser mujer no se reduce a una forma  fisiológica, sino, más bien, es una forma de vida. Charlando con un amigo transexual me decía: “yo sé que tengo pene, que me crece la barba y a veces tengo todos los rasgos “naturales” de un hombre; pero yo me siento mujer, no porque me vista con vestidos o me maquille la cara, sino porque pienso como mujer, tengo sentimientos de mujer y me presento ante los otros como una mujer hecha y derecha”.

En los tiempos del boom academicista, tal parece que el feminismo se volvió más un asunto de encuentros de académicos que en un asunto que busque establecer sus diálogos y aportaciones en la vida cotidiana de las mujeres. Tal parece que se perdió en discusiones demasiado refinadas por especialistas que buscar construir otros derroteros en donde quepan muchos mundos posibles.

No es mi propósito atacar a mis amigas feministas, ni a la filosofía y al movimiento como tal, ni mucho menos establecer una crítica mal intencionada a  sus ideales. Sino más bien creo que quizá llegó el tiempo  de repensar seriamente al feminismo y a la noción de género. Siendo un tema  que no sea exclusivamente de las mujeres, sino también, de los propios hombres interesados en el tema.

Hoy más que nunca necesitamos de las mujeres que piensan, que argumentan, que sueñan con establecer y alcanzar un ideario de sociedad, con mujeres que denuncien las injusticias, que vivan libres sin estigmas y sin  ataduras, que decidan sobre su propio cuerpo, su vida privada y pública. Que luchen por alcanzar el ideal democrático de sus derechos elementales y se expresen en la cama, en la casa y nuestro país por el bien de ellas y de todos nosotros, los diferentes.  Y estoy seguro que para comenzar alcanzar dicho tipo ideal y hacerlo realidad, se consigue con autocrítica, pensamiento y acción.

El mujerismo como el machismo también mata.

 

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Los partidos políticos y el trampolín “exitoso” de la vida académica

Tal parece que aquella vieja idea de que las instituciones que devienen y hacen política en relación con el Estado, en específico,  los partidos políticos se encontraban en crisis, es una vieja anulación que ha quedado en el pasado.

En México los partidos políticos están más vivos que nunca, así como su para ingenuidad y sus propósitos para sus afiliados e ideólogos; no sólo para conseguir bienes comunes, si no, según proclaman sus panegíricos, consolidar la tan ansiada democracia mexicana.

Basta con tan sólo adentrarse en las redes sociales para darse cuenta de la cantidad de personas que de verdad creen y defienden los procesos electorales y la pertinencia de llevar cabo acciones políticas desde la trinchera partidista. Y eso incluye desde jóvenes, adolescentes, adultos y personas mayores.  Y entre ellos, diversas personas que se dedican a cualquier actividad: obreros, estudiantes, amas de casa, académicos, burócratas, comerciantes…Este síntoma demuestra que los partidos políticos en la era del malestar en la democracia no solamente se han convertido en la piedra de toque del quehacer político, sino además, se han  convertido en la vía para alcanzar propósitos que tienen que ver con seguridades y protecciones sociales.

Sin embargo, la realidad, demuestra que los partidos políticos, más allá de representar a sectores de la sociedad, no representan más que a sus propios intereses, sin que ello afecte su reputación y su credibilidad, porque de ser el caso, millones de personas dejarían de creer en una institución, que al menos en nuestro país, son grupos de mafiosos que utilizan los mecanismos de los partidos políticos para mantener sus beneplácitos e intereses privados.

Pertenecer a un partido político en nuestros tiempos asegura bienestar personal y reputación social. Esto lo tienen bien entendido aquellos intelectuales que por lo regular, los define “el progresismo”, el discurso romántico y sobre todo la pose por la defensa de las causas perdidas que se encuentran en temas como: la defensa de los derechos humanos, la justicia social, el desarrollo y la creación de instituciones que posibiliten una mayor calidad de la democracias a partir de la transparencia, la rendición de cuentas o la preservación de la gobernabilidad a través de políticas públicas.

Si bien estos aparatos de la nueva democracia son fundamentales para la preservación de la misma, estos elementos son utilizados por esos intelectuales progres más por la retórica para generar adeptos tanto de sus pares como de sus sequitos de seguidores, que por la consolidación de estos dispositivos de control y vigilancia.

En ese sentido, los intelectuales que su afinidad es la política partidocrática encuentran en los partidos políticos comodidades, así como prebendas altamente rentables. De ahí que en nuestros tiempos haya un sinfín de académicos e intelectuales proto-críticos   que defiendan a capa y espada la labor de los partidos políticos sin importar que tan cínicos y corruptos sean.

Sin caer en la generalidad, para muchos que dicen trabajar con las ideas, es decir, quienes escriben libros, imparten conferencias, son profesores universitarios, publican artículos o ensayos en revistas indexadas, lo más fácil, para muchos de ellos es ofertar sus servicios al mejor postor. Y en este caso, el partido político es el trampolín del éxito y del reconocimiento académico.

En nuestros tiempos, tal parece que nadie se cuestiona  si con ello se pierde credibilidad como intelectual y como académico pues todo el mundo lo hace. En ese sentido, en un medio profesional tan acostumbrado a la mediocridad, a la vanagloria y a la confesión políticamente correcta, emplearse con los poderosos- ya sea a través de consultores, asesores, promotores, ideólogos, mercadólogos-, reivindicar la crítica y la independencia intelectual, en la actualidad resulta una tarea ilusa, pobre y hasta frívola.

En consecuencia, sigo pensando que el único compromiso plausible de los intelectuales y de los académicos, que al menos se interesan por la política, es el quehacer con la difusión y la divulgación de las ideas, sin quedarse, como es oportuno,  en el soliloquio que produce el escritorio o la soberbia que generan los olimpos que resguardan las universidades.

Por lo tanto, el quehacer político a través de la ideas requiere plena independencia del poder, de lo contrario, esos académicos e intelectuales se convierten en personas que se acomodan a lo que sea y a lo que pueden.

De ahí que hoy más que nunca el reconocimiento social de convertirse en asesor o consultor sea lo mejor que a alguien le pueda pasar, sobre todo al gremio de un sinfín de politólogos al que pertenecí por algún tiempo de mi vida.

Quienes consideren inscribirse  en los difíciles y caóticos ambientes que producen las ideas en su relación con la acción política deben mantener la virtud de la congruencia,  la honestidad, del valor de la crítica argumentada y sobre todo la plana libertad de atribuir ideas y respetar los disensos de los otros. La independencia intelectual no supone para los académicos e intelectuales renunciar a hacer política, pero sí a vender la pluma e ideas a los políticos profesionales, y por ende, también a los partidos políticos.

Considero que un intelectual con buenos cimientos de credibilidad puede opinar sobre todo lo que le preocupa sin más límite que su conciencia y sus convicciones; e incluso puede hacer públicas sus afinidades ideológicas o partidistas, pero cuando cobra por asesorar  partidos políticos, políticos profesionales, por apoyar a candidatos a algún cargo de representación popular o busca deliberadamente un beneficio personal con ello, no sólo sus ideas pierden autonomía, sino también, se convierte en un mercenario de las ideas.

En suma más vale navegar a contracorriente que subirse al barco de la conveniencia. Más vale que nuestros lectores o colegas comprometidos nos exhiban con críticas fundamentadas sobre algún ensayo o artículo y eso fomente el debate, la reflexión  y el análisis a que nos llamen vendidos o hipócritas de cubículo. Más vale el ostracismo que la incongruencia. Más vale ser uno mismo en la academia y en cualquier ámbito de nuestra vida que ser un reconocido intelectual exitoso lleno de  podredumbre y ostracismo.

Daniel Cosío Villegas y el quehacer intelectual frente a la política

Uno de los intelectuales del siglo XX  que ocupan, desde mi perspectiva, un lugar destacado en la composición del quehacer intelectual frente a la política. Más allá de la congruencia, afinidad por sus ideas o fidelidad que estos grandes pensadores mexicanos pudieron haber tenido en la práctica como para la misma. Es Daniel Cosío Villegas, un intelectual ejemplar en el análisis de la política mexicana, así como su relación autónoma, crítica e independiente frente a su labor político.

Cosío Villegas fue quizá el intelectual más polémico y comentado de la época. Sus diversas obras son representaciones ejemplares de un ejercicio elegante de la crítica sobre el régimen posrevolucionario que alcanzaron gran difusión e impacto en su momento tanto en la esfera política, académica e intelectual de aquellos tiempos.

Villegas fue fundador de importantes instituciones culturales como el Fondo de Cultura Económica así como del Colegio de México,  por lo que tuvo que colaborar con los gobiernos en turno, pero su obra es una clara constancia de su capacidad crítica como historiador, ensayista y politólogo.

Cosío Villegas pensaba que la primera tarea fundamental de cualquier persona que se considerara intelectual y asumía un cargo en un gobierno debía renunciar a ser intelectual, aunque también sabía que era mucho pedir a sus pares y colegas  que preferían vivir en la simulación antes que renunciar a los privilegios que supone ser considerado un  individuo de letras.

En diversos ensayos sorprende su forma combativa y ácida. Algunas veces discurriendo filosamente contra los procesos políticos de aquellos tiempos. En diversas obras podemos dar cuenta de su crudeza y valentía para poner en tela de juicio las prácticas del viejo régimen autoritario, no importando las consecuencias adversas que su crítica incisiva pudieran traerle en su vida privada. Sólo basta con leer su ensayo “La crisis sobre México” de 1947 para dar cuenta de lo cometido.

En realidad ningún intelectual mexicano ha sido más congruente que el propio Cosío Villegas en el ejercicio de la crítica independiente. Muchos individuos que en nuestro días se autodenominan intelectuales críticos, así como académicos que dicen ser luchadores sociales deberían aprender un poco sobre la labor intelectual-político de este hombre.

Por otro parte, llama la atención el trabajo de Cosío Villegas en lo acertado de su crítica. Hoy es fácil decirlo pues la distancia transcurrida nos permite analizar y observar con mayor detenimiento lo que ocurría en aquellos años. ¿En qué acertó nuestro autor? “En que el régimen posrevolucionario, en la práctica, había abandonado sin remedio, ya sea por ineptitud, por insensibilidad o por irresponsabilidad, los principios ideológicos que le daban sustento y legitimidad de origen. En su lugar, las prácticas políticas se contaminaron de pragmatismo y corrupción, al grado de que se perdió por completo la brújula. En esas circunstancias, las metas de la Revolución Mexicana terminaron agotándose y el régimen posrevolucionario entró en una crisis política y moral, de credibilidad y de identidad, que se antojaba desde entonces muy difícil de revertir” [Cansino, 2012]”.

Realmente pareciera que la crisis nos sigue arropando desde sus tiempos hasta la actualidad, en sus términos: “el país está en una crisis política y moral de grave trascendencia, y si no se la reconoce y admite, y si no se hace el mejor de los esfuerzos, para remediarla, México caminará a la deriva, perdiendo un tiempo que un país tan retrasado en su evolución no puede perder, o se hundirá para no rehacerse quizás con una personalidad propia” [Villegas, 1947].

He aquí a un escritor y pensador ejemplar que sabe perfectamente que el  único compromiso posible de los intelectuales es con la verdad pública, que se asume como un sujeto político; que hace política desde una tribuna pero no desde las cloacas de los partidos políticos o algún otra institución parlamentaria y/o burocrática, pues su única labor con el quehacer político es simple: con la palabra escrita y hablada.

En suma, Daniel Cosío Villegas nos demuestra que criticar el discurso  y las acciones de las clases gobernantes no significa en principio estar apoyando a la oposición de un grupo político y muchos menos permanecer a las consignas de otra camarilla con alguna afiliación política y económica.

Criticar dialógicamente no es más que otra forma de hacer política democrática, es decir, de contribuir a formar y construir un nuevo imaginario social; un espíritu plural, en el cual los sujetos políticos son libres de decir, de pensar, de retribuir, de discernir y edificar un conocimiento político. En donde cabe la confrontación de las ideas, permitiendo que la crítica bien fundamentada haga prosperar el conocimiento. (Cansino, 2012).

 

Gabriel Zaid y el  acto de la crítica

 

Para comenzar por transformar el estado actual de las cosas que se generan a partir de los diversos conflictos que devienen de la actividad social, cultural, económica y política es necesario iniciar por el acto de la crítica.

Se crítica para debatir, para reflexionar, para cuestionar y para evolucionar. Se critica por inconformidad y en consecuencia para proponer y discernir. El individuo se hace crítico por la incapacidad para quedarse callado ante lo que él considera mal hecho, injusto, corrupto y mal habido. La crítica así como la libertad es consustancial a la condición humana. Hacer y construir van de la mano. La crítica, en otras palabras, “es el brazo que lanza y la voz que piensa que el tiro pudo haber sido mejor” (García, 2014).

El acto de la crítica por lo regular siempre se manifiesta en la vida cotidiana. Se crítica a uno mismo para pasar a la crítica del mundo; de los otros diversos y plurales. Se crítica al prójimo y sus formas de organizarse. Se crítica al poder político en su relación con la sociedad, así mismo se crítica a la sociedad en su disyuntiva con el individuo y su arquetipo ético y cultural. La crítica tiene como virtud el acto público, por lo que esta condición la convierte en el cuarto poder.

El individuo no puede vivir sin crítica, aunque claramente esta posibilidad algunas veces la hace incómoda, estorbosa. A veces es un ejercicio para personas morbosas, polutas y aguafiestas. Julio Ruelas “dibujó a la crítica como un enorme mosquito taladrando la cabeza de quien la sufre”. En ese sentido, son muy pocos los que de verdad aceptan el valor de la crítica. Por lo que también son pocos los que creen que partir de la crítica es posible comenzar a construir un mundo mejor. Ese es el papel que juega la crítica en la política, en la sociedad, en la económica y en la cultura. En nuestros tiempos es un privilegio para la sociedad contar con grandes críticos.

México ha dado grandes exponentes de la crítica basta con mencionar algunos como: Jorge Cuesta, Alfonso Reyes, José Revueltas, Daniel Cosío Villegas y el gran Octavio Paz, así como grandiosas mujeres como: Sor Juana Inés de la Cruz, Rosario Castellanos, Hermila Galindo, Esperanza Brito de Marti o Elvia Carrillo Puerto. Grandes críticos de ideas, de situaciones y de hechos concretos. Estos personajes invaluables de la crítica mexicana son la fiel expresión de que se crítica para cambiar.

Gabriel Zaid, por su parte, cuando tenía apenas dieciocho años de edad; en 1952 se inició como crítico teatral en una revista que llevaba el nombre El borrego  que editaba la sociedad de alumnos del Tecnológico de Monterrey. Desde entonces han transcurrido sesenta y cinco años en el cual Zaid no ha dejado de lado el acto de la crítica, pero sobre todo, ha hecho de este ejercicio un apostrofe de su quehacer poético, intelectual y literario.

Desde sus comienzos Zaid demostraba que la crítica era fundamental para la apertura democrática de México por allá en los ya lejanos años sesentas del siglo XX. En ese sentido, Zaid “puso la muestra de que la crítica razonada y respetuosa era posible y necesaria, como salida del conflicto en curso del estancamiento político en México”.

La obra de nuestro autor no tiene doble cara o intenciones ocultas para ocupar un cargo público, sus textos dicen lo que deben decir, su obra se caracteriza por la transparencia de la crítica, de la contundencia que establece en sus  ideas propuestas, no son textos ni de “derecha”, ni de “izquierda”. Son argumentos que simplemente son crítica de la realidad.

Desde que Zaid publicaba su columna en la revista Plural nuestro autor se propuso desmontar a fondo el sistema mexicano, criticar no sólo sus excesos y sus vicios, sino las causas que lo habían llevado a ese lamentable estado de podredumbre servil, de caos, nepotismo,  violencia y corrupción. Basta con checar y leer su obra El progreso improductivo que reúne todos esos artículos para darse cuenta de su valor ateniente por la crítica de su contexto y de su realidad social y política de nuestro país en aquellos años.

Por lo regular en México no acostumbramos a razonar nuestros problemas y quienes pretenden ejercer el acto de  la crítica caen en las sendas del poder político, captándolos y convirtiéndolos en rapiñas de las letras para justificar un proyecto de algún partido político, personaje empresarial o grupo con algún tipo de interés lo que hace que muchos críticos pseudointelectuales se caractericen por la incongruencia.

Pero si de coherencia intelectual se trata sin duda hay que voltear a mirar a Gabriel Zaid, el crítico más agudo de nuestro país. Para él lo que cuenta es lo que autor escribe, no su persona. Para Zaid todavía aún más lo verdaderamente importante es lo que se lee. De ahí que cada lector se imagine de algún modo al autor que se aprecia con sus obras. No es casualidad que nuestro autor haya decidido ocultar su imagen  para que se hablara de su obra y no de su imagen. Sin embargo, el poeta nunca renunció al espacio público de la ciudad, por lo que el debate, las ideas y el diálogo permanente eran sus mejores estandartes.

Nadie como el poeta Zaid ha desmenuzado la mediocridad y la falsedad de las instituciones oficiales y no oficiales encargadas de promover la cultura. Nadie como él ha criticado con ironía y autoridad a toda la podredumbre intelectual en su carrera desenfrenada por la fama y el poder.

Quienes defendemos y creemos en la ética, en la credibilidad, en la autonomía y en la congruencia intelectual, las lecciones de Gabriel Zaid son invaluables. Ya que nos ha enseñado a defender la independencia intelectual, a rechazar el pensamiento dogmático y militante,  creer en la verdad pública tejida entre todos y cada uno de quienes habitan en la sociedad por muy diversos y plurales que seamos, a reivindicar el ensayo como medio para entrelazarnos con nuestra tradición humanista y  folclórica de nuestro presente muchas veces lleno de pesimismo e incertidumbre; con el orgullo de pensar y escribir en español, a salir de la academia para adentrase a la calle, a la plaza pública a el lugar en donde la política se recrea, se nutre, se construye y se transforma; en esa política en donde se depositan los sueños y los deseos, de los imaginarios colectivos y las realidades cotidianas, ahí en donde la verdadera transparencia por cambiar la situación de nuestras realidades aqueja, frustra, violenta, incrimina y demanda.

Zaid muestra su verdadero rostro al ser reconocido como un escritor y un poeta reconocido, inspirador de viejas y nuevas generaciones jóvenes de hombres y mujeres de las letras, periodistas, académicos, investigadores, poetas, entre tantos otros. Es por ese motivo que Gabriel Zaid es en la actualidad el último y el más importante pensador crítico de México.

 

Deporte moda, vida light y voluntad de poder

Corren los tiempos de la alabanza al cuerpo, la vida sana y de la búsqueda incesante de felicidad a partir de estereotipos que permitan acceder a diversos estándares que posibiliten un reconocimiento de voluntad, sapiencia y bienestar.

La época del deporte moralista ha llegado a su fin y su despliegue es gracias al deporte moda. La vieja actividad del deporte por virtud ha quedado en el pasado y ha sido sustituido por el deporte mercantilizado.

El universo deportivo en las sociedades modernas se diversifican a partir de la oferta y la demanda, lo que produce que los espacios públicos también se transformen para llevar a cabo dichas actividades: los parques deportivos al aire libre, las plazas comerciales con una gran variedad de tiendas de ropa deportiva, los gimnasios, los spas y las tiendas de productos naturistas se han convertido en la nueva sensación de prosperidad y reconocimiento.

El deporte se ha convertido en las últimas décadas en una de las manifestaciones típicas del sistema de moda generalizada, lo que provoca que el deporte también caiga en la senda de lo líquido, de lo inestable y de lo efímero.

El individuo arropado bajo esta condición de vida, no hace deporte por virtud sino por fe, por apariencia, por el ánimo de seducción y placer que le produce situarse ante el otro diferente y saludable.

Ya no es el deporte aristocrático de las élites económicas, políticas y culturales; ahora el deporte se masifica y se ofrece a la carta. Basta con observar la promoción acelerada de los productos-deporte y el marketing que corresponde al culto del cuerpo narcisista a través de las redes sociales y los medios tradicionales de comunicación (radio, televisión, periódicos).

Bajo este contexto, el deporte se ha desmoralizado y se ha liberalizado; ya que, quienes practican el deporte se han alejado de cualquier mira ideal o trascendente, sino más bien, el acto del deporte-moda se convierte en una saga de triunfos personales que se materializa en sociedad a partir de reconocimientos comunes. Lo que permite que el deporte se convierta en una cultura de masas individualistas.

En ese sentido, el deporte acoge y trasmite reglas morales que se deben ser adoptadas por todos aquellos que desean reconocimiento y bienestar.

En los últimos años se ha tratado de dar cuenta del extraordinario fervor por la actividad deportiva de nuestros contemporáneos, haciendo de éste una emblemática actividad en el ideal de la modernidad democrática y competitiva.

Estas conductas que se desprenden del culto al individuo “exige apenas que seamos delicados con nuestros semejantes y que seamos justos; que desempeñemos bien nuestra ocupación; que trabajemos en aquello para lo que estamos llamados, en la función que podamos desempeñar de modo óptimo, recibiendo la justa recompensa por nuestros esfuerzos” (Lipovetsky: 2003: 66).

Los individuos bajo este ambiente crean rituales de relajamiento corporal y mental con el propósito de conservar una vida sana y mantener lazos comunes de felicidad. Por eso, el individuo va al gimnasio, hace pesas, trota, asiste a clases de yoga, camina, escala, va al sauna a sudar, come dietas apropiadas, se engalana y de ahí vuelve al trabajo, a la escuela o a cualquier lugar donde ocupe su tiempo. El individuo moderno se exige a sí mismo para lograr todo lo posible hasta llegar a aquello que le es imposible. Al respecto, Chul Han menciona: “El hombre del rendimiento se encuentra en guerra consigo mismo y en medio de todos los que no logran sus propósitos (…) campea su depresión. Es la enfermedad de una sociedad positiva sumamente productiva” (Chul-Han, 2015: 85). De manera que tenemos a un sujeto libre que se obliga a sí mismo a rendir, pero que su trama de libertad lo lleva al extremo cansancio y eso lo conduce al aburrimiento.

El entusiasmo que invade a los individuos en ocasión de la actividad del deporte no es el signo del embrutecimiento de las masas, es la expresión individualista de la democratización del sentido de la estética hazañistica de los cuerpos.

Víctor Hugo López Llanos[1]

[1] [1] Expolitologo. Maestro en Humanidades y Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y Maestro en Estudios Políticos y Sociales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Actualmente coordina el seminario “El léxico de la política” en la UACM, es columnista de la revista “Quehacer político” y profesor del Colegio de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

La libertad intelectual en el pensamiento de Octavio Paz

La libertad es indefinible;

no es un concepto sino una experiencia concreta y singular,

enraizada en un aquí y un ahora irrepetibles.

Por ser siempre distinta y cambiante la libertad es historia.

Mejor dicho,

la historia es el lugar de la manifestación de la liberta.

Octavio Paz, Discurso de Jerusalén

“Si no hay reflexión sobre la libertad simplemente no puede haber  filosofía política” (Paz, 1996). La libertad fue uno de los temas que más apasionó a Octavio Paz durante toda su vida. Además de ser un gran defensor de sus causas y virtudes, también hacia de ella motivo de inspiración en diferentes momentos de su poesía y pensamiento. De ahí que podamos encontrar en sus diversos ensayos y poemas la ocupación y  la preocupación por el desarrollo y acción de la libertad. ¿Qué es un intelectual sino tiene la libertad para crear o transmitir  sus ideas a sus lectores, seguidores, admiradores y oyentes? (Paz, 1996), se peguntaba en diversas ocasiones en entrevistas que le hacían al respecto.

La libertad, si bien en la mayor parte de las discusiones se enfocan a su carácter filosófico, ético y político. Para Paz la libertad era mucho más que eso, ya que para nuestro pensador, la libertad se deposita en las letras, en el amor, en la vida y en la muerte. En la independencia del intelectual frente al príncipe y el poder, depositándose en la vida cotidiana.

Para Octavio Paz no puede haber libertad si no existe el ejercicio de la crítica y de la autocrítica. En ese sentido, no hay crítica si no hay libertad. Su pasión por esta condición humana fue igual que la concepción orteguiana de la vida y del hombre: un continuo gerundio.

De ahí que su celo por la libertad sea muy parecido al que tuvo Aristóteles por la verdad. El poeta desde sus primeros escritos demuestra que el tema de la libertad es fundamental para su labor y su causa. En 1935 cuando apenas tenía 21 años de edad escribió:

“El principio de la libertad está ligado con el de la verdad. Yo no soy libre de decir una mentira. Si digo una mentira, a sabiendas, no ejercito la libertad, sino la esclavitud… todo el mundo quiere huir de la libertad; muchos, aterrorizados quizá por la falta de congruencia de algunos tiranos que hablan de la libertad mientras la violan –y otros, fascinados. Se requiere substituir a la libertad por el mito totalitario. ¡Como si eso fuera posible! Los mitos dice Malraux, no acuden a nuestra razón, sino a nuestra complicidad” (Paz, 1988:71).

Este argumento demuestra que Paz estaba inmerso en la difícil circunstancia internacional por la que atravesaba el mundo en la década de los treinta del siglo XX, en la que las dictaduras totalitarias y autoritarias conducían al mundo hacía sendas inhóspitas. Sus palabras bajo este contexto se inscribieron a la tradición existencialista de El ser y tiempo (1927) de Heidegger y El Ser y la nada (1943) de Sartre. Justo como se puede mostrar al respecto: “La libertad absoluta es la nada, ser libre es un contrasentido, pues el ser se opone a la libertad” (Paz, 1988:72).

En ese sentido, la libertad no es entonces un tema de la ética, sino también de la política por lo que se convierte en una cuestión fundamental del quehacer político. Por lo tanto, esta condición llevó a Paz a convertirse en un intelectual crítico cuya aflicción atravesaba por la necesidad de abrir espacios para la política en México y el mundo.

En consecuencia, si podemos ubicar una filosofía política de Octavio Paz sin duda, la condición de la libertad es el epicentro de su pensamiento, utilizando a la poesía y a la literatura como su hermenéutica cuyo propósito es develar el sentido de su existencia y la importancia de ésta para desarrollar una sociedad más justa, digna y equilibrada.

Sin embargo, para comenzar a realizar una filosofía política es necesario pasar por los sentidos de la literatura. El poeta dice: “Nadie debería atreverse a escribir sobre temas de filosofía y teoría política sin haber leído y meditado a los trágicos griegos, así como, a Shakespeare, a Dante y a Cerventes, a Balzac y a Dostoiesvsky” (Paz, 1993: 128).

En diversas ocasiones a los literatos, poetas y pensadores han sido menospreciados para la acción política. Ya que sus textos son vistos como meros soliloquios alejados de la realidad, aunque sin duda alguna la influencia de la teoría política en la praxis es indiscutible. Grandes textos de filosofía política no pasan inadvertidos y tienen una gran vigencia actual.

Desde la Grecia antigua, los filósofos y literatos han aportado grandes ideas para la política. Sin embargo, los poetas casi siempre han sido considerados como mitómanos, ya que juegan con la fantasía para alejarse de la realidad. Por lo que muchas veces la poesía es considerada como algo inútil y un elemento poco trascendente para entender a la sociedad en su relación con el poder político, y sobre todo, es poco convencional para llevar a cabo la acción política en donde sea posible la búsqueda de la felicidad pública. De ahí que no sea raro que Platón en La República no considere a los poetas como parte de la ciudad virtuosa.

Sobre la misma dinámica, Braulio Peralta le preguntó una vez a Octavio Paz cuál fue la razón por la que Platón pretendía expulsar a los poetas de la República, Paz responde:

Para los griegos  los poetas eran los autores de los mitos y él estaba en contra de los mitos. La hostilidad frente a la poesía es de origen moral: la poesía es peligrosa porque expresa la parte irracional del hombre, sus pasiones, sus deseos, sus sueños. El poeta inventa imágenes y figuras más o menos reales con sentimientos y pasiones humanas que rompen el orden social (Peralta, 1996:25).

Sin embargo, hay que decir, que en realidad quienes hay profanado la palabra y prostituido la política no han sido ni los literatos y poetas sino los mismos gobernantes, que convertidos en demagogos, corrompen el honor del Estado al violar la ley, mentir para sus adeptos y desvirtuar el lenguaje para el bien privado y no velar por el bien público. No obstante, Paz también estaba consciente de la corrupción de la palabra en los intelectuales, poetas y pensadores.

Para evitar estas frivolidades Paz consideraba que era necesario democratizar a las sociedades para tener un desarrollo social, económico, cultural y político pues sólo así la labor de los intelectuales y pensadores frente al poder jugará un mecanismo de crítica, dialéctica, reflexión y retroalimentaciones entre quienes detentan el poder y quienes lo sojuzgan a partir de la razón y el pensamiento.  A partir de este dinamismo se desarrolla la plena libertad. Si no hay libertad intelectual no puede haber libertad política.

Octavio Paz fue un hombre libre  que defendió con pasión todas las formas de libertad: libertad para pensar; escribir; meditar; discutir; reflexionar; discernir; actuar; trabajar; entretenerse; cultivarse; de votar y ser votado; de movilizarse; de educarse y de amar. Por lo tanto, la libertad era para Paz una continua elección y una virtud inevitable. “Somos seres capaces de escoger. Y de ser escogidos. De aceptar y rechazar. En esto consiste la libertad. Y esto, justamente, es lo que tenemos que defender. La libertad es el núcleo de la persona” (Paz y Ríos, 199:178).

Octavio Paz como artista y como esteta suscribe las palabras que pronunció Ludwig van Beethoven: “hacer todo el bien que se pueda. Amar la libertad ante todo, y aunque fuera por un trono, no traicionar jamás la libertad” (Romain, 1968: 457). Paz defendió su vocación de poeta. No obstante jamás se desmarcó de los terrenos de la filosofía. Sólo basta con leer El arco y la Lira y podremos observar su acercamiento a autores filosóficos importantes como Aristóteles y su metafísica; así como las consideraciones de Étienne Gilson, conocedor de la filosofía medieval, San Agustín, Kant, Hegel, Kierkegaard, Nietzsche, Heidegger, Unamuno, José Ortega Gasset, Sartre, José Gaos entre otros.

En suma, para Octavio Paz el carácter de la libertad se materializaba en la vida ordinaria del individuo como parte de su elección pero también se convertía en un elemento que sólo se accede a ella a través de la acción política deconstruyendo su sentido concreto a partir de la poesía, la filosofía y por supuesto, la propia literatura. En consecuencia su poesía y su filosofía política se entienden precisamente desde la libertad. Es por ello que Paz hizo de la libertad el motor  su obra.

Hoy más que nunca, el sentido de la libertad y su búsqueda inminente abre nuevas posibilidades y formas de relacionarse, apertura nuevos saberes y sobretodo produce nuevos pensamientos. La libertad, en consecuencia, sigue siendo nuestra utopía y nuestro motor incesante.

Fuentes.

Paz, Octavio (1993). Itinerario. México: Fondo de Cultura Económica.

———- (1988). Primeras letras. (1931-1943). México: Vuelta.

——— (1996). Obras completas. México: Fondo de Cultura Económica.

Paz, Octavio y Rios, Julian (1999). Sólo a dos voces. México: Fondo de Cultura Económica.

Peralta, Braulio (1996). El poeta en su tierra. Diálogos con Octavio Paz. México: Grijalbo

Rolland, Romain (1968). Obras escogidas. Madrid: Aguilar.

En alabanza de la literatura en los tiempos líquidos

Vivimos en los tiempos de inseguridad, caos y miedo latente. La sociedad moderna en nuestros tiempos actuales atraviesa por una serie de peligros latentes en donde las condiciones de actuación por parte de cada uno de sus miembros cambian de forma repentina antes de que se consoliden sus hábitos y sus rutinas. La “vida líquida”, como la llamaba Zygmunt Bauman a la manera de vivir y ser de las sociedades se caracterizan, entre otros elementos, como sociedades altamente inestables, volubles y cambiantes en donde sus estructuras de relación así como las instituciones que las determina en un parámetro de cohesión social no pueden mantener su rumbo ni su forma durante mucho tiempo.

En los tiempos líquidos (Bauman, 2006), los logros individuales no pueden jactarse de ser éxitos de larga duración, ya que los activos y los placeres que de estos se desprenden se convierten en pasivos, lo que las capacidades se hacen fragilidades generando una confusión y un sentimiento de derrota constante.

En resumidas cuentas, la vida y los tiempos líquidos se traduce en una existencia precaria sumida en condiciones de incertidumbre latente.

Sobrevivir en las sociedades actuales depende de la rapidez con la que los individuos se adaptan a dichos procesos. Para ello, las personas se ven en la necesidad de especializarse continuamente así como desarrollar diversas actitudes y capacidades que lleven al individuo adaptarse a las necesidades que demanda tanto su bienestar como su estabilidad.

Esta nueva forma de vida líquida ha generado una serie de posicionamientos que, desde los ámbitos académicos, se encuentran en la constante reflexión, crítica y debate con el propósito de encontrar una salida a estos derroteros.

Diversos intelectuales y académicos desde diversas perspectivas, han propuesto una serie de herramientas teóricas y empíricas para construir una sociedad más estable, equilibrada, amena, desarrollada, progresiva y equitativa.

Sin embargo, el afán de la cientificidad y apagarse a metodologías lógicas-deductivas ha generado que la explicación de los problemas que acechan a la sociedad caigan cada vez en la confusión. Generando que el problema no solamente sea de malestares sociales, económicos, éticos, culturales y políticos, sino que también, sean de carácter académico e intelectual.

Problemas que generan la violencia, la corrupción, la crisis financiera, el narcotráfico, la falta de credibilidad institucional por parte del Estado, las endebles democracias. Condicionan que los rumbos con las que se enfrentan las sociedades demanden una mayor complejidad de comprensión, análisis, reflexión y crítica.

Nuestro presente se manifiesta de ambigüedades, de contradicciones, pero sobre todo de fragilidades para tomar decisiones que equilibren de nuevo el barco en la escena social, económica y política. Tal pareciera que todas las sociedades del mundo y en particular los individuos quienes las conforman necesitan voltear a ese extremo olvidado y usurpado por el consumo, la imagen y el entretenimiento. Hoy más que nunca la condición del pensamiento y la imaginación es un acto necesario y además urgente.

La inestabilidad con la que vivimos día a día, invita a parar por un momento el mundo y concebirlo como ese ente en donde lo espectacular se impone a la arrolladora fuerza de lo positivo, en un momento en donde la pobreza, la migración, el terrorismo, la desigualdad, las masacres, el calentamiento global y las latentes guerras sacudirá todavía a más poblaciones que podíamos denominar hasta hace algunas décadas como <<estables>>.

Es en este momento cuando la literatura tiene un camino y una virtud como uno de los pocos poderes legítimos por el sentir humano. Los miedos locales y globales, los recelos de un conjunto de desórdenes de élites políticas y económicas ya no pueden ser solucionados ni muchos menos sostenidos por políticas internas de ningún país.

Ante el triunfo de la vida ligera y prolongada, pero sobre todo ante el empobrecimiento del pensamiento, de la extinción paulatina de la naturaleza y de la frustración por la búsqueda incesante de la justicia, el espacio de la literatura es imprescindible.

Es a través de la literatura como todavía pueden desarrollarse otros mundos posibles en dónde el amor condicionado y sin compromiso es una simple historia de terror y suspenso. Es a partir de la literatura como el individuo todavía puede permanecer, transformar, proponer, soñar  y resistir.

Esa es la fuerza sólida de un mundo líquido que persiste a pesar de los desafíos. La literatura, así como los lectores no fugaces y ávidos son necesarios. Así como los grandes músicos, cineastas, poetas, cuentistas, ensayistas, pintores, interpretes, teatreros y un sinfín de artistas que los une un objetivo en común: la búsqueda de un mundo nuevo a partir de un viaje personal y colectivo en el tiempo.

Es el momento de salir a escena; la imaginación y el pensamiento deben dar un nuevo testimonio.